UNA TARDE EN LA BIBLIOTECA (Relato)





UNA TARDE EN LA BIBLIOTECA 

Fue, una de esas tardes, pesadas, y somnolientas, hasta no poder más. La biblioteca  estaba llena de gente a pesar de que eran poco más de las cuatro de la tarde. Por mucho que  ame a los libros, no alcanzo a descifrar ni a comprender que puede hacer la gente en la  biblioteca, antes de las 5 de la tarde, cuando afuera, en la calle, el sol aún está cayendo a plomo.  Yo, cuando madrugo, no funciono, sin un buen par de horas de siesta. Así, qué, solamente,  después de las 6, es que mi mente comienza a razonar y a estar, medianamente despejada. El  motivo de estar yo allí, era, que mi hijo de 8 años, a esa hora, tenía clase de flauta, si no, allí, tan  temprano, no me llevan ni con cadenas. Saludé a Olivia, una de las bibliotecarias, que estaba  detrás del mostrador, ocupada en resolver algún asunto que se desarrollaba dentro de la  pantalla de su ordenador, me miró por encima de las gafas y sonrió. Como atraído por un imán,  fui a sentarme en una de aquellas butaquitas azules, tan cómodas. Miré la esfera blanca del reloj  colgado en la pared, sobre la blanca esfera las manecillas marcaban las 4 y 10. 

Llevaba días intentando enhebrar un relato, porque a veces, lo confieso, me entretengo en esas  cosas, esas cosas, que a, algunos, muy contados, les da la gloria del Nobel y otros, la mayoría,  solo nos sirven para llenarnos las carpetas y los cajones de papeles y, para entretenernos, que  no es poco. 

Que cómodas son aquellas butaquitas azules que hay en la biblioteca del Centro Cultural de los  Cristianos… Como si las hubieran hecho para soñar… Dejé caer la cabeza sobre el respaldo y, por  un momento cerré los ojos, entonces me vino a la memoria, un hombre joven, de complexión  fuerte, con barba negra, y de rasgos indostaníes, que suele estar por allí, a veces, durmiendo,  con un libro muy gordo entre las manos. En aquel momento, les juro que le comprendí. “Debe  de tratarse de un libro de escritura muy barroca, jamás se desprende de él. Es ideal para  dormir.” Y –pensé - ¡Canalla, soy un canalla! – y sonreí. 

Cuando sonó la puerta de entrada a la biblioteca abrí los ojos: 

- ¡No puede ser! – me dije, cuando vi entrar al anciano. El corazón me dio un pálpito.

- ¡No puede ser…! No puede – repetí – porque yo, ya había visto antes, al anciano aquel de pelo  ondulado y completamente blanco, en un video de YouTube (en Internet, donde hoy en día lo  vemos casi todo). 

No lo podía creer, el hombre se dirigía directamente hacia mí. Antes de tenderme la mano para  presentarse, yo sabía ya, perfectamente, de quién se trataba. Pues, no era otro, que mi autor  favorito. Y, aunque él no había escrito más que una novela corta y un puñado de relatos, muchos  coinciden conmigo en que le sobraban méritos para haber alcanzado el Nobel. El escritor  llevaba muerto nada menos que la friolera de veinticuatro años. 

  

- Me llamo Juan Rulfo… Y, mejicano, para más señas… – dijo – y me tendió una mano de dedos  largos, huesudos, duros y fríos como carámbanos. 

Obviamente, también yo me presenté y le dije que tomara asiento, allí, junto a mí, en una de  aquellas butaquitas azules, tan cómodas, que quedaba libre. Justo en ese mismo instante una  niebla muy fina cubrió por entero todo el salón de la biblioteca. Como pasados por un cedazo,  cuando se fue despejando la niebla, don Juan y yo, inesperadamente, nos encontramos en lo  alto de un cerro. En ese momento, Rulfo, con parsimonia, alargó el brazo y señalando hacia el  valle dijo: 

- ¡Esto es Comala! 

- ¿Comala? ¡Comala…! – dije yo. 

- ¡Claro mi hermano! Esto es Comala, la tierra de Pedro Páramo… Él se encargó de arrebatársela  a todos los demás. Mira, allí está su rancho, La Media Luna, un cúmulo de tierras, de ambiciones  y de desdichas… – respondió Juan Rulfo, despacio, como filtrando, lentamente, todas y cada una  de las palabras a través de los dientes. 

En ese momento se levantó una bandada de tordos formando abanicos sobre el valle en  penumbra. 

- Bueno – dije yo – cuando salga el sol este paisaje debe de ser esplendoroso. Creo que entonces,  me aventuraré ladera abajo, e iré a visitar al padre Rentería. 

- Se equivoca usted, ahoritita mismo, mi hermano, porque…, desde que murió Pedro Páramo,  en Comala no ha vuelto a salir el sol… Y, en este anochecer interminable, dicen que cabalga, de  continuo, y sin descanso por el valle, el espectro de Miguel Páramo, el único, entre todos sus  hijos que reconoció el tirano, un mal bicho como él. En cuanto,… al padre Rentería, Pedro  Páramo, en sus confesiones, le fue volcando encima la maldad seca y execrable de todos sus  pecados, de todos sus males, como veneno de culebra y, cada día más y más, le fue haciendo  partícipe y cómplice de cada uno de ellos, hasta que el cura no pudo más, reventó como un  costal y perdió la fe. Rentería, pues, dejó el crucifijo, colgó de un clavo la sotana, cogió una  carabina 30 a 30, se cruzó un par de carrilleras de balas sobre el pecho, se subió sobre un caballo  bastante nervioso, mandó al carajo todo, y se fue a comandar por el llano una cuadrilla  numerosa de Cristeros… Aunque, bien es verdad, que él compartía bien poco con todo aquel  movimiento guerrillero, que empleaba como grito de guerra, el: (¡Viva Cristo rey!). Pues, su afán  era luchar por la justicia, defendiendo a las hordas de pobres, de desarrapados, que mal vivían  olvidados de Dios y masacrados por la impiedad y la avaricia de los hombres… No le quedó otra,  para recuperar su decencia… Luego,… terminó como tantos otros… Al final se lo acabaron  comiendo los zopilotes, en lo alto de uno de esos cerros…

- Don Juan, me podría decir… ¿Qué fue de Juan Preciado? ¿Marchó por fin de Comala? – pregunté yo. 

- Juan Preciado… ¡Ay, Mi hermano…! – Suspiró Rulfo – ese sí que la chingó bien chingada. Por ir  de curioso a Comala, se fue al carajo. Nadie que entra en el purgatorio vuelve a salir. Se fue al  carajo. Quedó allí, abajo, convertido en un montón de piedras, como Pedro Páramo. 

- ¿Entonces, don Juan, este valle de Comala, que ahora vemos, está y no está aquí? 

- Tú lo has dicho, amigo, – respondió el mejicano – tú lo has dicho. La maldad de Pedro Páramo  dejó todo el valle colgado entre la tierra y el infierno, por eso el que entra en él, queda allí  atrapado con los demás espectros, para siempre. 

- Ya – dije yo – le aseguro que no ha sido una gran sorpresa, esa respuesta, ya me la temía… 

- Bueno, mi amigo, ha sido un inmenso placer conocerle. Conocer a uno de mis más fervientes  lectores. Solo, una vez al año, salgo de Lubina, a conocer a alguno de mis lectores…Este año le  ha tocado a usted. Así que encantado, encantadísimo de conocerle y, de comprobar, el chulo,  el re-chulísimo conocimiento, que tiene usted de mi obra. ¡Ah! Amigo, detrás de esos brezales  tiene ensillada una mula, ahoritita, vaya bajando hasta el llano. Baje por este lado, no se le  ocurra ir por ese otro, por donde está Comala… 

  

Rulfo me volvió a ofrecer de nuevo su mano fría, helada, temperatura conseguida tras llevar  veinticuatro años muerta. La estreché con fuerza y, pude sentir, a la vez, tres cosas en el  saludo, el calor de su amistad, el frío de la muerte y la tenue y sutil agudeza de su ingenio.   

- Me marcho – dijo – hay asuntos que, urgentes, me requieren, cuanto guste visitarme pase por  Lubina. Adiós amigo…Un placer. 

- Adiós – le dije – mientras le vi desaparecer entre los blancos jirones de la bruma despedazada  por el viento. Lubina. Lubina, cuando pensé en ella, un escalofrío me sacudió todo el cuerpo. ¿Si,  Comala, estaba en un punto intermedio, entre la tierra y el infierno, donde diablos estaba  Lubina? ¿Dónde? ¿Qué pueblo era aquel, donde la gente se quedaba solo para acompañar a los  muertos? ¿Qué pueblo era aquel, donde nunca paraba el viento de soplar? Donde, por las  noches, el viento salía de las profundas barrancas y tomando forma, recorría las calles estrechas  y oscuras,… soplando con violencia, sobre todas y cada una de las puertas renqueantes de las  casas… 

  

Por entre la bruma pude ver, claramente, la blanca esfera del reloj. Eran las siete menos diez.  ¡Qué cómoda resultaba, aquella butaquita azul…! Parece como si, realmente, la hubieran hecho  para soñar… Olivia iba con el carrito lleno de libros hacia las estanterías…Una señora uruguaya  exigía su turno, su hora de ordenador… 

Subido en la mula, fui bajando por el camino que se enrollaba como una culebra, dando vueltas  contra el cerro. Abajo el llano ardía. Llegaba hasta mí un estruendo de caballos y un gran olor a  humo, a cenizas, y a mazorcas asadas. Una banda de Cristeros ensarapados y con grandes  sombreros de palma en la cabeza, cabalgaban, enloquecidos, entre los campos ardientes y el  humo.

- ¡Padrecito! - gritó uno de la banda - ¿Qué hacemos con éste campo de milpa seca, aún sin  recolectar…? 

- ¿Qué harías tú, Ponciano? 

- ¡Hay Padrecito! El patrón…, dizque, que no suelta ni un peso, dizque que todo es suyo, que na le debe a sus piones, que todo se lo dio el cielo… ¡Pes, ándele, préndanlo y, que se jaga humo!  ¡Préndanle candela, que arda rancho y milpa! ¡Que su fortuna vuelva por donde mismo vino,  que se jaga humo, para que vuelva al merito cielo! 

- ¡Muy bien, pues como tú dices, Poncianito, así se hará! – dijo el padre Rentería, con una mueca  en el rostro como el moño de un costal, porque la cicatriz de un balazo, había robado para  siempre la sonrisa de su cara. De allí, discretamente, me escurrí, entre el polvo de la caballada y  el humo y me marché. 

- ¡Viva Cristo rey! ¡Que viva México, que viva el Padrecito Rentería…, y Poncianito García…! – les  oí gritar en la distancia. 

Por entre la polvareda que levantaba la tropa del Padre Rentería, pude ver a la gente entrando  y saliendo de la biblioteca. En esto, que entra el joven indostaní y, sacando de su bolsa el enorme  librote, va y se sienta frente a mí. Lo abrió por la mitad y, justo, al par de minutos, me di cuenta,  de cómo el hombre, estaba quieto, sin duda, meditando, con los ojos completamente cerrados.  Lo miré, no sin cierto desdén y, pensé: “nunca se me ocurriría atravesar el pueblo con todo el  calor y venirme a dormir aquí, a la biblioteca… Porque…, hay que tener algo de decoro, un cierto respeto por las formas”. 

  

Cuando de nuevo abrí los ojos me encontré, al peso del mediodía, subido sobre la mula, aferrado  al pico de la albarda y cruzando un campo sembrado de maíz tierno. Allá arriba, en lo alto, volaba  lentamente, dejándose llevar, con las alas completamente extendidas, una parvada de zopilotes,  como barruntándome algo malo. Llegué al borde de la siembra y, allí mismo, até a la mula al  tronco de un árbol, y me eché a la sombra… Al ratito cuatro “pelones” (soldados del gobierno  mejicano) atravesaron la milpa tierna subidos en sus caballos y llegaron hasta mí… 

Ni siquiera tuvieron que encañonarme. Enseguida les obedecí, cuando uno de ellos me dijo: - ¡Acompáñanos! ¡Hijo de la chingada! ¡Se acabó el correr no más por no más! - ¡Acaso – les dije yo, queriendo mantener el tipo – acaso, les he reprochado, el que vengan  destrozando la milpa con sus caballos! ¡Es que, para que lo sepan, ni siquiera la milpa es mía…! - El sol se te metió en la cabeza, hermano. Mi coronel quiere verte… 

Les seguí. Qué otra cosa podía hacer… 

- ¡Se equivocan! ¡Yo no maté a don Lupe Terreros! – grité como un loco. ¡Déjenme marchar!  ¡No tiene sentido! – Grité - ¡Ya fusilaron a Juvencio Nava por matar a su compadre, Don  Guadalupe Terreros…! 

- Y, qué criminal, acepta sin más, reconocer su crimen – dijo de nuevo el de antes. 

Me llevaban atado, caminando detrás de sus caballos, y tragando el polvo del camino que olía,  y sabía a boñigas trituradas y a orines. Cuando despejaba el polvo, a veces conseguía ver la  puerta de entrada a la biblioteca… El indostaní continuaba aún con el enorme librote entre sus  manos… A veces se vencía un poco hacia delante y amenazaba con dejarlo caer. Luego volvía a 

mantener y equilibrar la rigidez de su postura, respiraba profundamente y, retomaba de nuevo  el hilo de sus meditaciones. La puerta de la biblioteca se abrió en ese momento y, entró por ella,  esa viejecita coquetilla, que camina con andadora, que está encogida, jorobadita y con las carnes  delgadas y sequitas como las de un pajarito. A mí, y, no solo a mí, sino a casi todos los que  visitamos y hacemos uso de la biblioteca, esta señora, nos da un ejemplo constante, de un gran coraje y de lucha y, nos produce, espontáneamente, una ternura infinita. Como les iba diciendo,  la señora entró en la biblioteca y trabó la hebra, poniéndose a hablar tranquilamente con Olivia. 

Aquellos cuatro tipos me llevaron hasta una era y allí me ataron por los brazos a un horcón.  Comencé a sudar y a ver borroso, porque el sol de las tres de la tarde me empezaba a derretir  los sesos. Las moscas no paraban de torturarme, me hundían sus aguijones en el cuello y en el  rostro y no me las podía abanar. Los soldados me abandonaron por un momento, pero  enseguida volvieron a buscarme… Me llevaron ante su jefe. 

- ¡Mi coronel, aquí está, el tipejo ese, ese que nos mandó traer! – dijo uno de ellos, delante de  la puerta de un chozo de paredes de piedra seca y techado con hojas de palma. 

- ¡Eh, Tú! – Sonó allá adentro, en la sombra, tras la puerta, una voz firme, autoritaria - ¡Conociste  a don Guadalupe Terreros! 

- ¡No le conocí! ¡Se equivoca usted, mi coronel! 

- No te he hecho ninguna pregunta. Sé que le conocías y, también, que fuiste tú quien le mató. 

- ¡Se equivoca, mi coronel! Hace tiempo, usted mismo, ajustició a su asesino… ¡Por eso, por eso  mismo, le digo que se equivoca! 

- Don Lupe era mi padre…, fue muy mala cosa que le mataran…, fue muy malo, dejar aquel par  de niños, huérfanos… ¡Llévenselo no más! ¡Denle bastante de beber, emborráchenlo bien, pa que no le duelan los tiros! 

Estaba terriblemente desolado. Fijé los ojos en la puerta del chozo y, por más que quería, no  podía apartarlos de allí y, fue a través de ella, que vi de nuevo a Olivia hablando  parsimoniosamente con la viejecita de la andadora. Tenía que oírme, solamente ella me  conocía… Tenía que ayudarme. Los cuatro tipos, aquellos, ya me estaban haciendo beber el  mezcal…Trataban de emborracharme… 

- ¡Por Dios, Olivia! – Grité - ¡Diles que no me maten! ¡Por lo que más quieras, Olivia! ¡Diles que  soy inocente, que no me maten! 

Todo resultó inútil, Olivia y la ancianita continuaban con su lenta e interminable cháchara y no  se fijaban en mí. Me habían atado de nuevo. Debo decir qué, para entonces, como se suele  decir… (Tenía los güevos puestos en el cogote). Entre el miedo y la borrachera de mezcal, mi  cuerpo parecía una marioneta, sentía, que era como un muñeco de trapo, colgado por unos  brazos de tela a un horcón. Cuando me dispararon, aquellos cuatro tipos, estaban ya casi tan  borrachos como yo… Sentí, una y otra vez, hundirse y rebotar contra mi cuerpo, la fuerza brutal  y asesina de los impactos de las ráfagas de bala… Sentí que me moría… Que me estaba  desangrando… Pero en el último aliento, en el último boqueo desesperado, para tomar aire y  respirar, en el último instante, antes de morir para siempre…. Olivia, por fin, llegó.

Olivia vino… Sí, Olivia vino y se me acercó. Me tocó el hombro y, justo en ese momento, abrí  los ojos… 

- ¡Sí, Olivia, dimeee…! – dije yo, aún, casi dormido – ¡Ah! Lo siento, Olivia, creo, que, en este  momento, estaba un poquillo traspuesto, discúlpame – terminé por decir, disimulando o,  intentando disimular, lo evidente. 

- ¿Un poquilloo…? Parece que sí, hijoo… – dijo la cordobesa, con esa gracia innata, que tienen  casi todos los andaluces – creo, que esta ve, te fuiste demasiao lejo. Creo que traspusiste la  frontera. Que te fuiste por lo cerro de Úbeda y sin tener barco casi llegas al otro lao del mar. 

- “Cómo decirle a esta buena mujer – pensé – que me acababan de fusilar…” En cambio dije: 

- Por lo que veo, tiene que venir uno ya dormidito de casa, porque, verás, Olivia, estas butaquillas  son tan endiabladamente cómodas, que te atrapan, es como si estuvieran diseñadas para  soñar… 

- ¿Cuándo dices soñar, quieres decir…, dormir? – me preguntó directamente, mirándome a la  cara, sin ambages ni sutilezas que a nada nos conducen. 

- Bueno, sí, ja, ja, eso, como tú quieras llamarlo…Que no estoy yo, ahora, para muchos coloquios  ni controversias… 

El joven llegado de las lejanas tierras del Indostán aún continuaba allí, con los ojos cerrados  frente a mí. Me avergoncé de mi anterior menosprecio, de mí falta de humildad y hasta de  mi desdén hacia él. Porque, sin duda, infravaloré sus sueños. Aquel hombre era mi hermano, un  peregrino, un viajero como yo y, seguramente, en aquel momento se hallaría navegando, con  grave riesgo de su vida, por los mares terribles de Salgari o, andaría escuchando, una de las  tantas historias de Sherezade, o viajando a caballo, por el lejano reino de Tepantar, del que habla  el cuento… 

Bueno…, y así fue, como perdí, vanamente, una tarde en la biblioteca. Lo siento, porque lo único  irrecuperable es el tiempo. Bueno,… quizá en otro momento, tal vez en otra ocasión, consiga finalmente, urdir, y escribir algo con sustancia, algo que se asemeje mínimamente a un relato. 

Fin 

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