EL INTERRUPTOR (Cuento)
EL INTERRUPTOR
(Cuento)
"Este relato lo escribí inspirado en un pequeño suceso que me
ocurrió por la mañana temprano, en un bar, a la hora de ir a tomar café.
Recuerdo que precisamente en esos días los norteamericanos lanzaban sobre
Afganistán las famosas bombas siega margaritas desde los aviones
super bombarderos B52. También se veían continuamente por la televisión las
imágenes de la Alianza Del
Norte con sus viejos carros de combate; mientras por la radio los locutores se
desgañitaban tratando de explicarnos que El Tuerto, Omar, había huido corriendo
como un pollo desplumado abandonando a sus hombres y que Bin Laden estaba
totalmente cercado y a punto de caer. Bueno lo demás tendrán ustedes que
averiguarlo por si mismos leyendo el siguiente relato, eso si, si no se lo
impide cualquier contingencia por nimia y simple que parezca, pues tengo la
sensación que las máquinas que poseemos son el reflejo de nuestro éxito y de
nuestra felicidad, pero si fallan un momento, siquiera un simple interruptor,
no sabemos que hacer quedando abandonados por un momento al frío terral de la
intemperie."
Juan llegó a la seis de la
mañana y entró en el bar de siempre para tomar café y ojear un poco el
periódico. Esta operación solía hacerla normalmente casi todos los días
laborables. Dio los buenos días al camarero –un joven de veintitantos años – y
a los cuatro o cinco clientes que se hallaban en ese momento desperdigados a lo
largo de la barra. El camarero le miró con gravedad e hizo un gesto que más que
un saludo parecía una mueca de resignación y se dispuso a cargar la cafetera.
Solo uno de los clientes movió ligeramente la cabeza, como si las dos palabras
que se unen para decir: ¡Buenos Días! Estuviesen malditas o algo por el estilo.
Juan le mantuvo la mirada y entonces vio en los ojos del otro, el desamparo.
Era una especie de inquietud, como si en aquel instante estuviese sucediendo
algo irreparable. De inmediato Juan penso: “¡Diablos, que está pasando aquí!
¿Se habrá muerto el dueño del bar? ¡Le preguntaré al camarero! ¡No, no, que
tontería! Si hubiera muerto el dueño, hoy el bar no estaría abierto al público.
Menos mal que no he dicho nada; hubiera resultado ridículo. ¿Pero... y
entonces... que sucede aquí? ¿Por qué... esta atmósfera tan cargada de absurdo
misterio? ¡Algo ocurre, lo noto! No... si me lo hubiera imaginado siquiera...
hoy no hubiese entrado, hubiera pasado olímpicamente del café”
- ¿Algo más? –Preguntó el
camarero, poniendo la taza humeante de café expreso delante de Juan.
- Si, por favor, un vasito
de agua –dijo Juan y preguntó – ¿Se puede saber que ocurre?
El camarero no dijo nada;
pero mientras le servía el agua dirigió una significativa y elocuente mirada
hacia el rincón.
- La máquina... –dijo muy
bajito el cliente que estaba a la izquierda de Juan.
- ¡La máquina! –Exclamó
Juan con el rostro desencajado – ¿Cómo no había caído antes?
En efecto la máquina
tragaperras permanecía totalmente a oscuras. Y en medio de la suave penumbra
del rincón, de pié aún; pero silenciosa, callada como un cadáver, muda, como un
sarcófago de metal.
En el televisor estaban
emitiendo las noticias pero nadie atendía a ellas. En una prisión al norte de
Afganistán – dice el locutor – hace un par de días se amotinaron más quinientos
presos Talibanes. Afortunadamente, para sofocar la revuelta aparecen en escena:
los tanques de (La Alianza
del Norte) y los aviones americanos con su carga mortal de bombas dedicadas a
los presos y firmadas atentamente por los chicos de Tío Sam.
Algunos Talibanes –enfatiza
el locutor esta última palabra – no tuvieron ni la más mínima oportunidad de
defenderse, pues, cuando encontraron sus cadáveres aún tenían las manos atadas
con alambres a la espalda.
En el Sur de Afganistán
–continua el locutor, con una media sonrisa que no venía a cuento con la
gravedad de la noticia – han muerto unas once personas civiles y se recrudecen
los bombardeos americanos sobre la ciudad de Kandahar. El tuerto Omar amenaza
con ejecutar en la horca a todos los desertores. Se estrecha el cerco en torno
al grupo terrorista Alcca Edda y su jefe máximo, Osama Bin Laden...
-¡Que diablos le pasa a la
máquina! –Exclamó un funcionario de correos mientras tomaba asiento en la
barra. Juan se volvió para mirar hacia él y a causa de la reacción tan
inesperada y brusca del funcionario casi derrama el café. No obstante, Juan,
recuperándose un poco y con gesto malhumorado le dijo:
- ¡Es que no la ve! ¿Le
hacen falta unas jodidas gafas, para ver que no funciona?
- Tampoco es cuestión de
ponerse así –dijo el empleado de correos levantando mucho la voz para que le
oyesen todos – al fin y al cabo a mí... ¿Qué porras me importa... la estúpida
máquina?
Todos se volvieron hacia él
con una acusadora mirada de desaprobación, casi rayana en el desprecio. Al
comprobar el efecto que habían producido sus anteriores palabras, el
funcionario se vino abajo y despojándose de su anterior arrogancia dijo:
- ¡Lo siento, Señores¡ Es
que tengo varios sentimientos contradictorios: por un lado, echo de menos la
increíble alegría que me producen los continuos movimientos de luces y los
familiares acordes musicales que salen del interior de la máquina. Y también lo
siento, créanme, por ustedes, los que están continuamente jugando y
divirtiéndose con ella. Por eso precisamente me pone tan nervioso y hasta
violento, que la máquina esté apagada y no funcione.
- Pues modérese. –Dijo
volviéndose hacia él, un señor algo mayor, con barba de tres días y las
mejillas pronunciadamente hundidas. – Si esta mañana cada cual expresara lo que
siente de verdad; entonces, esto sería un verdadero manicomio.
A todo esto siguen y siguen
entrando clientes y más clientes, sin parar, hasta llegar saturar el ambiente
del local con las voces y con el humo de sus cigarros; pero todos
indefectiblemente miran hacia la máquina y manifiestan su asombro.
- ¡Jonathan, inténtalo de
nuevo! –Dijo otro cliente al fondo de la barra, dirigiéndose al camarero – Abre
el cuadro de los fusibles y comprueba que todas las palancas estén vueltas
hacia arriba.
El camarero ejecutó la
petición y comprobó una por una todas las palancas. Todos tenían los ojos
puestos en el cogote del barman mientras este ejecutaba la maniobra. Terminada
la operación el joven se volvió hacia la clientela y aunque la palidez de su
cara ya lo decía todo, él, musitó con un soplo de voz:
- Todo está... normal...
- Si todo está normal.
¿Cómo es, que la máquina no funciona? –Dijeron varios clientes al unísono.
- Pues yo... les aseguro
que no lo sé –contestó el camarero y luego añadió – la verdad, es, que yo por
la mañana... no suelo poner en funcionamiento a la máquina, porque, siempre
suele estar ya funcionando, cuando yo llego.
- ¿Y así quieres ganarte un
sueldo? –Preguntó uno al joven, sin disimular ni un ápice la ironía que le
afloraba malignamente desde el páncreas y luego para rematar la faena añadió –
Si es... que ni siquiera sabes encender la máquina o lo que es peor, puede ser,
que incluso la hayas averiado de forma irreparable.
El camarero, pálido como la
cera agachó la cabeza y no dijo nada; continuó sirviendo a los clientes: por
aquí le piden dos cafés con leche y una manzanilla; por allí un barraquito y
medio chinchón; además, acaba de entrar una chica que le pide por favor, un
donuts y una coca cola. En ese momento cruza el umbral de la puerta un hombre.
Lleva puesta una chaqueta de cuero negra algo desteñida y en la cabeza una
gorra también negra, peluda y forrada con algo que se asemeja bastante al
astracán. El hombre no es alto pero su aspecto es fornido y saludable, sus
manos están cubiertas de dureces y a sus uñas el cemento hizo décadas que les quitó
el brillo. Es un albañil, ni es joven, ni es viejo; pero a su cara le añaden un
plus de respetabilidad unas docenas de canas que han tomado posesión de su
negra y poblada barba.
El albañil se dirige al
rincón de la barra y toma asiento en el taburete; pero nada más sentarse se
echa hacia atrás sorprendido y extrañado. No sabe que es lo que falta, pero el
rincón no está como otras veces.
“¿Este, no es mi rincón de
siempre? –Se pregunta – Ni esta penumbra, ni este agobiante silencio. Es como
si aquí faltara o sobrara algo. Tengo en el cuerpo un sentimiento increíble y
trágico y una extraña sensación de soledad y de abandono. Sí... precisamente,
siempre me sentaba aquí, porque de aquí salía con una enorme carga de
alegría...”
Como los demás, también él
cayó finalmente en la cuenta de lo que ocurría y por eso inmediatamente con voz
grave de barítono desperdiciado, preguntó al camarero:
- ¿Jonathan, se puede saber
que puñetas le ocurre a la máquina?
- Mira Pepe, te aseguro que
no lo sé. Esto me tiene muy nervioso. Esta mañana lo he intentado todo y no he
conseguido ponerla en marcha. He comprobado los fusibles una y otra vez y todo
parece normal, pero, como puedes ver, la máquina no se enciende; incluso
algunos ya andan diciendo que yo la he averiado. –Terminó diciendo el joven,
derrotado casi por completo.
- ¡Que tontería, como ibas
tú a estropear la maquina! –Intentó tranquilizarle el albañil – Pero... ¿Has
probado a darle al interruptor que lleva la máquina en la parte trasera?
- ¡¡Interruptor!! –Exclamó
Jonathan – ¡In-te-rup-tor! –Dijo el chico repitiendo cada sílaba – ¿Te refieres
al interruptor? –Preguntó, poniéndose completamente rojo y a pesar, de que
sabía de sobra la respuesta – ¡Dios que torpe soy! ¿Cómo no he caído en la
cuenta de que, todo aparato, que funciona basado en la corriente, siempre está
provisto de su correspondiente interruptor?
- Sí –contestó Pepe –Como
este. –Mientras hacía un clip, dándole al interruptor en la parte trasera de la
máquina y esta se ponía de inmediato a funcionar.
Al instante a la máquina se
iluminó la cara y la sonrisa se le dibujó hacia arriba y comenzó a sonar la
musiquilla y a parpadear los números de los grandes premios, compuestos, por
dígitos de cuatro y de cinco cifras y se inició el giro sin pausa de las campanas,
de las fresas y de los sietes. Los clientes también comenzaron a mirarse con
cierto alivio y hasta surgieron entre ellos algunas palabras afables como: ¡Por
favor! ¡Disculpe! ¡Acomódese! Y otras frases y lindezas y señales de respeto
por el estilo.
Sin embargo nunca falta el
energúmeno, que aprovecha cualquier situación para resaltar sobre los demás su
propia insignificancia, aunque él piense, que solamente pone en práctica su
agudeza y su genialidad. Así es, que, como este asunto le gravitaba en su tosco
cerebro, no pudo evitar el soltarlo también de esta burda manera:
- ¡Jonathan! ¡Tío! Estás un
poquillo cegato. Mira que no ver el interruptor. Parece como si mirarás, solo,
con el ojo que llevas en la parte trasera del pantalón.
- ¡Es lo que me faltaba oír!
–Gritó Juan, iracundo y dando un fuerte puñetazo encima del mostrador.
- ¿Por qué? –Preguntó el
otro desconcertado por la sorpresa. Y fue entonces cuando Juan, que jamás se
distinguió por su don de palabra, le lanzó a él y todos los demás clientes, la
siguiente soflama:
- Te lo diré. Porque ni a
mí, ni a ti, ni a ninguno de los que aquí se encuentran, salvo a Pepe, se le
ocurrió la idea del interruptor. Por eso me indigna, que intentes reírte del
muchacho, solo, porque quizá, no te atreves ha hacerlo de ti mismo.
Es triste, pero en este
mundo, en el que estamos condenados a vivir, nuestra felicidad y nuestra vida,
depende, prácticamente siempre, del buen funcionamiento de alguna de tantas
máquinas. No nos paramos a pensar ni siquiera un instante ¿Ni por qué están
ahí, ni como funcionan? Solo sabemos que cuando fallan nos hacen tremendamente
infelices. Hacemos, miméticamente, lo que vemos hacer a los demás y
reaccionamos justamente como ellos. Hacemos las cosas movidos simplemente por
la inercia, sin hacernos jamás ningún tipo de pregunta ni planteamiento alguno
ajeno a la corriente. Desengañémonos, hoy, nos lo dan todo tan echo, y estamos
tan amoldados a la comodidad, que somos, una especie de paralíticos, como
perfectos animalillos de granja, inútiles en campo abierto y es por eso, que
estoy tan seguro, de que, si no existiesen aún pequeñas gentes inquietas como
Pepe, capaces todavía de buscar un por qué, seguramente que, por nosotros
mismos, jamás conseguiríamos llegar a encontrar el interruptor.

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