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Mostrando entradas de agosto, 2017

El viejo fotingo de Marcelino (Relato)

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El viejo fotingo de Marcelino (Relato) Había que remontarse hasta el tristemente famoso, “Año de la Gripe ”, para encontrar posadas en el recuerdo e incrustadas como lapas, en el fondo de la memoria de  los habitantes de Cerro Blanco, unas lluvias, tan fuertes, y tan continuadas y persistentes como aquellas. Desde el Puente de Las Tablas, dicen, que tal como ocurrió en aquel año de tan funesto recuerdo, se volvió, fácilmente, a tocar con la punta de los dedos el agua que corría presurosa y turbulenta  por el curso del barranco. La cosecha tardía de tomates se malogró, se había perdido toda, igual que se perdió también la temprana: a la cosecha temprana le atacó la mancha de agua, por tanta lluvia, y allí se quedaron todos los tomates en las matas, como pasto para las cabras, ya que no valían para la exportación. La cosecha tardía, igualmente, quedaba también allí, muerta de borrachera. De tanta agua como había caído, no dio tiempo a desag...

La semilla de calabaza (Relato)

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La semilla de calabaza   (Relato)                                Antonio el del Lomo siempre fue muy afamado, no solamente como camellero experto y criador de camellos,  hojalatero, y lañador, sino que además, y sobre todo, a él le venía la fama por sus calabazas. Las cultivaba hermosas, en un terrenito suyo, heredado de sus padres, en la parte alta del pueblo donde llaman el Cercado, en una tierrilla arenosa, con algo de jable; era tan solo una media docena de  paredones, donde le dicen La Hoya de Las Tanquillas. La semilla se la trajo del norte, su cuñado Edelmiro, en una época en la que trabajó allá por El Realejo Alto. Eran unas calabazas renegridas, enormes, divididas en porciones bien marcadas, como si fueran las duelas de una barrica, cernes (compactas), y muy pesadas, donde todo en ellas era masa, con muy poquitas semillas. Pero mira lo que son ...

Cerro Blanco (Relato)

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Cerro Blanco (Relato)  El camión descendía con rapidez, hacia la costa. Se iba descolgando como una araña por la única calle del pueblo; una calle estrecha y polvorienta, sin una sola bombilla, dando bocinazos para llamar a los peones, a pesar de que aún no era tarde, solo eran las seis menos cuarto de la mañana y el oscuro aún se podía cortar. “Cerro Blanco” se llamaba el pequeño pueblucho; no se sabe, pero seguramente que el nombre le podía venir, quizá, por la abundancia (en jable o zahorra blanca) que tenía. El camión era un Commer, con la cabina de color rojo, que a la luz del día parecía un espejo, luminosa y brillante como una cereza. El vehículo era de trompa muy estirada, tenía las cuatro llantas pintadas de blanco y  una carrocería enorme, con un cajón potente, alto y alargado, con las maderas de color verde oscuro, reforzadas con cientos de tornillos, con las tuercas apretadas sobre unos perfiles de hierro, gruesos, negros y lustrosos. L...