EL HERRERO (Cuento)
EL HERRERO
(Cuento)
Recuerdo muy bien a
Señor Domingos, (El Herrero). Era el herrero del pueblo, el fontanero y, el
juez de paz, cuando era preciso; una bella persona, como se suele decir. Pero
en este mundo nadie es perfecto. El ínclito Domingos siempre fue muy aficionado
a la pesca, y su orgullo más grande, consistía, en una gran caña para pescar, de más de seis metros de larga. Era una de esas cañas que siempre
se empleaban en la agricultura, para hacer los burros donde se ataban las
tomateras, y que él había preparado a su estilo, con una punta fina de cuerno
de cabra. Sin embargo, nunca sabremos el por qué, ni a asunto de qué, el mar le
cobró tanta tirria, ni a que venía tanto odio hacia él, pues no llegarían
ni a media docena de peces, los peces que él le había arrancado al mar...
El mar... Jamás se podría decir,
que el Herrero, lo hubiera esquilmado nunca con su caña. Pero, lo
cierto, es, qué cuando los vecinos lo veían bajar andando hacia la playa,
encandilando, con las alpargatas nuevas, una mañana cualquiera de tiempo
bonancible, con el morral a la espalda y la caña sobre el hombro, enseguida se
subían a calzar las tejas sueltas, poniendo piedras vivas sobre los tejados.
Ellos, sabían, conocían perfectamente, la guerra no declarada, existente, entre
Señor Domingos y el mar y, sabían, también, que antes de que el hombre llegara
a mitad de camino, el mar subiría a su encuentro. Y, con toda seguridad,
conocían también, que a cuatro o cinco kilómetros de la orilla, el viento
huracanado vendría a por él, lo zarandearía de lo lindo, le arrancaría sin piedad el sombrero de la cabeza, y las terribles
vibraciones de la ventolera harían silbar su caña y el aire húmedo, como un escoplo, le ungiría la frente de frío salitre
una vez más. Pero, señor Domingos, tercamente, no daría su brazo a torcer y,
paso a paso, con el sombrero entre los dientes, la cabeza gacha y la camisa y
los pantalones inflados como una vela por el viento, arrastrándose y cogiéndose
a duras penas de los matojos de las orillas del camino: (de los cerrillos, de
los balos o, de las carnosas tabaibas), seguiría. Le sangrarían los dedos de
tanto agarrarse, lanzaría más maldiciones que un camellero, y con las cejas y
con el bigote completamente blancos, encanecidos por el polvo de la pista, él
continuaría…, seguiría, pasito a pasito, como un soldado, en su obcecación,
avanzando con lentitud hacia la orilla. Y, una vez allí, se metería en el fondo
de un veril y, allí aguardaría, pacientemente, echado en una cama de barrilla,
un par de días, hasta que el mar agotado de cansancio le permitiera echar un
par de lances con su tremenda caña y, con algo de suerte, podría sacar para
tierra un par de tamboriles, para no marcharse con el sabor amargo de que los
peces habían despreciado su carnada. Justo, se le terminaba la carnada para
pescar, cuando ya tampoco le quedaba tabaco de picadura para meter en la
cachimba y, para entonces, ya había hecho café un par de veces, con las borras
del día anterior, para matar el vicio. Entonces, acorralado por la escasez, se
echaba el morral a la espalda y la gran caña sobre el hombro, se calaba bien el
sombrero y, con la cabeza bien alta, se batía en retirada hacia el pueblo. La
mar se retiraba también, pacífica, y descendía la orgullosa espuma un par
metros bajo las rocas, se callaban todos los bufaderos de la orilla y, se
mantenía tranquila, como una charca, ya, sin recelos, viéndolo de espaldas con
la caña sobre el hombro, paso a paso alejándose de allí. Por aquel tiempo, así
eran las cosas, entre Domingos el Herrero y el mar…
FIN

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