EL CIEGO (Relato)

 


Los perros salieron corriendo y ladrando hasta el camino. Manuel cogió un par de galgas y las apretó fuertemente en el hueco de sus manos. No pensaba entregarse a ellos sin lucha. No.

Eran un par de perros bardinos. Enormes y fieros, babeantes, con los colmillos brillando a la luz de la Luna. Sintió el desamparo, la sensación de que nunca les podría ganar…, con uno, aún era posible fantasear, con dos era imposible albergar cualquier tipo de esperanza. Miró hacia la casa, y su sombra fantasmal recortada a la luz de la Luna, le sugirió que más que ayuda, de allí solo vendría una amenaza… paralizado por el miedo bajó los brazos, soltó las piedras y se entregó. Aun así, el primero de los perros le lanzó una dentellada. Manuel, recogió el vientre hacia atrás, de manera instintiva, como suelen hacer los toreros eludiendo a las astas del toro y, el perro quedó, allí, delante de él, medio asfixiado, con la boca llena con buena parte de su camisa. En ese momento se oyó, lúgubre, el chirrido al abrirse de una vieja cancela. Por encima de la noche una voz imperiosa dio una orden a las fieras: 

- ¡Quietos! 

Un bulto avanzó con paso inseguro, con una vara de almendro tanteando la vereda empedrada buscando los límites del camino.

-¡Por Dios! - dijo Manuel- Ayúdeme que me matan.

-¿Quién es usted, a dónde va? -preguntó el ciego.

Los perros se retiraron por la vereda que iba hacia la casa con las orejas gachas y las colas vencidas hacia abajo.

- ¡Gracias! Hace un momento pensé que iba a morir despedazado por sus perros.

- No sea majadero. -Le replicó el ciego - No ve que no hacen nada. Están muertos. Quiero decir que son solo pura facha, estaban deseando marcharse para seguir durmiendo, echados bajo la mesa. Pero usted no es de aquí. Usted no huele ni habla como la gente de aquí.

-Tiene razón -dijo Manuel-, no soy de aquí. Hace una semana que desembarqué en la isla, vengo de La Península.

-¿De La Península? ¿Qué se le ha perdío por aquí, maestro? - le preguntó el ciego y añadió - Acabará mal, ja, ja, ja, si es que no se lo comen los perros, dé por seguro, que se caerá en cualquier fonduco, si sigue deambulando por la noche por estos riscos.

- Soy dinamitero, me contrataron para trabajar en una mina, de la que quieren sacar agua de la montaña.

- ¡Ah! Usted se refiere a una galería para aflorar el agua, porque, por aquí, minas de otra cosa no hay. 

El ciego hablaba con el rostro cubierto con una capucha oscura, de la que sólo asomaba por debajo, una barbilla afilada, y unos labios, secos y pálidos como los de un cadáver que se movían al hablar.

- Como le dije, no intente seguir por la noche, estos barrancos están malditos, en cada saltadero hay una cruz… cuando no son las cabezas que andan mal, es la pura mala suerte, el destino de muchos desdichados. Hágame caso, venga conmigo y se echa un rato en el banco del cocino, y allí se queda quietito hasta que empiece a clarear el día. Después usted verá lo que hace…

El ciego hablaba con voz profunda, como si la voz saliera encañonada de la boca de un pozo o se escapara con lentitud de la humedad maloliente de una tumba. 

-Me llamo Manuel -se presentó Manuel y le tendió la mano. 

-Sígame -  dijo el ciego haciéndose el desentendido, y comenzó a andar hacia la casa.

 

Manuel lo siguió, dejándose llevar por él como el que sigue a una sombra. El ciego le inquietaba, pero qué otra cosa podía hacer… El hombre tenía razón, no podía continuar avanzando a ciegas en mitad de la noche. La Luna ya no alumbraba nada, tapada desde hacía rato, por las nubes de la panza de burro. Era cierto que podría acabar muerto al fondo de cualquier desfiladero.

En el cocino ardía un fuego en la chimenea y una vela echaba humo negro en el centro de una mesa desvencijada. En realidad, aquella vela no se había apagado nunca desde la noche del incendio. Varios cuadros amarillentos de familiares adornaban las paredes del cocino. 

-¿Es su familia? -Le preguntó Manuel.

-No, se preocupe - respondió el ciego - , están todos muertos, no le van a molestar.

 

Manuel sintió las miradas perturbadoras de aquellos personajes sobre sí. Se dirigió al banco que había mencionado el ciego, puso la mochila que traía de cabecera y se tendió en él.

 

-No tengo nada que ofrecerle,- se excusó el ciego-  pero, hágame caso, óigame lo que le digo, duérmase hasta que comience a clarear el día y después, márchese. Olvídese de mí y de esta noche, borre todo esto para siempre de su memoria…esto ha sido un sueño o menos que un sueño, nada, solo nada. ¡Ah! Y yo, de usted, me marchaba por donde mismo ha venido. Esa galería es un puro cementerio. Son muchos ya, los que han muerto en ella. Porque cree que le contrataron. Cuando no son, los explosivos, son los malditos gases, pero allí siempre se quedan sin personal. Cada vez, van a buscarlos más lejos, porque aquí hace tiempo que no encuentran trabajadores, terminaron con la gente de este lugar… 

 

Adiós Manuel, yo también me voy ahora por donde mismo vine. Tome, abríguese con esta manta vieja a ver si logra dormir un poco…

 

Manuel vio desaparecer la figura borrosa del ciego a través del muro de la casa. Sentía que le pesaban mucho los párpados, la somnolencia se fue apoderando de su cuerpo y de todas sus extremidades… Desde el banco donde yacía estirado, veía como los personajes de los cuadros, extrañados, con una sonrisa un tanto enigmática en los labios, le seguían interpelando con sus miradas… Además, frente a él aún podía ver a los perros tendidos bajo la mesa, y oscilar sus figuras y sus enormes cabezas, a la luz de la vela y de las brasas de la chimenea… pero, poco a poco, a medida que iba entrando en el sueño, los perros iban cambiando de forma, se iban desvitalizando, convirtiéndose en unas sombras cada vez más indefinidas, cada vez más borrosas, hasta qué, llegó el momento, en que dónde antes estaba la mesa y los perros, sin la luz de las brasas, ni de la vela, ahora solo había un simple montón de piedras… 

 

Oyó ladrar a los perros en la lejanía y eso le hizo abrir los ojos. Poco a poco comenzaba a clarear el día. Le dolían mucho los huesos de la espalda y casi no podía mover el pescuezo. Se sentó en aquella especie de descansadero de lajas alineadas, que al parecer, la noche anterior le habían servido de cama. Recordaba perfectamente el chirrido de la cancela, cuando de manera providencial apareció el ciego que le libró de los perros. Se encontraba justo enfrente de la vereda que conducía hacía la casa, donde la noche pasada, fue atacado. No entendía absolutamente nada… 

De pronto se apoderó de él un desasosiego, una enorme curiosidad que, a pesar de su cuerpo dolorido, lo empujó a caminar con decisión hacia la casa. Lo primero que se encontró a medio camino, al cruzar el portillo, fue la cancela tirada en el suelo, por cuyas rotas traviesas crecían algunos arbustos y también le servía de base a un gordo mogote de pencas que había arraigado en él. Cuando levantó la mirada de allí, en lo primero que reparó, fue en el techo hundido y en las paredes derruidas de la casa. Pero quería ver más. Buscó el cocino, el banco, y la mesa, y la chimenea… pero todo fue inútil, no vio nada. Corrió entre los arbustos y las pencas, ensartándose de picos, hasta una pequeña colina de escombros y desde allí contempló todo el desastre. Las vigas a medio quemar que aún colgaban de los muros calcinados de la casa y la vegetación frondosa, de zarzas y de pencas, que sobrepasaba por algunos sitios las paredes del edificio. Era todo tan irreal que Manuel se echó las manos a la cabeza y sollozó:

 -¡Dios, pero qué es esto! 

Y, en ese mismo momento, le vino a la memoria el eco de las palabras del ciego: “Olvídese de mí y de esta noche, borre todo esto para siempre de su memoria…esto ha sido un sueño o menos que un sueño, nada, solo nada.”

 

En medio de toda esta confusión volvió al camino, al descansadero donde había pasado la noche y se sentó a esperar… 

El sol se levantaba, apenas un palmo, sobre una esquina de la isla de enfrente, rojo, intenso, como el rojo de unas piedras de carbón sopladas por el fuelle de una fragua.

Mientras amanecía y se iba viendo cada vez más claro, fue siendo consciente del peligro que había corrido la noche anterior, andando de acá para allá, imprudentemente, como le había advertido el ciego. 

Escuchó el sonido limpio de la esquila de un camello subiendo las vueltas del camino y sintió una inmensa alegría. Pronto se despejaría toda aquella incertidumbre…

En unos minutos apareció el camello con su andar cadencioso y el camellero caminando detrás de él, con la vista baja, fija en el empedrado del camino y con una pequeña y nudosa vara de almendro en la mano.

Manuel salió a su encuentro saludando al camellero:

-¡Buenos días tenga usted!

- ¡Buenos días! - Respondió el camellero - Sí que madruga usted.

- Es que anoche se me hizo tarde y dormí sobre este mismo muro. Soy  de afuera y me dirijo a la galería. ¿Sabe usted por dónde queda? - Le preguntó Manuel.

- Sí, claro. Ahora, si quiere sube conmigo. - Dijo el camellero - Yo voy justo enfrente, donde tengo las huertas. Estoy dando un par de viajes al día, con el camello, bajando las papas de la cosecha.

-¡Gracias! Le voy a acompañar entonces, si no le importa. Me llamo Manuel. Pero antes de seguir, le diré, que hace un momento he estado mirando la casa ésta, de aquí al lado y, no puedo evitarlo, siento una tremenda curiosidad… ¿Qué fue lo que pasó, parecía una gran casa?

- Manuel, yo soy Mingo. - Respondió el camellero - La casa, eso sí que fue una tonga de desgracias. Cuando el Diablo lo cubre a uno de ceniza bien poco se puede hacer. Primero fue el padre, don Celso, que trabajaba en la galería, al que le explotó en la cara mientras picaba, un cartucho de dinamita que había quedado sin explotar. Perdió los dos ojos y parte de la cara. 

Luego fueron sus hijos: Raúl y Bruno. El trabajo no abundaba por aquellos años, así que los dos muchachos siguieron los pasos de su padre. Pidieron trabajo en la galería y entraron a trabajar. Les iba bien. Eran dos chicos fuertes, valientes y diestros en el trabajo. Les iba bien, pa lo que se ganaba en otros trabajos, ellos ganaban unos sueldazos. Bruno tenía novia formal, ya pa casarse. Raúl era un poco más jaranero, le gustaba más andar con los amigos y echarse unas cuantas perras de vino los fines de semana. Pero ayudaban a sus padres y les iba bien, vaya que sí.

 

 A pesar de su desgracia don Celso y la vieja estaban felices con ver a los muchachos encaminados en la vida, como el otro que dice…

 

Pero cuando  el Diablo lo cubre a uno de ceniza, bien poco se puede hacer. Algún día tenía que pasar y pasó.

Una mañana entraron los dos en la galería y ya no salieron más. Quiero decir con vida. Apenas entraron, cayeron los dos, asfixiados como moscas, por los gases, en el mismo fondo de la galería. No les dio tiempo a salir. 

La madre perdió la cabeza y nunca la recuperó, al final se tiró de un risco como uno de tantos desesperados. Don Celso la siguió poco tiempo después. Dijeron cuando lo del incendio, que fue una vela que se le quedó encendida en la mesa del cocino y que de allí se pasó el fuego y ardió toda la casa. Lo cierto es que a don Celso lo encontraron hecho cenizas en el banco de tea que tenían en un lado del cocino.  

¡Cruz perro maldito! Créame, se lo aseguro, que cada vez que recuerdo ésta historia me paso el día enfermo. Se me quitan hasta las ganas de trabajar. 

 

-Terrible y dolorosa historia, Mingo. Ya me imaginaba yo, que algo muy terrible había pasado aquí. Gracias por contarla, aunque yo también me quedo ahora, con un pozo en el alma al conocerla, no podría ser de otra manera.

 

-Entonces, Manuel, me dice usted, que se pasó la noche durmiendo sobre este muro de lajas. No me explico cómo logró conciliar el sueño, de verdad que no. Ja, ja, ja, debió ser el cansancio o el mismo Diablo el que lo trastornó. - Se rio un poco Mingo, para hacer la broma.

- Ja, ja, ja, - se rio también Manuel- Yo, más bien creo que fue un ángel, el que me arropó con una vieja manta. El que me sopló los párpados, el que me cerró los ojos y me durmió… Ja, ja, ja, seguro, que eso fue.

 

- ¡Nos vamos subiendo! - Dijo Mingo.

- ¡Sí, nos vamos!

 

El camello con el sálamo cubierto de espuma blanca y los dos hombres detrás, siguieron el camino dando vueltas, loma arriba. Algún canario trinaba de vez en cuando desde la copa de alguna higuera, mientras el sol les daba en la espalda como una cálida mano que los empujaba hacia arriba.

 

El empleo de dinamitero quedó libre durante bastante tiempo. Manuel no se presentó nunca a ocupar su puesto en la galería.

 

 

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