EL SÍNDROME DE MOBY DICK (Cuento)
EL SÍNDROME DE MOBY DICK
(Cuento)
Sucede en España. Es veintisiete de Noviembre del año 1999, es por
la tarde. Es un bar cualquiera, de no importa que lugar. Mientras se toman una
cerveza en la barra, los dos amigos mantienen una conversación. La conversación
terminaría, como siempre terminaban las que ambos mantenían; pues eran el
aceite y el agua, jamás conseguían compactarse y aún así a pesar de todo, su
amistad duraba desde aquella época en que los dos estudiaron juntos. El tema de
la conversación no podía ser más actual; era éste, un asunto que estaba
revolviendo conciencias y que mantenía al país dividido, pues hablar de la
inmigración difícilmente dejaba frío a nadie.
-
¡Es que nos están invadiendo! Cada día llegan más y más pateras. Esto ya
resulta insoportable, a mí, este país me da asco, con tanto moro circulando por
la calle. –Dijo Carlos, con el rostro contraído por la gran indignación que el
tema le producía.
-
Carlos... ¿Cómo puedes hablar así y quedarte tan fresco? Recuerda por lo menos,
que estas hablando de seres humanos. La verdad... –continuó Alberto – es que la
gente que habla, como lo haces tú, me produce pena y miedo a la vez.
-
¡Pena! Pena me dan los débiles como tú, con sus derechos humanos y sus
monsergas. Tratándose de extranjeros, el único derecho que tenemos, es el
derecho de expulsarlos de nuestro país; porque vienen a robarnos el trabajo y
encima no traen un duro y son diferentes y hasta huelen mal.
-
Perdona Carlos, pero... no dices lo mismo, de los extranjeros que juegan en los
equipos de fútbol; claro que esos pertenecen a otra categoría, como cobran
tantos millones...
-
Mira Alberto, el fútbol es otra cosa, además, esos no nos van a robar el
trabajo. Y dices que la gente como yo ¿Te da miedo? Agradecidos de nosotros,
deberíais estar los tipos como tú; porque no son todos, los que tienen las
suficientes agallas para defender nuestro país y nuestros derechos como lo hago yo; aunque, ahora
parece, que no es políticamente
correcto, hablar sin pelos en la lengua.
-
¿Carlos y así les hablas a tus hijos, de los inmigrantes?
-
¡Hombre claro, pues no faltaba más! A ver sí por fin, ellos pueden contemplar
en el futuro, una nación limpia de esa lacra, de esa basura maloliente.
-
Ahí está lo que a mí me produce verdadero miedo ¿Cómo puedes cargar a tus hijos, con esa pesada mochila llena de
odio, no te parece ya suficiente, con llevarla tú? ¡El peligro no es que tú
seas un racista, sino que hagas otro de tu hijo! El retornar a las cavernas, no creo que sea
lo más humano ni lo más inteligente; pero si quieres hacerlo, ve tú solo, no
lleves de la mano a tú hijo. Verás, Carlos, ahora mismo y mucho más en el
futuro, en España y en general en toda Europa se van a necesitar, millones de
extranjeros para cubrir unos puestos de trabajo que no habrá quien los ocupe.
Sabrás pues, que la natalidad ha caído alarmantemente en nuestros países y
nuestro nivel de vida ha subido bastante, por lo cual hay trabajos que ya no
queremos hacer. Y hay faenas que despreciamos y nos negamos a realizar; algo lógico
por otra parte, de algo abría de servirnos nuestro desarrollo y nuestro
progreso.
-
Si, si, ya me sé, el cuento ese de la natalidad. Mira, que manden los parados a
trabajar y verás como no hacen falta extranjeros.
-
¡Ya salió el tema de los parados! Mira, en ese tema como en cualquier otro,
nunca se está libre de alguna picaresca, pero la gente tiene todo el derecho
mundo a esperar, si es que las circunstancias no le obligan demasiado, y
encontrar un empleo en su profesión a la que a veces a dedicado toda su ilusión
y gran parte de su vida. ¿Irías tú, que eres abogado, si té quedas en paro a
trabajar inmediatamente a los invernaderos de Almería a recoger tomates?
-
Bueno, es que tú, te vas a los extremos. La gente decente como Yo siempre
encuentra trabajo en lo suyo.
- No
Carlos, es que uno, nunca debiera exigir a los demás lo que no es capaz de
exigirse a sí mismo. Por eso, sigo insistiendo, en que cerrar los ojos a una
realidad evidente, es un grave error. Esa mano de obra extranjera, es y será
cada vez más necesaria. Yo soy partidario, de que haya una ley de extranjería y
un control a la entrada de extranjeros, para que ésta se produzca de forma
equilibrada y racional, seguro que será un beneficio para todos, para ellos y
para nosotros. Pero de lo que estoy totalmente en contra es del racismo y la de
xenofobia hacia todos, pero especialmente hacia los que ya trabajan y viven
entre nosotros, porque sabemos, que sus hijos serán una parte considerable de
los españoles del futuro y sería una sublime tontería no comenzar desde ahora
esa integración, haciéndolo con sus padres de una forma humana y democrática.
Porque estoy seguro, que si les marginamos, si les tratamos como a seres
distintos, a veces desgraciadamente, mucho peor que a los animales, se revolverán
contra nosotros y entonces si que habremos creado un serio problema.
- Si
les damos el dedo, se cogerán la mano y nos echarán de nuestra tierra, los
pardillos como tú, resultan tremendamente peligrosos.
- Es
una verdadera pena, que pienses de esa manera, Carlos. Sé a fondo, que no eres
mala persona; pero piensas de forma equivocada y creo firmemente que ese camino
te conducirá a un lugar donde reina solamente la destrucción.
Desgraciadamente, la gente que piensa como Carlos, padece sin saberlo,
uno de los peores males que dañan y enferman el alma: es “ El síndrome, de
Moby Dick” Seguramente recuerdan ustedes, al capitán Ahab, persiguiendo a
Moby Dick; la temible y escurridiza Ballena Blanca, de la cual nos habla
Melville en su famosa novela. Ahí vemos, al obsesionado y patético capitán
Ahab, persiguiendo a un espectacular animal, quizá éste, un poco más hábil que
los demás, puede que bastante más agresivo que las demás ballenas. Tal vez, éste
fuera su único mecanismo de defensa, al sentirse perseguida y acosada por parte
de muchos balleneros, que cruelmente le habían cubierto el lomo de arpones sin
conseguir capturarla. Pero eso, no era lo que Ahab veía en ella. Para él, era
un monstruo terrible. No solo le culpaba de la pérdida de su pierna, sino también,
de sus propios temores y de sus frustraciones y del oscuro pozo donde había
caído su alma. Moby Dick era el culpable, de todos los males que aquejaban a
la humanidad, si el viento era demasiado fuerte, era culpable y si no había
aire para inflar una vela, también lo era. Y Ahab persiguió al monstruo por
todos los océanos y al fin, cuando creyó que ya le tenía a su merced, el animal
acosado una vez más, se revolvió contra él y en su lucha por sobrevivir,
arrastró al fondo del mar al capitán Ahab y a toda su tripulación. Ahab
encontró la muerte y con él, además, se llevó a sus hombres, porque cometió el
terrible error, de ver un monstruo, en lo que solamente era un animal y de no
ver, que en realidad, el monstruo, lo llevaba dentro de sí mismo.
Lo mismo que le sucedió al capitán Ahab, les sucede a los racistas y
xenófobos; ellos ven o creen ver, en el extranjero, el hombre de otra raza o de
otro color a un monstruo a un enemigo a batir. Porque le desconocen y por eso,
le temen y le odian. Porque si fuesen capaces de ponerse a su nivel y le
conocieran, seguramente desaparecería ese temor y ese odio y le verían
solamente como a otro ser humano.
Catorce de Noviembre de año 2016. El tiempo pasa sin sentir. Los años,
son pequeños eslabones que jamás completan la cadena, pero si alguno de éstos
se daña, repercute en los que más tarde se añadirán a ella. La mayoría de los
extranjeros y sus hijos, españoles de pleno derecho, por haber nacido en el
país y haberse educado aquí, conviven razonablemente bien con el resto de la
población. Sin embargo años atrás, hubo algunos eslabones defectuosos en la
cadena que trasmitieron esos defectos a los siguientes. Y ahora, los nuevos
eslabones, con los defectos heredados por los anteriores, vagaban sin rumbo por
las calles, formando violentas pandillas juveniles. Salían a la calle en busca
de todo aquel, que por su color de pelo o sus rasgos físicos delatase su
procedencia o más bien la de sus padres. A su vez, del otro lado también se
había producido una reacción violenta y estos hijos, de gente venida del
extranjero, se habían unido en grupos de auto-defensa. Cuando ambos grupos se
enfrentaban siempre había heridos de gravedad, cuando no había algún muerto.
Esa noche, los dos grupos se aproximaron lentamente al centro de la
plaza. No hubo batalla campal, porque el odio que se tenían ambos jefes de
grupo, hizo que la pelea se resolviera entre ellos. Los dos caminaron decididos
hacia el centro de la plaza. Pronto las navajas brillaron en sus manos y en sus
ojos, el odio. Después de estudiarse entre ellos y de esquivarse mutuamente y
de recibir ambos, solo pequeños cortes, por fin, la navaja de Carlos se hundió
blandamente en el corazón de Tarek, pero a éste, solo le bastó una décima de
segundo, para seccionar con la suya la yugular de Carlos. Los miembros de dos
grupos, contemplaron paralizados, como sus jóvenes líderes, caían sin vida, uno
encima del otro. Cuando las dos pandillas oyeron las sirenas de la policía,
corrieron, alejándose de allí por direcciones opuestas, y dejando abandonados a
sus correligionarios en medio de un enorme charco de sangre. Una sangre que se
había unido y por mucho que alguien se hubiese empeñado, era imposible saber,
que parte de ella era de uno y que parte correspondía a la del otro. Era una
verdadera pena contemplar la manera tan absurda que habían tenido de morir.
Pero aquellas fueron, sin duda alguna, las consecuencias de haberles enseñado
una manera equivocada de vivir.
Carlos, miraba los dos cuerpos con los ojos resecos. Uno de ellos, era
el de su hijo. No hizo falta que nadie le diera explicaciones, sabía de sobra,
quien era el verdadero culpable de aquellas dos muertes.
-
¡Lo siento, Carlos! –Dijo Alberto, poniendo la mano sobre el hombro de su
amigo.
-
¡Gracias Alberto! Eres un gran amigo. Debiste alejarte de mí y no lo hiciste.
El tiempo te acaba de dar la razón; siempre me empeñé, en ver gigantes, donde
solo había sencillamente molinos. De nada me sirve ahora llorar. He hecho tanto
daño, que no sé como lo voy a reparar.
- Sé
que estás destrozado. Pero cuenta conmigo; nunca es tarde para recapacitar.
–Dijo Alberto y los dos amigos, se fundieron, en un emotivo abrazo.
* P.
D.
Si
en alguna ocasión, os dieseis cuenta, de que estáis discriminando a un
semejante, por razón de origen, color o raza; Yo os diría, que volvieseis la
vista hacia ese océano que lleváis dentro cada uno. Porque sin duda, veríais
primero, su blanca estela y asomaría su aleta y cuando notarais, un aliento
fétido y nauseabundo, entonces, no cabrá duda de que estáis, ante la terrible
presencia de Moby Dick. Y si Yo me encontrase en vuestra piel, tomaría un
arpón, descolgaría el primer bote y remando hacia ella, trataría de
aniquilarla, sacándola de mi ser, de una vez y para siempre.
FIN

Muy buen relato, para reflexionar y que la humanidad fluya como el agua de un río, lpía y libre de aceites
ResponderEliminarFelices sueños Servilio 😴😪.
Abrazo.
Muchas gracias por tus palabras, querida Carmen; éste es un relato que escribí hace más de 15 años inspirado en conversaciones oídas a la gente en la calle o en cualquier bar al que entraba a tomar el tema de la xenofobia y el racismo está a la orden del día a pesar que España a sido siempre un país de emigrantes, todos tenemos algunos familiares que tuvieron que emigar con no nosotros mismos en busca de un futuro mejor... así, que en cierto modo no se entiende.
ResponderEliminarUn gran abrazo amiga!!!!
Muchas gracias por tus palabras, querida Carmen; éste es un relato que escribí hace más de 15 años inspirado en conversaciones oídas a la gente en la calle o en cualquier bar al que entraba a tomar el tema de la xenofobia y el racismo está a la orden del día a pesar que España a sido siempre un país de emigrantes, todos tenemos algunos familiares que tuvieron que emigar ó, hasta nosotros mismos, en busca de un futuro mejor... así, que en cierto modo no se entiende.
ResponderEliminarUn gran abrazo amiga!!!!