El gato (Cuento)
El
gato
(Cuento)
Amigos... sé que ustedes no
desconocen las portentosas cualidades y los pequeños defectos que se encierran
tras la silueta de un gato. Personalmente, no podría ignorar, aún cuando
quisiera, el intenso brillo que se desprende de sus pupilas dilatadas en medio
de la oscuridad y el halo de misterio que les envuelve y ese sentimiento
poético que dejan siempre los gatos al pasar.
- Bueno y ustedes
dirán... ¡Ya será menos! Solo estamos hablando de un simple gato.
- Pero yo os diré:
¡No estéis tan seguros! ¿No os acabo de decir que su existencia siempre estuvo
envuelta en el oscurantismo y el misterio? Claro... que en otros tiempos,
cuando el ser humano mantenía una relación muchísimo más cercana a la
naturaleza en general y con los animales en particular, ese absurdo
desconocimiento y ese misterio, prácticamente no existía entre el hombre y el
gato.
Más a pesar de todo
a lo largo de la Historia
fueron ocurriendo multitud de excepciones;
es decir: que no ha sido tan casual ni tan escasa, la intercomunicación habida,
entre el hombre y el gato.
Para que entendáis
la importancia de nuestro gato común y la increíble psicología de la cual hace
gala nuestro felino domestico; os pondré un ejemplo comparando su reacción con
la que tendría un perro; llamado también, acertadamente, el mejor amigo del
hombre.
“Un señor de pronto
se encuentra frente a un serio problema. Un asunto lo suficientemente grabe
para llegar a preocuparle. Y ya se sabe... de los problemas ya sean grandes o
pequeños no solo debes preocuparte, sino que además debes de ocuparte en darles
una pronta y eficaz solución. Pero he aquí, que este buen señor, en lugar de
tratar de resolver su problema o de buscar ayuda en su familia o en sus amigos,
él, arregla el asunto bebiendo. Se refugia en el alcohol y bebe una copa tras
otra, hasta emborracharse por completo. Y en esa situación, es, cuando él se
siente bien, porque ha olvidado su problema con los vapores del alcohol y
mientras no vuelva a recordar su problema el problema no existe para él.”
- Observen como
reaccionaría el perro ante el hundimiento moral y físico de su dueño, incapaz,
de resolver el problema que le aflige; pero en cambio si perfectamente
predispuesto a caer de cabeza en el pozo del vicio.
“Mi dueño es una
excelente persona –comienza el perro – pero está pasando por un momento muy
difícil y arrastra una terrible depresión y por eso el infeliz bebe alguna copa
–dice el perro lleno de cariño y comprensión hacia su dueño y tratando de
justificar de alguna manera la actitud errónea de éste.
- Mientras que el
gato procedería de forma enérgica y totalmente contraría a la anterior.
“Mi dueño –dice el gato
tiene un corazón de oro. Es capaz de dar todo cuanto tiene por los demás. Pero
es un calavera de cuidado –asevera el
gato, lleno de indignación es incapaz de resolver un solo problema; yo diría
que espera a que le aparezca uno para ponerse a beber. Voy a hablar seriamente
con él. Resulta que el muy tonto, tenía un problema grabe, no lo resuelve y
comienza a beber como un cosaco; el resultado final es: que el muy estúpido
tiene ahora dos problemas. Pero el más grabe, sin duda, es el del alcohol. Yo
les aseguro... –continua el gato, reprimiendo su ira; pero sacando y metiendo
las uñas de sus fundas de manera nerviosa–
yo afirmo... ante todo aquel que me oye, que sí mi dueño no da un giro a
su vida de forma radical, va a tener tres problemas; porque en ese caso, me
marcharé para siempre de esa casa. Y créanme que lo siento, por él y sobre todo
por el perro, es tan buena gente y tan fiel; que estoy seguro, que, haga lo que
haga el dueño, jamás le abandonará, seguirá con él, aunque terminen los dos
tiraditos en la calle... Y no quiero continuar hablando del asunto... porque...
ver llorar a un gato resulta algo... tremendo, lamentable Señores... lamentable
y denigrante.
Es
reconocido ya, aunque no oficialmente, en los pequeños círculos donde sé mueve
la elite de la intelectualidad, la estrecha relación habida a lo largo de la
historia entre los grandes genios y sus gatos. En este momento casi nadie se
atreve a poner en duda algo que en realidad, no veo porque debe de asombrarnos
tanto, ya, que si ocurriera al revés lo veríamos normadísimo. Cuando las cosas
recorren caminos distintos a los acostumbrados, cuando alguien se sale de la
rutina, sencillamente, la mayoría de la gente no lo entiende. ¡Esto no es
normal! Nos apresuramos a decir. Vemos como algo natural, cuando un hombre es
mordido por un perro y nos asombraríamos que ocurriese al contrario; sería una
gran noticia, que un perro fuese mordido por un hombre. Por eso precisamente
les ruego a ustedes, que no se asombren si les hago una serie de confidencias,
llamémoslas extraoficiales, porque las autoridades tercamente aún se niegan a
reconocerlas, quizá, porque en caso de hacerlo tendrían que rectificar
infinidad de cosas y modificar casi toda la historia. Figúrense ustedes, una de
las cosas más singulares y asombrosas que podrían ocurrir, se constata, que
buena parte de las fórmulas matemáticas desarrolladas por el Premio Novel de
Física; el genial: Albert Heintein; además, de su famosa y revolucionaria
(Teoría de La Relatividad )
fueron desarrolladas en un 75% por su inmensa inteligencia; pero el otro 25% se
debe a la inestimable ayuda recibida de las geniales capacidades de su gato. Y
como este caso se han podido encontrar cientos de casos y otros muchos que
jamás se podrán probar al no existir documentación, ni testigos ni cosa alguna
que lo acredite. Pero lo cierto es, que si mirásemos detenidamente detrás de
cada hombre o mujer genial e inteligente, no importa ni el ámbito ni la
profesión, siempre nos encontraríamos con la omnipresente figura de un gato.
Les contaré una anécdota de las más conocidas
y populares, surgida, de una de estas increíbles relaciones. El gran músico
Johann Strauss compuso los mejores valses que jamás se hayan podido escribir.
Todos pensaban por aquel tiempo, que la inspiración para escribir aquella
música, tan arrebatadoramente maravillosa, le salía espontáneamente a Strauss
del corazón a causa del inmenso e imposible amor que sentía el bueno de Johann,
por una dama de la corte. Nada más lejos de la realidad, aquella dama jamás le
interesó. Es más, afirman, que la encontraba insulsa, boba y terriblemente
empalagosa. Le aterraba su sola presencia y solo la buena educación, el decoro
y las buenas costumbres impedían al pobre Strauss salir corriendo para huir de
su tediosa presencia.
La
verdad era mucho más sencilla; pero imposible de entender, hasta para sus más
cercanos contemporáneos. Porque en cada vals, lo que se recoge, realmente, es
un fragmento de la vida de su gato y las aventuras, juegos y correrías de este,
con una linda gatita llamada Lucy. La descripción que hizo el gato, a Strauss
de sus aventuras, debió ser tan perfecta y con un sentido musical tan
extraordinario; que a Strauss, casi le volaba la mano escribiendo cada una de
aquellas notas. Notas en las el músico cuenta como: Lucy y Heathcliff, que así
se llamaba su gato, corrían alegremente; amándose, subiéndose por el tronco de
los árboles para grabar, hundiendo las uñas en él, sus nombres y dibujar
también los corazones de su loco amor adolescente. Y desde allí subían
escalando a los tejados y penetrando en las buhardillas ajenas y asomando sus
lindos hociquillos por las ventanas o corriendo por los verdes prados,
saltando, retozando y escondiéndose uno del otro y jugando con las inquietas
mariposas y riendo, riendo con esa risa dulce y hermosa; que nadie más puede
tener, sino ellos, solo los gatos cuando están dichosos y profundamente
enamorados. Tan enamorados como ellos: como Lucy y como Heathcliff; que juntos,
desde la orilla, veían deslizarse lenta y blandamente las aguas azules del
hermoso Danubio. Mientras ambos se miraban y veían, cada uno en los ojos del
otro, dos estanques limpios y transparentes como dos inmensos lagos de amor.
Por lo
a mí respecta, no puedo ni debo hurtar al conocimiento de ustedes, mi antigua y
estrecha relación con un gato en particular. Pues sucede que a lo largo de mi
vida, he tenido la increíble fortuna de poseer unos cuantos ejemplares de las
más variadas razas; confieso que por todos y cada uno de ellos sentí un enorme
cariño; sin embargo hoy me dispongo a hablarles concretamente de éste.
¿Y
porqué quiere hablarnos hoy, precisamente de ese gato? Se preguntaran ustedes.
La pregunta no es fácil; tiene una respuesta larga y complicada. Humanamente,
puede que la respuesta no satisfaga a todos. Pero yo les aseguro, que si os
sentís capaces de abrir de par en par vuestro corazón, para que entre en él la
ilusión, la fantasía y el misterio; como si volviésemos a unir los trozos de
nuestra rota inocencia, para formar con ellos un caballo que galope por las
páginas de un libro; entonces sin duda, que la respuesta os dejará satisfechos.
Comprobad
la forma tan original y extraña que adoptó (Perico), mi gato, para introducirse
en mi vida. No tuve la suerte de criarle desde cachorro; porque cuando apareció
era ya un ejemplar totalmente adulto. Fue una de esas noches bochornosas del
caluroso verano; andaría yo por los diez años, aproximadamente y mi costumbre
de dormir con la ventana abierta ayudó bastante para que se produjese el
encuentro. En la noche Perico entró por la ventana y cuando la claridad del
amanecer, también penetró por ella, me despertó el fuerte y característico
sonido que produce el ronroneo de un gato. Apenas salía de mí asombró, al ver
como dormía plácidamente a mi lado, aquel hermoso ejemplar de gato, enorme, de
color amarillo con franjitas atigradas. Inmediatamente surgió una buenísima e
inexplicable relación entre nosotros. Falto de amigos y casi ignorado por mis
padres; comprenderéis enseguida, que aquel gato se convirtiera de ese día en
adelante en mi mejor y único amigo, además de un fiel y discreto confidente.
Pero aquí no termina todo, porque... llegó a ser tanta la comunicación y la
sincronía entre nosotros, que mientras de día le hablaba yo a él, él hacía lo
propio por las noches. Tal llegó a ser mi dependencia del gato, que no
conseguía dormirme hasta no escuchar a mi lado su profundo y tranquilizador
ronroneo. Cuando me dormía Perico se afanaba en contarme asuntos e historias
habidas, de gatos y de hombres. Tampoco se resistía el gato a veces, a la
tentación de contarme algún que otro chisme ocurrido en el pueblo, quizá en ese
mismo día o en días anteriores. Recuerdo uno, que aún hoy me asombra; pues con
el paso del tiempo pude comprobar la increíble sabiduría y veracidad de sus
observaciones.
-
¿Sabes que Julián el hijo del herrero –comenzó el gato – está enamoradísimo de
Juanita la hija de la modista, la que vive en la calle de (Los Castaños)?
-
¿Y tú como lo sabes? –Le pregunté yo; más, luego añadí – Además... Julián...
parece tan torpe; con ese cuerpo largo y esas manos grandes y huesudas,
caminando el pobre, con la cabeza baja, y siempre tan callado.
-
En uno de mis paseos nocturnos le descubrí –aseveró el gato – estaba en (el Camino de las Adelfas), solo a la tenue
luz de la Luna ,
recitando unos versos llenos de amor tierno y melancólico dedicados a Juanita.
Y lo que tú imaginas torpeza de
Julián... no es más que timidez. Una incontrolable timidez, que a veces posee a
las personas de forma estúpida. Pero de lo que tú puedes estar seguro, es, de
que Julián es una gran persona: honrado, inteligente, trabajador; ya quisiera
esa modistilla conseguir a alguien así; pero seguro que va y se casa con el
primer botarate que se lo pida.
Sabes... a veces, pasan por ser listos, zoquetes que hablan mucho y quedan por
tontos, los sabios en ideas y torpes en palabras.
...Y
así, chismes como el que os termino de contar, anécdotas, historias, cuentos y
toda suerte de curiosidades, me fueron contados por el gato mientras yo dormía.
Pero sin embargo yo guardo un cariño especial y un recuerdo imborrable, por la
versión que Perico me hizo, refiriéndose a la Historia de la Humanidad ; que le fuera
transmitida, según él, por los ancestros de su especie.
Ocurrió hace mucho –comenzó el gato – fue al principio de los tiempos.
Figúrate si habrá llovido de ese tiempo a esta parte, que, en ese momento, no
había nacido todavía, ni esperanza aún de que naciera el abuelo de Maricastaña.
Dicen y aseguran, que, por aquel tiempo los hombres eran todos buenos y justos.
Pero indudablemente, ocurría, que, aquellos hombres al no conocer la maldad y
como el ser bueno y justo era su condición natural, tan cotidiana y tan normal
como tener los ojos, el pelo o la piel de un color o de otro, no eran
consientes del tremendo valor que tenían esas cualidades. Los sentimientos eran
en su totalidad compartidos por todos los hombres y por eso, si uno solo de ellos
se sentía desdichado los demás se afanaban en hacerle feliz; pues, mientras él
no alcanzara la dicha de la felicidad ellos tampoco conseguirían ser felices.
Por aquella época la maldad volaba de acá para allá sin conseguir penetrar en
el corazón ni en el alma de ningún ser humano. Ante semejante fracaso la maldad
mostraba su envidia y se ponía de color verde. Un verde amarillento, pálido y
desagradable, que, hería la vista, produciendo náuseas solamente de mirarlo.
Esta aunque horrible y nauseabunda era, solo una de sus muchas caras; pues a
veces, cuando sentía ira, la maldad se volvía intensamente roja.
Todo comenzó cierto día, un desgraciado y funesto día para toda la
humanidad. Aquel día lamentable, nació un niño varón. Desde su más tierna
infancia el pequeño destacó por sus terribles caprichos; de los cuales, surgían
perreras increíbles, si éstos no eran atendidos con urgencia. Pronto asomaría
en él la cara maldita de un egoísmo insaciable al cual, sus desconcertados
padres intentaban afanosamente aplacar, dándole satisfacción a sus demandas de
inmediato. Todo esfuerzo por hacerle transitar por caminos donde viajaba la
bondad y la cordura fue, sencillamente, inútil. De alguna manera; valiéndose,
de no se sabe que sutil estrategia, la maldad con sus mil caras había penetrado
en el tierno corazón de aquella inocente criatura y ya jamás sería erradicada
de la faz de la tierra.
A medida que
el niño crecía también lo hacía su ambición y su codicia aumentaba de tal modo,
que sus atormentados padres ya no conseguían controlarle. Apenas el chico había
comenzado su adolescencia ya se había apropiado de todos los bienes y
posesiones de sus progenitores, pasando éstos a ser sus servidores, lo habían
sido desde siempre; solo que ahora lo hacían con el desamparo y la rotundidad
que la palabra implica. Con los papeles cambiados aún vivían en su casa; pero
llegaban al colmo de lo grotesco, ya, que necesitaban la aprobación de su hijo
para tomar cualquier tipo de decisión o incluso para realizar faenas
francamente nimias y elementales. En adelante el joven se aplicaría de lleno en
ampliar y ensanchar sus dominios, extendiendo sus lindes hasta lugares lejanos,
lo más apartado posible del lugar donde vivía. En su avance se apropiaba de las
tierras y de las personas que la habitaban, dejando éstas de ser libres para
ser sus servidores y vasallos. Pronto su actitud egoísta y su malsana codicia
fueron contagiadas a los demás y el mundo entero resultó contaminado por la maldad, que corrió atravesándolo de un
lado al otro. Y así de esta manera, no tardó en ser envidiado y perseguido. Ya
nadie velaba por el bien ni y la felicidad de los demás, sino por la propia,
que además no se sabía muy bien lo que era ni donde estaba. Él la buscaba en el
poder que suponía la posesión de bienes y riquezas. Pero una vez conseguido
esto, vio que tampoco hallaba la felicidad en ello. Formó un ejercito con los
desposeídos de la tierra para luchar y conseguir más tierras y más vasallos y
más desposeídos. La felicidad le aguardaba detrás de cada frontera. También él
fue atacado y herido y derrotado y hasta muerto. Y comenzaron a sonar con
fuerza palabras antes no escuchadas como: patria, honor, orgullo o venganza.
- Hoy es el día
–comenzó diciendo el anciano a quienes le rodeaban – en que al hombre más le
afligen y preocupan sus propios asuntos. La humanidad ha entrado en una era
nueva y desconocida hasta el momento. Un tiempo nuevo con rumbo incierto, en el
que cada hombre en sí mismo será un
mundo y ya luchará solamente por ese mundo interior, hasta olvidarse de que
existen otros mundos fuera de sí mismo. Cada hombre albergará en su interior,
lo mejor y lo peor; podrá ser un dios o un demonio y a veces no sabrá que hacer
ni que camino tomar. Acumulará cosas: propiedades, dinero, objetos y ostentará
cualquier tipo de riqueza sin motivo ni razón aparente; quizá, pensando en ser
feliz; imaginando talvez en que todo eso es valioso... y matará y morirá...
solo porque desde dentro de sí, algo o alguien le ordena imperiosamente que lo
haga. –El viejo se para un
momento y mira en torno a él para descubrir que le han dejado solo. No se
asombra y lejos de callar, continúa hablando, hasta terminar lo que había ido a
decir. –Hoy es el día en que soy de veras consciente, de que el hombre al
quitarse de encima los problemas de su prójimo, no-solo, no consigue liberarse
de ellos, sino que al fin revertirán con más fuerza, si cabe, sobre su cabeza.
...Y de esta manera terminó Perico su
relato y cuando desperté, el animal ya estaba sobre el alféizar de la ventana
estirando las patas y haciendo flexiones de columna; después de su gimnasia
matutina, el gato saltó al tejado de la casa contigua y se perdió con los rayos
del amanecer. Esa noche le esperé,
inútilmente, porque Perico, jamás volvería a aparecer y lloré, confieso que
lloré amargamente la marcha y la ausencia de mi amigo. Pero al fin hube de
consolarme, pensando, en todo cuanto aprendí de él y me ayudó bastante la idea,
de que quizá, aquel gato, era un ser errante que viajaba a través del tiempo y
de los siglos, solamente para cumplir su destino. Llegó y se marchó de mi vida
misteriosamente, sin avisarme; pero yo jamás volvería a ser el mismo de antes
de conocerle. Comprendí que aquel precioso gato amarillo con franjas atigradas,
estaría en aquel momento acompañando quizá a un alma solitaria como la mía y
tratando de relatarle en sueños algún cuento interesante o chismes sin
importancia o, la desconsoladora y triste historia de la vieja humanidad.

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