LA COSECHA DEL NOPAL (Pequeña crónica)
(Pequeña crónica)
La
cochinilla es un insecto, es un parásito que vive, adherido chupando la
abundante savia de las carnosas hojas del nopal o de las pencas que es como
vulgarmente las conocemos los canarios. Parece ahora increíble que la recolección
de este redondo insecto en otros tiempos fuera la base de nuestra economía,
llegando a ser el principal producto de exportación de nuestra isla. Nunca me
he parado pensar si existen o han existido insectos similares a la cochinilla,
pero como agricultor no puedo más que esbozar una sonrisa al pensar en el
enorme capital que deberían pagarme por los millones de arañas rojas, de moscas
blancas, de trips y de orugas que me veo obligado a eliminar todos los años,
seguramente si me pagaran por recolectarlos mi economía marcharía bastante
mejor. Ésta, era una plaga beneficiosa, una plaga rentable, que lejos de ser un
desastre cuya eliminación costaría un elevado precio, era en si misma la
verdadera cosecha del nopal y no la producción de higos picos como correspondería
a la lógica, pues la función de la penca no era otra que alimentar y engordar
al máximo a sus rechonchos y empolvados inquilinos. Mientras no salieron al
mercado otros colorantes artificiales, la cochinilla fue uno de los mejores
colorantes con la indudable ventaja de ser de origen natural. En ella teníamos
una de nuestras mayores riquezas, por eso su caída en desuso nos afectó de
manera absolutamente catastrófica y como otras tantas veces quedamos al
mismísimo borde del abismo.
Allá
por los años sesenta la cochinilla aún se continuaba recolectando, pero ya a
muy pequeña escala, por aquel tiempo era una actividad sólo desempeñada por los
niños y los adolescentes. Recuerdo que en mi barrio, en el Río de Arico, los
chicos recogíamos bastante cochinilla, conseguir cuatro o seis duros en una
tarde eso era poseer toda una fortuna en aquellos tiempos; Significaba ir al
cine, comprar un cucurucho de papel vaso lleno de aceitunas, - que el ventero
sacaba con un cucharón del interior de un panzudo garrafón de boca ancha
mientras nos miraba por encima de las lentes - o comprar unas cuantas tortas de
Vilaflor, también podíamos adquirir aquellos cromos que nos faltaban para
completar el álbum, en fin que la cochinilla para nosotros significaba el modo
de conseguir el dinero que nuestros padres no nos podían dar. También era andar
libres por las laderas y barrancos buscando el preciado grano, pero además
estaban los arañazos en las canillas, los golpes y las caspas en nuestras
rodillas hablaban de nuestras andanzas y que decir del enorme desconsuelo al
resbalar y esparcir entre las piedras el valioso contenido del cacharro grande
donde viajaba todo lo recolectado en una jornada. Grande también era el
desaliento al ver los preciosos granos perderse entre las malezas y de un solo
golpe el suelo tragarse varias horas de nuestra sacrificada labor.
Recuerdo
perfectamente como mi hermano mayor pretendía esclavizarme, al utilizarme como
porteador de los innumerables cacharros y cucharones que usaba para coger la
cochinilla y así él no perdía de recolectar mientras caminábamos y todo esto a
cambio de nada, solamente por la fuerza y la autoridad que le daban el haber
nacido cinco años antes que yo.
Por
aquel entonces yo no había oído hablar jamás del " Che " pero tampoco
me hizo falta para darme perfecta cuenta de que esto que pretendía mi querido
hermano era un atropello, pero sobre todo una gran injusticia y fue por eso que
me rebelé, me negué rotundamente a cargar con su rebaño de latas. De inmediato
Atila montó en cólera y comenzó a darme de punterazos y de tortas, pero ¡ oh
destino! pronto comprendí el poder de un buen chantaje. Sin saber como, de mi
boca salieron las palabras mágicas, " Le voy a decir a padre que tuú......
", como supondrán ustedes yo era conocedor de algunos de sus secretillos y
ahora comenzaba a saber como debía usarlos. Mi hermano palideció y es que debió
sonarle como si al dueño del coloso le hubieran dicho," Era suyo Titanic,
pues lo siento se acaba de hundir", el muchacho temblando decía: "
No... no... no pensarás decirlee... eso a padree...", mientras yo le
contestaba: "Mejor será que no te dé con la hebilla del cinto, debe doler
un montón". En honor a la verdad debo decir que mi padre jamás nos
castigó, pero el cinto era un arma disuasoria que pendía sobre nuestras cabezas
como una espada de Damocles, nunca se podía saber en que momento sería empleado
y tal vez por eso producía aún más temor.
De
pronto el tirano de mi hermano se transformó en un ser atento y bueno, que me
colmaba de atenciones, que me tenía en cuenta llenándome de comodidades y que
buscaba mi benevolencia y mi perdón a toda costa sin reparar en los medios, si
me empeñaba en que me subiera a hombros una cuesta demasiado empinada, él lo
hacia, también conseguí hacerme con su carro de madera, --cuyas ruedas, eran
fabricadas con las suelas de las alpargatas viejas- y aparcar el mío en peores
condiciones que el suyo y bastante más rústico. Y de esta manera hasta casi
llegar la noche, solo entonces viendo la melancolía y la tristeza que embargaban
a mi hermano me decidían a jurarle que por esta vez no le contaría nada a
nuestro padre. Y ese juramento se cumplía, pues desde lo alto había un Dios
poderoso y justiciero que lo veía todo, preparado siempre, con el arco tenso,
dispuesto a soltar la flecha que nos desgarraría el corazón. Esa noche me dormí
con la sensación de haber roto unas enormes y pesadas cadenas y mientras los norteamericanos
se afanaban en tirar miles de bombas de Napalm en el Vietnam, yo ajeno a todo
eso y sin haber oído hablar jamás de Charlie, me sentía un ser libre para
siempre en el gran negocio de la cochinilla.
Se
aproximaba el verano y con él las uvas hinchonas y calientes que ya
comenzábamos a pellizcar y con ellas los apretones de barriga y las diarreas
veraniegas. Empezaban los chapuzones en las tanquillas y en los charcos de los
barrancos; en estos lodazales aprendíamos a nadar los más pequeños, - los
mayores que ya sabían- lo hacían en las
charcas y en los estanques. Ahora que está a punto desaparecer nuestra moneda y que ya
solamente vamos a manejar los dichosos Euros estos recuerdos se me antojan tan
lejanos... Pero así transcurría nuestra infancia en aquel nuestro universo
rural.
FIN

Hermosos recuerdos, muy bien relatados
ResponderEliminarAgustín, muchas gracias por tus palabras tan amables, amigo, feliz noche. Saludos.
EliminarQue buenos recuerdos, se nota que fue una infancia feliz.
ResponderEliminarSabias que el tinte de las cochinillas se usa en algunos medicamentos? Un día leyendo el prospecto, casi me desmallo al ver la palabra cochinilla.je je.
He disfrutado leyéndote, de veras Servilismo.
Un gran abrazo de buena noche.
Gracias, querida Carmen, si, sobre todo fue una infancia en libertad, un poco salvaje... Si, efectivamente, la cochinilla es un colorante totalmente natural, para alimentación, medicamentos y lo que sea, sin los efectos perjudiciales de los colorantes sintéticos... en Canarias, por mucho tiempo fue el principal producto de exportación, fue una ruina cuando cayó su uso...
ResponderEliminarMe alegro mucho que te haya gustado, es un honor. Feliz noche, besos!!!
Lindo, divertido, conmovedor el relato de una infancia llena de fantasías, aventuras, peripecias.
ResponderEliminarMe ha encandtado!
M Victoria L.Alamansa Pimentel
M. Victoria, muchas gracias por tus palabras tan cariñosas para esos recuerdos míos ya tan lejanos en el tiempo... Me alegro mucho que te haya gustado. Un abrazo!!!
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