Cerro Blanco (Relato)
Cerro
Blanco
(Relato)
El camión descendía con rapidez, hacia la
costa. Se iba descolgando como una araña por la única calle del pueblo; una
calle estrecha y polvorienta, sin una sola bombilla, dando bocinazos para
llamar a los peones, a pesar de que aún no era tarde, solo eran las seis menos
cuarto de la mañana y el oscuro aún se podía cortar. “Cerro Blanco” se llamaba
el pequeño pueblucho; no se sabe, pero seguramente que el nombre le podía venir,
quizá, por la abundancia (en jable o zahorra blanca) que tenía. El camión era
un Commer, con la cabina de color rojo, que a la luz del día parecía un espejo,
luminosa y brillante como una cereza. El vehículo era de trompa muy estirada,
tenía las cuatro llantas pintadas de blanco y
una carrocería enorme, con un cajón potente, alto y alargado, con las maderas
de color verde oscuro, reforzadas con cientos de tornillos, con las tuercas
apretadas sobre unos perfiles de hierro, gruesos, negros y lustrosos. La luz
blanca e intensa de los faros del camión medio cegó a los dos chicos
veinteañeros que esperaban su llegada ante la puerta de la casa de uno de ellos.
Cuando el camión se detuvo, uno de los muchachos se acercó restregándose los
ojos, abrió la puerta y saludó al chofer:
- ¡Buenos
días Américo! Luciano, Luciano hoy… amaneció malo, y no puede ir… está jodío de
la cintura… está en la cama que no se pué ni mover…
- Venga,
Santiago, dile a tu hermano que se deje de boberías y que se levante, que dos
minutos le doy – le respondió, Américo, el chófer del camión, encorajinado y casi asfixiado por el humo del
cigarrillo Progreso que se venía fumando. ¡Valiente panda de gandules están
hechos ustedes! A las diez, tenemos que tener el camión cargado de sillería…
luego tenemos que volver a la cantera y cargar de nuevo un camión de cantos
para llevarlo pá Taco esta tarde.
El chico
salió corriendo a darle el recado al hermano enfermo, mientras, Berto, su
compañero, se subía con Américo en la cabina del camión. Al cabo de un par de
minutos Santiago regresó acompañado por su madre, y ambos aparecían bastante
serios, con cara de pesar.
- ¡Américo,
no te pongas roñoso, pero es que hoy el chico no puede ir! ¡De quién es la
culpa! ¡De quién! ¡Que le vamos hacer, si se esconchó la espalda el otro día de
tanto pulsear cantos para cargar su camión! El suyo, Américo. El chico no es
ningún gandul, eso bien lo sabe usted. – Le dijo la madre muy resuelta.
- Y
entonces… Luisa, como llamas a eso, a que un manganzón como Luciano, con las
espaldas que tiene, se niegue a levantarse de la cama hoy, cuando más lo
necesito. Si me deja tirado hoy, faltando al trabajo, me oyes Luisa, dile que
no se moleste en ir a cobrar, que queda despedido del trabajo… ¡Si es que no
paro de trabajar para todos ustedes…! ¡Ni que fuera yo una hermanita de la
caridad! ¡Y mira, pues, de que forma me lo agradecen!
- ¡Pero
Américo! – Trató de apaciguar la madre – Sea razonable, qué peones tiene usted,
que sean tan buenos como mis chicos, ninguno. Eso bien lo sabe usted. Yo,
también he hecho todo lo que he podido. Le he dado friegas de alcohol en la
espalda al muchacho, pomada del bigotudo, Vips Vaporup, y hasta corcova de
camello caliente le he puesto y, ya ve usted, ni con esas se le ha quitado el
dolor; porque el dolor, cuando se mete se mete y después es muy difícil que se
vaya… ¡Hay, a veces le cuesta tanto salir…!
- Vámonos
muchachos – dijo el chofer – que ya bastante tiempo hemos perdido hablando paja
y hoy trabajamos con uno menos…
Américo
ya se iba, el camión incluso había avanzado dos o tres metros, cuando apareció Lucianillo
por la esquina de la casa, medio arrastrándose, con el espinazo doblado hacia
el lado derecho como una verdadera ese, y con el rostro contraído y demacrado,
sudando frío y más blanco que las cartas.
- Espera
Américo, – Le llamó el chico casi en un susurro – a ver si me puedo subir al camión,
que después de estar en la cantera, en algo seguro que les podré ayudar…
Américo
paró un momento el motor del camión, se levantó el sombrero y se pasó la palma
de la mano por la frente y por los ojos, como tratando de despejarse, tragó
saliva, y miró a Luciano extrañado, como si tuviera ante si a un aparecido.
“Soy un animal, el chico no disimula, está malo de verdad…no disimula… ¡Américo,
eres un animal...!” – Se dijo para si.
- ¡No
hijo, no! – Se opuso su madre, cuando vio aparecer a Luciano – Tú no vas a
ninguna parte. Ni se te ocurra. Si hace
falta, voy yo a cargar ese camión, pero tú no te mueves de aquí, tú no te me quedas
inútil por culpa de este negrero. ¡Américo, es que usted no tiene alma! Márchese
de aquí con su maldito camión. A mi marido se lo llevaron a la fuerza, y lo
mataron en el frente, como a un cordero, en esa maldita guerra. Desde entonces
yo llevo sus pantalones… y este sombrero que llevo puesto, es el suyo… yo sola
crié a mis hijos… para que hoy, venga a tratar de humillarnos un fachento como
usted, que parece que le va a faltar mundo donde caerse muerto. Américo, me da
usted pena, es usted como un cochino, que vive siempre con la trompa por el
suelo josando tierra… ¡Para que lo sepa, antes… antes comemos piedras, que
dejarnos avasallar por usted…!
- Luisa, tampocoo… tampoco es la cosa, como para
ponerse así. – Respondió el chofer bajando un poco la mirada y un tanto
avergonzado – Pero tal vez no te falte razón, Luisa. Vivo como un animal y, el
trabajo, es como la fiera a la que todos los días salgo a cazar, pero que se
revuelve cada vez con más fuerza contra mi, y cada día tengo menos energías pá
combatirla… ¡Si, mujer, quizá no te falta razón, soy como un cochino josando
tierra, Luisa! Yo, también estuve en aquella guerra, esa guerra criminal, que algunos
llaman “La Guerra Civil ”
porque a mi también me obligaron a ir ella, y en ella también maté… y, al final
de todo aquello, no sé por qué, pero sobreviví;
pero a veces vuelvo a ella por las noches, se me representa y, entre la pesadilla,
el sudor, el miedo, la angustia, y el ruido
tan fuerte de la metralla, que estalla y que parece que me va a levantar los
sesos, llego a maldecir, hasta la hora en que salí vivo de allí. ¡Sube
Santiago…! ¡Vámonos muchachos, que es tarde! ¡No sé como escaparemos hoy el
día! ¡Luisa, cuídame bien al Luciano, a ver si se mejora pronto, que es mi
mejor peón!
- ¡Estás
loco Américo González! ¡Mejor deberían haberte puesto, Vespucio! – Le gritó,
enérgica, la pequeña y morena Luisa, al
nubarrón de polvo blanco que el camión había levantado tras de sí.
El camión
siguió desenredándose por aquella pista
sinuosa, estrecha y polvorienta, cerro abajo en dirección a las canteras,
soplando con el tubo de escape el fino talco depositado sobre las ahulagas, encima
de las tabaibas, y sobre los balos, que crecían, condenados a vivir, asomados
en el límite de la seca y polvorienta
frontera que formaba el borde de la orilla de la pista. La cabina del
camión olía a cigarrillo negro sin filtro, a gasoil, a llave inglesa, a sudor
intenso y revenido, a maldiciones, y al pan tierno de leña que les llevaban a
los pedreros… Los tres amanecían rotos, como vacíos, somnolientos y,
agarrotados aún, por el cansancio del día anterior; mientras el Sol, apenas si se
insinuaba, agazapado bajo el negro manto del horizonte, tenue y frío, como una
pequeña brasa apunto de extinguirse.

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