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Mostrando entradas de noviembre, 2017

Un extraño pintor (Cuento)

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Un extraño pintor   (Cuento) Cierto día, dos amigos se encontraron, por pura casualidad, en una ciudad en la zona norte de la isla de Tenerife. Como ya se aproximaba la hora de la comida entraron juntos en una antigua taberna, un lugar, por lo demás, bastante conocido y transitado por los visitantes que, diariamente, desembarcan en la ciudad y pidieron de comer. En el transcurso de dicha comida y, algunos tintos de La Victoria , no pararon de hablar, bueno…, hablar… Ambrosio (Ambro, para los amigos) era el único que lo hacía. Aunque, a decir verdad, más que hablar, lo que hizo, simplemente, fue quejarse por todo y de todos… De su familia, de sus amigos, de sus empleados, de los empresarios de su gremio, cuando más, de sus más directos adversarios, del ayuntamiento de su pueblo, echó también pestes del alcalde, de los políticos, de los médicos, del gobierno del país y hasta de las gasolineras… Su amigo o, más bien su camarada de la infancia, hací...

LOS HOMBRES DE HOJALATA (Cuento)

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LOS HOMBRES DE HOJALATA (Cuento) -           Anda Rogelio, déjame uno de esos cigarros kruguer que tú te fumas, por ver si se me tensa un poco el pulso, porque hace unos días que vengo dejando la fumada, tengo el cuerpo jariado y me encuentro en un sin vivir, apasguatao el día entero, y soñando revoltillos y tirijalas toa la noche. Mi mujer dice que me está cogiendo miedo, que es como si no fuera yo, y que si esto no se me quita, ella, por la noche, va a  tener que coger a los chicos y mandarse a mudar, diéndose  a dormir con ellos cas de mi suegra… Anda Rogelio, dame fuego para encender el cartucho este de dinamita que tú te fumas, para desgracia tuya, que igual, si reviento, ya no jace ni falta que deje la fumada y mi mujer ya podrá descansar y dormir tranquila... ¡Coño, Rogelio! Pero esto no es un cigarro, esto es un paquete de metralla, parece que en vez de picadura lo hubieran rellenado con un puñao de esgu...

LE REVENTARON LA HIEL (Relato)

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LE REVENTARON LA HIEL (Relato) Belisario se había ido del pueblo hacía ya muchísimos años, pero su presencia aún la guardaban los vecinos, quizá por su mala conciencia, bien fresquita en la memoria. Nunca fue más acertada la frase de (hay miradas que matan) como en el caso de los ojos de Belisario. Uno puede echar una mirada de soslayo, eso que algunos llaman mirar de lado, o mirar al fondo de unos ojos de mujer con una especie de taladro, y no pasa nada, pero hay otra negra y deliberada forma de mirar a los niños pequeños y a los animalitos cuando están rebosantes de salud y llenos de hermosura que es capaz de deslindarlos de la existencia. En Cerro Blanco esto se creía pies juntillas y en un momento dado comenzó a circular la rebambaramba de que los ojos verdes y saltones de Belisario secaban las plantas y le fundían la hiel a las criaturas y a los animalitos. “Ese hombre es malo” “Si hace maldiojo, es porque quiere; no ves como los mira”, - comenzaban a decir las gen...

EL AÑO DEL VOLCÁN (Relato)

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EL AÑO DEL VOLCÁN (Relato) Por aquellos tiempos – empezó a decir el viejo Tomalín, deteniéndose un momento en medio del camino, para carraspear un poco y sacar del fondo del bolsillo del pantalón la bolsa de tabaco negro, de picadura, y llenar de nuevo la cachimba, mientras bajaban por Las Canales – no  te lo podría asegurar, Luciano, pero creo que fue el año del volcán, el caso, es que en Cerro Blanco, por esos días los muchachos andaban muy alterados, era, “como si les hubieran echado gasolina en el culo” como se suele decir. Y es que la cosa no era para menos, pues, no se les ocurrió otra cosa a la jarca de magallotes del pueblo, que andar haciéndoles socorijos en la escuela a los monifatos, sabes, ná más que por hacer la machangada, por reírse, Luciano, con un bulo, que dicen que llegó en la guagua, de arriba de Santa Cruz, y no crees tú, que los muy bergantes se estiraban como cujes y, poniéndose serios, con cara de guardia civil y aguantando la...

La Guerra de la cochinilla (Relato)

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La Guerra de la cochinilla (Relato)          Ernesto “El Capitán”, como le decían, de nombrete, los muchachos de la escuela, solo tenía trece años, pero era muy largo para su edad y, de flaco que era, le asomaban los huesos de los codos, pero liviano, y ateado como un mimbre, eso sí. Los chicos lo admiraban, porque era valiente, no le gustaban las injusticias, y era un tipo de palabra. Ese día los dos hermanos habían quedado con él a las cinco de la tarde después de salir de la escuela, para ir los tres a coger un poco de cochinilla en la parte alta de Cerro Blanco, por arriba del canal. Allí, en aquel sitio, hacía tiempo que los tres tenían ojeadas las pencas de Señor Evaristo, que ese año estaban preciosas, todas blancas, absolutamente llenas, colmadas de unos grandes y redondos granos de cochinilla, que más bien parecían las garrapatas de un perro a punto de reventar. ‘Él, y Berto, el mayor de los hermanos, ...