PITT (UNA HISTORIA ENREVESADA) Relato
PITT
(UNA HISTORIA ENREVESADA)
<< Aquel tarjetero con
tres o cuatro compartimentos
contenía, cinco o seis tarjetas de visita y una carta
solitaria.>>
“La carta robada”
EDGAR ALLAN POE.
I
Decidí llamarme Funesto, aunque, ese, no es en
realidad, mi verdadero nombre. Pero... de qué otra forma..., habría de
llamarme. En este mundo sórdido, no te
dejan demasiadas alternativas.
Cuando te
mienten, hasta para venderte una simple espuma de afeitar –como ejemplo lo digo, pues, años a que no
me corto la barba- ; ir contra corriente, es morir. Es caer, es hundirte en la
vorágine de los convencionalismos absurdos. Me gusta la música sinfónica;
aunque confieso que la desconozco y que no sabría diferenciar sus distintos
movimientos y sus diferentes melodías. Llevo gafas oscuras; y suelo caer en los
mismos errores que los demás, digo las mismas falsedades que ellos y también me
detengo a escuchar las suyas. Aunque... últimamente observo, como si algunas de
estas mentiras, pareciera que ya no lo son. Hace poco tiempo, me convencieron
con absoluta claridad; de qué, donde yo había apreciado una de éstas, no era
tal. Pues, pura y simplemente, era yo víctima o culpable quizá; por haber
cometido la estúpida ligereza, de contemplar con la luz de mis ojos y de escuchar
a través de mis pabellones auditivos, una realidad ligeramente distorsionada.
Pero no señores... no, no intento contarles a ustedes una gran mentira, ni una
media mentira, ni una media verdad, ni la verdad absoluta; que por cierto,
dicen que ésta última es la mayor de todas las mentiras. Quiero hablarles de
las cosas que me inquietan, esas cosas, en las que pensamos, sin duda –usted y
yo- cuando nos quedamos solos en medio
de la oscuridad y de las que nunca osaríamos mofarnos, porque hay temas que nos
infunden un profundo respeto y hasta un poco de grima.
Hay tantas
preguntas para las cuales no encontramos una respuesta lógica. Hay tantos
misterios sin resolver, y son tantos los enigmas que nos acompañan, que con en
el tiempo pasan a formar parte de nuestras vidas. Tal vez jamás encontremos la
explicación a una serie de hechos y de cosas. Quizá nunca debamos romper la
telaraña que nos dejaría el paso libre hacia lo desconocido. Pasando ciertos
umbrales, sin duda saciaríamos nuestro urgente apetito morboso. Pero acaso, la
verdad nos haría aún más infelices si cabe, más insignificantes y sobre todo
inmensamente desprotegidos y frágiles.
Quién no ha llegado a preguntarse, sí: ¿se
pudre al morir también con el cuerpo... eso que llamamos alma, mente, el ser o
como queramos denominar esa fuerza que nos mueve, que nos hace sentir y que nos
diferencia de un autómata? ¿Es la realidad solamente aquello que podemos ver y
tocar? ¿Hay una o hay más de una realidad paralela a ésta que creemos conocer?
Quién
no ha tenido la sensación de una presencia en la oscuridad de su alcoba. Quizás
usted mismo ha sentido el leve roce de una respiración, un jadeo en medio de la
densa tiniebla o ha escuchado el sordo y casi imperceptible latir de un corazón
que de sobra sabe no es el suyo, aunque a veces trate de tranquilizarse
pensando que sí lo es, " ¡Será mi oído!" Dice para sí, y con esa idea
se engaña y se duerme.
A veces
tengo la completa y absoluta seguridad, de que por las noches, seres sin cuerpo
tangible, traspasan la puerta de mi casa y deambulan por las habitaciones con
la misma seguridad y aplomo que si de su propio hogar se tratara, incluso me
atrevería a afirmar que oigo sus tertulias disputas y conversaciones como un
murmullo lejano.
El
relato que seguidamente paso a contarles, en parte, fue vivido por quién les
habla, pero les advierto que si esperáis encontrar en él todas las respuestas
seguramente os daréis en las narices con el largo y acerado muro de la
frustración. Personalmente les diré que la respuesta de aquellas preguntas que
en su momento dejó razonablemente satisfecha a mi curiosidad, hoy después de haber avanzado a través de la
niebla del tiempo, me llena de grandes dudas, dudas que me confunden y acongojan. Hoy sigo buscando respuestas,
respuestas que no sé si algún día hallaré, sea como fuere, lo que sí tengo
absolutamente claro es que hay preguntas que no debemos hacer jamás porque la
respuesta sería terrible si alguien nos la pudiera responder. Si en algo os
puede ayudar, a conocer quizá mejor lo que son vuestras vidas, me encontraré
sinceramente agradecido por que hayáis leído esta narración.
Los nombres que aparecen en esta historia, aclárense nombres de
personas y lugares son ficticios incluido el mío, tal vez debido a un exagerado
y permanente sentido del pudor me haya obligado a ello.
***
II
Cierto día, mientras hacía
limpieza en un granero, que fue propiedad de mi abuela materna, encontré algo
sorprendente, dentro de un pequeño cajón de madera, entre: libros viejos, velas
a medio quemar, palmatorias, escapularios, multitud de estampas de santos, un
crucifijo con un Cristo sin piernas y un rosario del que quedaba muy poco. Lo
sorprendente, sobre todo, por lo inesperado, fue cuando descubrí un rollo de
papeles amarillentos y comidos ya en sus bordes por la polilla, que se
encontraban atados por la mitad con una cinta verde. Deslié los mencionados
papeles y los leí durante la tarde y toda una noche, pues entre su letra
manuscrita y mi vista que precisamente no es de lince resultó para mí una tarea
difícil, pero apasionante a medida que leía más y más.
Cuando hube terminado de leerlos indagué entre la familia la
procedencia de tales papeles. Para sorpresa mía, nadie sabía ni de quién eran,
ni quién los había llevado hasta allí. Aunque yo tengo el presentimiento que si
de una herencia se hubiera tratado, enseguida, la avalancha reclamando su
propiedad, hubiera sido impresionante; pero estos legajos sin valor a nadie le
interesaron. Solamente yo, me sentí en el deber moral de llevar a cabo la
voluntad del autor de dichos papeles, que no era otra que darlos al
conocimiento del público, cosa que a mí me ha producido no pocas contrariedades
y dolores de cabeza, sin contar una parte no desdeñable de mi delgado y
escurrido patrimonio. Pero, al fin puedo ver como el relato sale a la luz
pública, y eso, sin duda, me produce una gran satisfacción, que anula toda la
serie de antiguas vicisitudes. Así que amigos lectores como un insignificante
eslabón más de toda esta historia solo me resta deciros gracias.
III
Querido amigo Walter: Te
ruego encarecidamente que vengas a mi casa. Puede, que este que te escribe, no
sea el más indicado para solicitar tú ayuda, ni la de los demás. Confieso que
los problemas de la gente nunca me interesaron, como no fuera para yo mismo
creárselos a ellos y quedarme tan fresco. Pero, te aseguro, aunque tú no me
creas, que de eso y de otras muchas cosas, estoy sinceramente arrepentido. ¡Walter,
ven por favor!, no te lo pide el arrogante, el estúpido, el calavera que
conociste, en nuestra ya lejana época de
militares.
No soy el mismo Walter,
soy un ser lleno de temor. Me ocurren cosas tan extrañas, Walter. No sé, quizá
me encuentre al borde de la locura, puedo asegurarte que yo mismo, no sabría
explicar lo que me pasa.
Te conozco Walter, sé lo
reflexivo e inteligente que eres. ¡Por qué diablos no aprendería yo de ti!
¿Quizás mi maldito destino siempre ha estado escrito?
Eres tú mi única
esperanza, mi última tabla de salvación. Solo tú podrás ayudarme, pues lo que
me pasa está fuertemente ligado a un suceso del pasado, un hecho que tú conoces
mejor que ningún otro de mis antiguos camaradas.
* P. D. Espero que te
decidas a venir y para cuando lo hagas no vaya a ser demasiado tarde.
Mi mal va en aumento de día en día, necesito que estés aquí para
ayudarme. Presiento cercano el momento en que deba jugar mi última partida con
la muerte.
Se
despide: Pitt Anderson.
IV
Leí una vez más su carta, mientras en un carruaje me dirigía a la casa
de Pitt. Frente a mí, viajaba también, una atildada señora, un poco mayor,
vestida con una elegancia que no correspondía con el tipo de coche, ni tampoco
con la clase de pasajeros que viajábamos en él. La susodicha, no paraba de
mirar por encima del hombro, sin disimulo, con desprecio altanero, al viajero
que llevaba a su derecha. Y era éste, un campesino singularmente vestido, ya
que todas sus prendas parecía que se habían declarado la guerra unas a otras.
Además de unos pantalones que jamás habían observado de cerca el suelo, pues,
la pantorrilla era su última frontera y a pesar de que las mangas de la
chaqueta difícilmente le pasaban de los codos, este señor se había colocado sus
mejores prendas y hubiese sido prácticamente imposible convencerle de que no
estaba guapo y elegante. A mi lado, un mocetón, que se hallaría, en la veintena,
se pasaba todo el tiempo durmiendo, y después de una ligera observación supe
como lo conseguía – a cada rato se me venía encima y con ambas manos tenía que colocarlo otra
vez en su sitio – los tatuajes que ocupaban sus antebrazos, una argolla en la
oreja izquierda y el característico saco petate, no dejaba lugar a dudas de
cual era la profesión del muchacho. Efectivamente, el joven, era un marinero, y
según mis conjeturas se desplazaría al interior a visitar a sus parientes
después una larga temporada en el mar. Estaba clarísimo, que a este hombre,
seguramente, acostumbrado a toda clase de tormentas y de galernas las duras
ballestas del coche de caballos le producían un arrullo tan placentero, que le
resultaba imposible a todas luces,
mantenerse despierto.
Qué inmenso placer era
atravesar la campiña inglesa a la luz del día. Aquel cuadro de colores puros y
relajantes a la vez que rabiosamente alegres y naturales, a esto se unía el suave
aroma de la hierba fresca y de la tierra húmeda, que mezclándose con el olor a
las reses y al tenue perfume de las flores, impregnaban el aire de vida. Que
abismal contraste con los olores de la ciudad y los colores grises y oscuros de aquella.
Decididamente pensé que
algo realmente grave le ocurría a mi amigo. Después de tantos años sin vernos
recibir una llamada de auxilio me resultaba realmente extraña. ¿Por qué se
dirigía a mí?
Nunca fuimos grandes amigos. Pitt, siempre fue un botarate, era mentiroso,
algo pendenciero y sobre todo un necio que se granjeaba la enemistad de la
gente sin motivo alguno. El muy estúpido disponía de la frase más rimbombante y
grandilocuente para soltarla en el momento justo y preciso en que deseaba encumbrarse por encima de
alguien y ganarse la admiración de alguien más vacío y estúpido que él.
Seguramente, si Pitt, no hubiese buscado mi amistad yo jamás me hubiera
acercado a él, pues era todo lo contrario del ideal de amigo que yo me había
forjado. Pero este carácter extremadamente débil e inseguro que siempre he
tenido, me ha ido acarreando infinidad de problemas a lo largo de toda mi vida. El no saber decir no,
en el momento justo, podría ser uno de ellos; circunstancia ésta, que,
obviamente, aprovechaban gentes como Pitt en su propio beneficio.
De pronto el carruaje se
detuvo casi en seco y el cochero saltando a tierra se apresuró a abrir la
portezuela de éste, con la destreza propia de su oficio, y zarandeó al joven
que viajaba a mi lado, al tiempo que con tono bastante hosco le decía: - ¡eh
marinero! ¡Quee! – dijo el joven ¡Ya he llegado! – el joven le miraba con los
ojos agrandados, como sin comprender, al tiempo que descendía del coche. Y allí
se quedó de pie, con el petate en la mano y con ojos abiertos y redondos
mientras el cochero hacía restallar el látigo y nos poníamos nuevamente en
marcha hacia nuestro destino final, allá lejos, bajo el cielo azul lechoso,
tras aquel el ondulado horizonte.
Ahora, sin el joven
rinoceronte a mi lado, viajaba muchísimo más cómodo, incluso, podía hasta
pensar mucho mejor, pues me encontré liberado del trabajo de ama de cría que, a
la fuerza, me vi obligado a realizar en una parte importante de aquel
interminable viaje.
Meril, mi esposa, cuando decidí venir
me armó la bronca y creo que no le faltaba razón.
- De bueno, eres tonto. Me dijo. Solo, que esta vez, en parte se
equivocó. No fue solamente esa bondad, esa tonta ingenuidad, ni ese compromiso
con el amigo, tan cacareado por Meril. Había algo más, sin rubor lo confieso.
Una gran curiosidad morbosa y una mezcla de estupefacción, se habían creado en
mi interior y ambas cosas me empujaban con verdadera ansia hacia aquella
estrambótica cita. A pesar de todo y conociendo a Pitt como le conocía, a veces
no podía evitar, el preguntarme, si no sería todo, un subterfugio de mi antiguo
camarada para pedirme dinero y cubrir con él alguna deuda de juego.
El viaje ya se me estaba
haciendo cansado hasta lo insoportable. Casi a última hora de la tarde el coche
detuvo su marcha nuevamente, y en esta ocasión el cochero, cortésmente, tendió
la mano a la elegante y estirada dama ayudándola a descender del carruaje. La
señora se paró unos instantes y rebuscó en su cartera hasta que encontró una
moneda pequeña y dándole las gracias al cochero, la depositó en la manaza de
éste, quién por la cara que puso cualquiera hubiese dicho que en lugar de una
propina había recibido un insulto. El campesino, en ese momento, me miró de frente y, sonriéndome cínicamente, como queriendo decir: " Si,
ya lo sabía yo, tanto estirarse, éstos son los de arriba, si pudieran,
partirían en cuatro la moneda pequeña y, aún así, seguirían mirándonos con
altanería y hasta con desprecio." Me asombraba el galimatías que era,
pensar, que aquel campesino pensaba justo lo mismo que yo, y, me extrañaba,
dada la fama de miserables y tacaños que se suele atribuir a la gente del
campo.
Los pobres caballos,
pagaban ahora, injustamente, el cambio de humor de quién les conducía,
recibiendo éstos muchísimo más látigo y cientos de frases y palabras
malsonantes, que el buen gusto y el decoro me impiden repetir.
Mi antiguo camarada vivía
en un barrio algo apartado de Lichfield y, según me había anticipado el
cochero, aún faltaría algo más de media hora para llegar. El coche saltaba violentamente cada vez que tropezaba con alguno de los
adoquines sueltos, que a lo largo de las callejuelas que recorríamos, había en
gran número. Me dolía el cuello, la espalda, los huesos, cada uno de ellos, y,
en las piernas, tenía la sensación de
que éstas ya no formaban parte de mí, por lo exageradamente adormecidas que las
traía de no poderlas estirar. Con la
cabeza embotada de tanto traqueteo y hecho una verdadera piltrafa, me encontré,
ya de noche, frente a la casa de Pitt, mientras la silueta del coche
desaparecía al final de la calle dando botes como una liebre.
V
Me impresionó a primera
vista el considerable abandono de la fachada del edificio. Crecían en sus agrietadas
paredes diversas clases de vegetación. En un pequeño porche frente a la puerta
de entrada, colgaba un farol de mortecina luz de una oxidada cadena, y producía
ésta unos chirridos desagradables cada vez que el aire la hacía oscilar en
forma de péndulo. Para terminar de doblegar el escaso por no decir inexistente
ánimo que todavía conservaba, tropezó entonces mi mirada con la fantasmal
figura de un árbol seco. Un árbol muerto, un árbol de proporciones formidables,
que a pesar de todo, continuaba erguido aún, como un muerto viviente, al otro
lado de la calle.
Me aproximé a la puerta y
sin dudarlo dos veces tiré de la campanilla, en unos instantes salió un criado;
único servicio con el que contaba mi amigo como poco después supe.
- ¿Que desea el señor? No sé si sabrá el señooor..., que Mister Pitt,
no recibe visitas.- Se apresuró a decir en un tono cortante y seco.
- Soy amigo de mister Pitt... Me llamo Walter... y vengo de Londres.
- Ve y dile a tu señor, que Walter ha venido, que ya estoy aquí. –Le dije en tono bastante familiar, para ver si
se rompía la sequedad y el hielo de mi interlocutor, y así fue, efectivamente.
- ¡Perdón señor! No sabía que se trataba de usted, le esperábamos. Yo no sabía que hacer ya con
mister Pitt. El pobre señor está como loco, no come, y se pasea por toda la
casa sin descanso día y noche. ¡Ay señor!, Desde que mister Pitt recibió
aquella maldita carta. – y el mayordomo bajando mucho la voz dijo. – Es como si el maldito demonio hubiese entrado con
ella en esta casa.
- ¡Ah! Mister Walter, excúseme que no me haya presentado, soy Thomas,
Thomas Collin.
El perro de Pitt, un San
Bernardo enorme, me dio la bienvenida poniéndome sus grandes zarpas encima y, a
causa del efusivo halago casi doy con mis doloridos huesos por el suelo. Apenas
me había repuesto de la caricia del can y cuando éste de nuevo volvió a
tenderse en el suelo, vi en el fondo de la sala a un hombre que, de espaldas a
mí, observaba algo que de pronto no podía yo ver lo que era. Supuse, que aquel
abstraído personaje, sin duda, debía ser Pitt.
Thomas se me acercó por
detrás, diciéndome en tono muy bajo. – Se pasa así, horas enteras, a veces no
me queda más remedio que cogerle por los brazos y sacudirlo con fuerza para que
vuelva a la realidad. Igualmente, puede estar el día entero recorriendo la casa
de un lado para otro como un fantasma, con la mirada perdida observando un
extraño mundo, que solo él puede ver.
Me acerqué despacio, y
poniéndole la mano en el hombro le dije: - ¡Pitt, amigo! - El se volvió con
desgana y lentitud. Fue entonces cuando pude ver su cara. Un terrible
escalofrío me recorrió el cuerpo. De una manera instintiva me eché hacia atrás,
lleno de un mal disimulado estupor, como si quisiera protegerme de algo.
Sencillamente, era inconcebible el estado de deterioro físico al que había
llegado.
Pitt, a sus treinta y ocho
años, aparecía con el rostro intensamente demacrado, hundidos los ojos, y con el escaso y blanco cabello
que aún le quedaba, dejando al descubierto su alargado y amarillento
cráneo, aparentando más, ser un señor de
sesenta que estuviese atravesando una grave enfermedad con delirio febril. El
debió notar mi sorpresa pues con voz muy débil dijo: - Si, este soy yo Walter,
esto es lo que queda de mí. A este paso pronto no quedará nada. - Hizo una
mueca que pretendió ser una sonrisa. Me tendió su gélida mano y la estreché con
inmenso cariño, pues en ese preciso instante comprendí que aquel desdichado ser
humano necesitaba de una gran ayuda para salir de aquel pozo donde se encontraba, estaba clarísimo,
que, si no abandonaba pronto aquella situación, su suerte estaba echada.
- Vamos Pitt, no seas pesimista. Le insistí - Nunca lo fuiste, pero ahora menos que nunca
debes serlo. Además aquí estoy yo para
recordártelo y para ayudarte, sabes que he venido para ayudarte.
- No esperaba menos de ti, siempre fuiste una buena persona Walter, ¡pero
buenísima de verdad! Dijo recalcando sus
palabras. - Lástima, nunca traté de
imitar tus excelentes cualidades humanas, en cambio si que me quedaba con todas
las estupideces y fantochadas que veía a mí alrededor, mi estúpida y volátil personalidad era ahí
donde abrevaba su ingenio.
- Quiero que me cuentes
detalladamente lo que te ocurre.- Le dije con mi mejor voluntad.
- Para eso he venido, para
escucharte y ver qué es lo que puedo hacer por ti. Cuenta conmigo, ten fe y
suelta todo eso que te corroe las
entrañas.
- Gracias Walter. Te lo contaré todo. Verás, hasta el nueve de Febrero
de este año, ¡pronto hará tres meses! Yo, era el calavera que siempre he sido.
¿No sé si lo sabrás?, ¡no, no..., Como ibas a saberlo...!, Pero en los últimos
años dilapidé una considerable fortuna en el juego y la bebida, casi toda la
herencia que mis padres me dejaron. Llegué a caer tan bajo, que incluso el
poquísimo dinero de unas pequeñas rentas que aún me quedan, también lo invertía
en mis vicios, pues éstos representaban todo en mi vida y es que fuera de la
degradación del juego y de la bebida, no conseguía siquiera dar dos pasos
seguidos por esa línea.
Pero como ya te dije anteriormente el nueve de Febrero todo cambió,
¡sí, todo cambio...oó! - Le temblaba la voz. - ¡Todooó... empeoroó, aún más,
con la desafortunada llegada de ésta odiosa carta:
Me entregó una larga hoja
de papel amarillenta, sucia, llena de dobleces y de arrugas.
- Espera.- Me dijo. - no la leas aún, deja que te explique quién me
manda esta carta y por qué, pero sentémonos, sentémonos aquí cerca del
fuego.- Dijo Pitt, ligeramente más
animado, al tiempo que servía dos copas de ginebra y ordenaba a Thomas que
preparase cena para mí, pues a él no le apetecía comer. Cuando se hubo sentado,
continuó...Te acuerdas Walter, tienes que acordarte, de un viejo de Londres, un
tal Henry Morton.- Negué con la cabeza y
él insistió. - ¡Sí hombre! Tienes que acordarte, acabábamos de llegar de la
India, de una campaña que duró cerca de dos años. Pues justamente a la llegada
conocí a la hija de Morton y como siempre me enrolé en una de mis frívolas
aventuras. Aventuras que siempre consistían en aprovecharme y satisfacer así mi
egoísmo, complacer mis apetencias carnales, pero sobre todo, para dejar patente
mi hombría y mis excelentes dotes para la seducción, - impresionando a los
amigos - siempre sin tener en cuenta los sentimientos de la otra persona,
persona que generalmente quedaba hundida en el más vil de los engaños y en el
más grande desamor. Pero esto a mi me traía sin cuidado por aquellos tiempos. -
Pitt hizo una pausa para tomar aliento y prosiguió su relato.- La joven, se
llamaba Helen y desde el principio creyó en mis apasionadas promesas de amor.
Mi cinismo no conocía límites, representaba mi gran papel de rendido amante, con una elaborada e
insospechada perfección. Lo tenía todo calculado, no resistiría a mi gran
seducción, a lo sumo un par de semanas bastarían para que la presa cediera a mis impulsos carnales.
Lo sabía y así fue, no era la primera vez que yo ejecutaba este plan. Me salió
redondo, pero al mes ya me cansé de aquella situación, pues de seguir adelante
se me iban a complicar las cosas. Yo no quería oír hablar de matrimonio, y
menos con una chica que no era de mi clase, ¡que vergüenza! ¡Qué intolerable!,
que incauta era la pobre Helen, pensar que un hombre de mi clase podría casarse
con una infeliz como ella. Helen estaba demasiado enamorada de mí y no me
sentía con fuerzas para continuar la comedia que cada vez se me hacía más
difícil de representar. Decidí no volver a verla y lo logré, fríamente, sin el
menor dolor de mi corazón. Con un desprecio total lo hice, me sentí aliviado de
un gran peso y preparado para volver a empezar de nuevo, con alguien a quién
aún no conocía, de alguien cuyo nombre no importaba. Ese era Yo por aquel
entonces, un ser perverso, egoísta y carente de piedad, insatisfecho a veces y
asqueado de mi mezquina y odiosa personalidad, la cual me privaba de cualquier
sentimiento hermoso que pudiera llenar mi vacío corazón.
- Pitt, continuaba con su apagada voz, adentrándose en la historia,
entonces le sugerí que descansara, que
ya terminaría de contármela al día
siguiente, a lo que él se opuso con rotundidad, parecía como si le quemase
dentro cada minuto, cada palabra que quedase sin salir.- Había transcurrido una
semana y ya ni me acordaba de aquella aventura pasada en cuestión, cuando
apareció el viejo. Un ser débil, pequeño y delgado, de piel amarillenta,
encogido e inseguro de sí mismo. Se presentó como el padre de Helen, y dijo
llamarse Henry Morton. Con suma humildad me planteó el asunto que le traía.
Helen estaba embarazada, Ella, se lo había confesado ese mismo día, le
explicó que yo era el padre de la
criatura y que me amaba con toda su alma, que su vida sin mí, ya no tenía
ningún sentido. - ¿ Por qué le mintió premeditadamente para luego abandonarla?,
¿ Por qué mister Pitt?, ¿ Por qué ha traído la ruina y la desgracia a mi casa,
a mi humilde casa mister Pitt?
- Señor Morton, ¡ no conozco a su hija!, ¡ Usted, debe estar loco!
- Le dije.
- ¡No mister Pitt!, déme otro
tipo de excusas, pero esa ¡no!, usted lo planeó todo. No es de caballero negar
la verdad para eludir las responsabilidades. A mí me consta que es usted y si
le ruego que afronte la realidad, no es solo por esa criatura que no tiene la
culpa de nada, es por ella, por Helen. Mi hija se me muere de tristeza y de
dolor, no alcanzo a comprender como se
puede amar a alguien como usted, pero ella le quiere, y yo de rodillas le pido
que acepte y que comparta ese amor que Helen siente por su persona.
- Es usted, ¡un estúpido! - Le repliqué. - Viene aquí para insultarme,
¿cómo se atreve?
¡Viejo insolente! A su hija no la conozco, pero... por lo que me
cuenta, debe de ser... una... cualquiera, para entregarse así al primero que se
presenta delante de ella.- Dije esto,
sin el menor escrúpulo, sabiendo con toda certeza que había sido el primero y
teniendo la absoluta seguridad de que ella, solo se me había entregado después
de mis acosos, al final de mis elaboradas sesiones de teatro de lágrima fácil.
¡Canalla, canalla! - sollozó el viejo, apretando fuertemente los puños
de pura impotencia.
En ese instante, vi al viejo como a un pequeño insecto. Sentí,
repugnancia de ver como se arrastraba por el suelo, sentí ira de su pequeñez,
de su fragilidad y unos deseos incontenibles de aplastarlo como a una
cucaracha. Y con la mayor brutalidad, lo hice. Lo golpeé salvajemente y cuando
hubo caído al suelo, lo pateé y cuando me cansé, lo levanté en vilo y lo arrojé
al centro de la calle. Recuerdo, que tú fuiste el único que me recriminó
aquella acción abominable y quién se encargó de ayudar al anciano y de llevarlo
hasta su casa.
- Si que me acuerdo, me acuerdo perfectamente. - Le dije. En aquella
ocasión te portaste como un auténtico villano, grotescamente malvado, no cabía
conducirse peor. Ayudé al viejo Morton a llegar a su casa y recuerdo que nos
abrió la puerta su hija, - yo no la conocía - era una joven alta, bonita,
aunque muy pálida y extremadamente delgada. El viejo me agradeció él haberle
ayudado, vi en sus ojos lágrimas de gratitud hacia mí, pero también las había
de una inmensa desdicha. Me despedí de él y desde entonces no he vuelto a verle
nunca más.
La Esfinge
de La Calavera
causa un gran terror
entre el vulgo, y al mismo tiempo, el tono triste del
lamento que profiere y esa imagen de la muerte que
muestra sobre su coselete.
(LA ESFINGE DE
LA CALAVERA ).
EDGAR ALLAN POE.
VI
Fue después de cenar y cuando ya me encontraba acostado en mi
habitación, cuando comencé a leer la carta que Pitt me había entregado. Aquel
papel arrugado y sucio, hacia el que sentía una ansiosa curiosidad, unos deseos
irrefrenables que me impedían conciliar el sueño sin haberlo leído antes.
Comenzaba de esta manera
aquella intrigante carta, que según Thomas debía estar maldita.
Londres,
2 de febrero 1.8...
Dirigida
a: Mister Pitt Anderson, de Lichfield.
Soy Henry Morton y quizá mi
nombre no te dice nada, pero a medida que vayas leyendo esta carta, no te
quedará más remedio que recordar. ¡Vaya que lo harás! ¡ Lo harás maldito!
¡Pagarás, pagarás! No me cabe duda de que pagarás y saldarás tú deuda con la
más horrible de las muertes. Tanto que desearás no haber nacido. Intentarás
escapar de tú insólito destino y no podrás, ni siquiera tu arrepentimiento te
salvará, buscarás una tabla a la que aferrarte y quizá la encuentres, pero será
inútil agarrarte a ella, no te servirá de nada. Ahora, el dueño de tu vida soy
Yo, y he decidido que mueras, que mueras y que sientas todo el horror y la
tragedia que va de la vida a tu propia muerte. Segundo a segundo, minuto a
minuto, hora a hora, día por día, inexorablemente e irremediablemente, desde este
preciso momento comienza tu fin.
Seguramente, es muy
probable, que cuando recibas esta carta, mis sufrimientos hayan terminado. Te
escribo desde mi lecho de muerte, pero nunca pensé que me marcharía tan
satisfecho de este mundo. Tengo en mis labios el dulce sabor de la venganza. He
aguardado muchos años, tantos, demasiados para mi quebrantada salud, pero al
fin lo conseguí y mi satisfacción no tiene limites.
El negro pájaro de la
muerte pronto batirá sus alas sobre tu cabeza. No encontrarás sitio donde
esconderte, sencillamente, porque no existe un sólo lugar en el mundo, donde
puedas eludir a tu destino. Un negro destino, que solo tú te lo buscaste,
lo elegiste y ahora no puedes renunciar
a él, no puedes porque es el tuyo y como tal está inscrito en el "
Libro De Los Muertos ".
Como te reíste de mí,
cuando de rodillas te supliqué que reparases el engaño, la canallada que le
hiciste a mi querida y pequeña Helen. Fue un miserable engaño. Ella te amaba,
creyó en tus falsas promesas y por eso se entregó a ti.
Era mi única hija, su
madre murió de unas malas fiebres, cuando Helen tenía solo cinco años. Se crió
bajo la protección de mi débil sombra; y la saqué adelante con un mísero sueldo
de escribiente, pasando inviernos fríos y días tristes. Pero lo que más me
duele, es la visión errónea del mundo que yo le inculqué, sí, le transmití mí
estúpida ingenuidad, sobre la justicia, sobre ¡ la bondad humana! ¡ Que memez,
Señor!, no la preparé para vivir en este mundo inhumano y cruel, porque lo que
yo creía verdad era solamente pura hipocresía.
Te supliqué, de rodillas
te supliqué, en aquella taberna entre borrachos. Pero no sólo no me escuchaste,
¡no! Tenías que dejar patente tu hombría, tu fuerza bruta en mi cuerpo débil,
al que después de golpear con saña, tiraste al barro de la calle, como el que
se desprende de un despojo inmundo. Uno de tus amigos sintió vergüenza, me
levantó del barro y me ayudó a llegar a casa. No volví a verle pero aquel gesto
lo engrandeció ante mis ojos y no he podido olvidarle.
Helen, mi hija amada, la
hija más buena y más dulce del mundo, era un ser indefenso como un cachorrillo,
en ella no había rastro de malicia. No supo encajar el engaño, no comprendió
nunca, que a su inmenso amor se le correspondiera con tal desprecio, con aquella
inhumana falsedad. De pronto no le interesó la vida y se fue marchando poco a
poco, cada día se alejaba más y más de este mundo, hasta que una mañana se
marchó definitivamente.
Me quedé solo, con mi
pena, con mi soledad y con una gran tristeza que no me abandonaba nunca. Un
nudo me oprimía las entrañas, como si mis tripas estuvieran fuertemente
entrelazadas. Sentía pena; por Helen y también la sentía por mí, y comencé a
odiarme por ser débil y cobarde. No recuerdo cuanto tiempo pasó porque éste
dejó de importarme, pero el odio llegó y cada día crecía más y más en mi
interior. Hasta que no logré controlarlo, sentía que mi pecho y que mi mente
iban a estallar. Pasó esta etapa de odio caliente e incontrolable a otra en la
que se convirtió en algo sórdido, razonado, frío como el hielo, donde la mente
trabajaba día y noche sin descanso, con un solo propósito, la venganza.
Necesitaba vengarme, era mi razón de vivir y quería hacerlo, no de una manera
vulgar, ¡no! (Tenía que ser algo especial), pegarte un tiro o darte unas
cuantas puñaladas, eso no estaría mal, pero demasiado sencillo, - cuántos
inocentes terminaban diariamente de esta forma vulgar- esa no era la muerte que
yo deseaba para ti. Yo quería que sintieras tu muerte antes de morir, que
murieras como he muerto yo durante estos largos años. Solo me ha mantenido vivo
el deseo de arrastrarte conmigo al infierno, pues es allí donde sin duda iré.
Ya no queda nada de aquel hombre bondadoso e ingenuo, mi alma está muerta, no
creo en nada, no siento nada, solamente el odio ocupa totalmente mi ser, no
cabe nada más.
Durante años busqué,
recorrí, indagué por todas las nuevas y viejas librerías de Londres. Tenía que
encontrar en los tratados de brujería o de magia negra alguna secreta llave que
me abriera las puertas a mí ansiada venganza. Ciertamente, encontré en algunos
de ellos, diferentes formas de terminar con la vida de una persona. Pero
tampoco acababan de convencerme estos métodos, aunque la mayoría estuvieran
sutilmente elaborados, no dejaban huella, y sin huella no había delito y sin
delito por lo tanto no existía el
crimen. La mayoría de estas formas de brujería dejan al sujeto medio idiotizado
antes de producirle la muerte, entrando éste en un estado catatónico e inconsciente
de su situación casi por completo.
Decepcionado, pues el tiempo pasaba y no encontraba el método perfecto, aquella
forma de muerte que yo había idealizado y que con tantísimo afán había buscado.
( El Libro de Los Muertos
), no sé si lo encontré por simple casualidad, lo cierto es que vino a mis
manos como si alguien lo hubiese dispuesto para que así fuera. Una mañana,
cuando iba camino de mi trabajo, pasó por delante de mí un viejo latonero con
su carro y ya se alejaba cuando alcancé a ver en medio de tantos cacharros de
latón una docena de libros viejos, de pronto tuve una especie de presentimiento
y le mandé parar. Los estuve ojeando, pero ninguno de ellos me interesó salvo
el último, un ejemplar grueso con las tapas verdes y cuyo título en borrosas
letras era (El Libro de Los Muertos).
Así de sencillo y por solo unas cuantas guineas me hice con aquella valiosa
joya. Era un libro antiquísimo, traducido del Arameo según decía al principio.
Lo leí con verdadera pasión y antes de llegar a la mitad ya tenía la clave,
ahora sabía como contactar con el mal. Esto me produjo un inmenso júbilo,
aunque también sabía que condenaba mi alma inmortal, no me importó, no dudé en
arrojarla en aquel infinito pozo de fuego del que jamás volverá a salir.
El maligno se sintió
orgulloso de su inmenso poder, de tenerme en sus manos, y de vencer una vez
más. El conocía ya mis íntimos deseos de venganza. Solamente tienes que
imaginar como quieres que sea y ésta se realizará, estoy en tu mente y en tu
alma para toda la eternidad, me dijo.
Por eso solamente me
quedaba darte a conocer el momento en que empezaría todo, ahí radica la parte
más sustanciosa de mi plan, la piedra angular de mi venganza, es: tu
destrucción mental y sicológica, porque la física siempre la he tenido
asegurada y por ese motivo te he escrito esta carta. Para que comprendas lo
insignificante que eres. Cuanto más te resistas a tu destino, mayor será tu
sufrimiento y tu dolor. Nada me queda por decir porque la muerte viaja en ésta
carta y esa muerte es la tuya.
Henry Morton.
-¡Miserables! – exclamé ¡No disimulen por más tiempo!
¡Lo confieso todo! ¡Arranquen esas tablas! ¡Aquí ,aquí!
VII
El contenido de la carta era inquietante de verdad.
¡Un loco! me dije, solo una mente enferma puede haber imaginado semejante
patraña, el pobre Señor Morton debe haber perdido la razón a causa de su vida
atormentada, y es, que no era para menos. Esa noche dormí bastante mal, no
paraba de darle vueltas al contenido de aquella carta descabellada y siniestra,
qué aunque ilógica, no por eso, o quizás por eso precisamente dejaba de sobresaltarme constantemente.
Al día siguiente, puse
todas mis energías en tratar de convencer a Pitt de lo estrambótica y de lo
absurda que resultaba aquella carta. Le expliqué, que sin duda alguna el pobre
Señor Morton estaba loco, loco de atar. ¿Y si no estuviese loco?, Pues
seguramente también la hubiese escrito, cualquiera en una situación semejante,
hubiera redactado esa estúpida carta
llena de absurdas amenazas, no con el propósito de terminar con la vida
de nadie, porque eso es inconcebible a todas luces, pero si con la justa y
premeditada intención de atormentar una conciencia.
Con éstos y otros
argumentos traté de convencer a mi amigo lo inverosímil que resultaba toda aquella historia y a fe que lo conseguí,
sí, lo logré, algo que sin duda ya parecía imposible. Pitt aparentaba contento,
yo diría, que incluso eufórico. Era innegable que mis observaciones y mi
presencia le habían devuelto una cierta tranquilidad y un aparente sosiego, ese
día; charlamos bastante e incluso el infeliz intentó comer un poco.
Pero aquella tranquilidad
no iba a durar mucho tiempo. Los acontecimientos se producirían a una velocidad
inusitada, encadenándose unos a otros de una forma que yo jamás hubiera
imaginado.
Al segundo día de encontrarme en casa de Pitt, ocurrió algo que yo me
atrevería a catalogar como un hecho
insólito, aunque para mí, fue un terrible presagio que se cernía sobre aquel
maldito edificio dentro de cuyas frías paredes me encontraba, pero sobre todo,
se me puso la carne de gallina al pensar que lo sucedido podría llegar a ser
una sentencia de muerte para mi amigo.
El hecho ocurrió al
atardecer, hacía largo rato que habíamos tomado el té, y nos hallábamos en el
amplio salón, de cuyas plomizas paredes colgaban cuadros con escenas de la caza
del zorro.
Contaba el salón con dos amplios ventanales, adornados éstos con sus
respectivos cortinajes, en unos colores cobrizos que aún acentuaban más el paso
del tiempo, y el abandono y la dejadez en que se hallaban. Por una de éstas
ventanas que se encontraba totalmente abierta
entraba un soplo de aire fresco, - y se agradecía - pues dentro de aquel
caserón el ambiente era tan denso y tan húmedo, que producía gran malestar y
embotamiento. Desde el lugar donde me encontraba sentado, podía ver en la
penumbra de la tarde - casi noche ya - como se recortaba en el espacio la
oscura, siniestra y poco amable figura de aquel árbol seco, situado enfrente mismo
de aquella ventana, justo al otro lado de la calle.
Pitt hacía horas que se
paseaba de manera nerviosa a lo largo del salón, ensimismado en sus ideas y
temores como un lunático. Volvía a ser y a tener el mismo comportamiento
anterior a mi llegada, un aspecto sombrío, el rostro serio y seco, del que
solamente resaltaban unos ojos febriles con la mirada perdida, ausente de aquel
salón, por no decir de este mundo. Levanté la vista de unos papeles que andaba
ojeando, simplemente para matar el tedio de largas horas sin nada que hacer,
ocupado solamente en la contemplación de un cuerpo y un alma que se hundían irremediablemente en
el abismo. De pronto vi con sorpresa, como emergía del interior del árbol seco
una sombra negra que se desplazaba con lento y pesado aleteo en dirección a la
casa. Se fue aproximando hasta que entró por la ventana con las alas totalmente
extendidas. Era un ave de proporciones formidables y al pasar por encima de mi
cabeza un aire nauseabundo me golpeó la cara. Quedé tan sorprendido que al
contemplar su plumaje totalmente oscuro solo alcancé a decir: - ¡ Dios mío, es
un cuervo!, ¿No puede ser? ¿Un cuervo?
Siguió el cuervo su vuelo hacia el fondo
de la sala, donde Pitt, se había detenido a unos pasos de la pared. El
inquietante volátil comenzó a describir círculos, revoloteando alrededor y por
encima de la flaca y maltrecha figura de mi amigo, quién miraba al extraño
pájaro con ojos desorbitados y seguía su
vuelo girando también él su cuerpo. Y así estuvo unos minutos, no sé
cuántos, hasta que al fin batiendo lentamente las alas atravesó de nuevo la
estancia, saliendo por la ventana para
volver a internarse en el árbol y en la oscuridad de la que poquísimo antes
había salido. Pitt quedó como petrificado, con ojos de un demente miraba el
gran espejo. Aquel espejo recargado de adornos barrocos, que había al fondo del
salón. Yo dudaba en acercarme en ese momento o dejarlo para cuando se
encontrase más sereno, aunque hablar de serenidad respecto a mi amigo resultaba
algo irónico a estas alturas, pues el desdichado no encontraba ya ni un minuto
de sosiego. Ante el espejo, Pitt continuaba con aquella observación enfermiza, como si de pronto
hubiese descubierto algo nuevo en su cara, en toda su persona, algo que
solamente pueden ver los locos o los que tienen capacidad para observar más
allá de este cuerpo y de esta vida. Lo anteriormente ocurrido con el cuervo,
para él ya quedaba aparentemente olvidado. Para Pitt solo existía aquel maldito
espejo, aquel espejo de adornos recargados en el marco, un espejo sin duda
normal, bastante simple, como el de tantas familias burguesas. Yo no
comprendía, ¿ por qué aquel olor nauseabundo continuaba en aumento?, ¿ por qué
aquel olor a carne podrida llenaba por
completo aquella estancia?. Pitt seguía hipnotizado frente al espejo, llevaba
largo rato frente a él, todo el tiempo se había mantenido rígido, pero de
pronto crispó las manos, como si tratara de atrapar algo con sus huesudos dedos
y lanzó una estridente carcajada, una risa que más semejaba el agudo graznido
de un ave inmunda. A esta risa, le siguieron una serie de sonidos guturales, y
palabras sueltas e incoherentes, que yo desde el sitio donde estaba no
alcanzaba a entender, ni a descifrar. Decididamente me levanté y me acerqué a
él, sobrecogiéndome una vez más con otra horrible carcajada. Y entonces
alargando su temblorosa y esquelética mano me señaló el maldito espejo. - ¿Lo ves?
¿Lo ves ahora? - Me dijo alterado, y fuera de sí.
- No veo nada, solo mi imagen reflejada en él.- Contesté- Y él ya iracundo y sin poderse
contener dijo. - ¡Hipócrita!, ¡Imbécil!, ¿No comprendes o no quieres
comprender?
Y entonces, como si
hubieran arrancado una venda de mis ojos, en un segundo, lo vi todo, lo
comprendí todo. Preso del pánico, retrocedí sobre mis pasos, mis piernas ya no
eran capaces de sostenerme en pié y caí al suelo. Sentí unas terribles ganas de
vomitar y vomité, largué el miedo en forma de una espesa flema amarilla y solo
entonces volví a la realidad. Efectivamente, no había duda, Pitt y yo los dos frente
al espejo, pero por inconcebible que parezca, solo mi imagen se veía reflejada
en él. Irreal sí, lo confieso, pero cierto, el espejo no devolvía la imagen de
Pitt, era como si él ya no existiera y sin embargo allí continuaba frente al
espejo, con una mueca horrible en su rostro y pronunciando frases incoherentes.
VIII
Entre Thomas y yo
llevamos a Pitt a su habitación y le metimos en la cama, pero aún allí
continuaba señalando con sus huesudos dedos hacia el techo y repitiendo
palabras sueltas y sin ningún sentido. Mientras, Nerón, su perro, sentado en
sus cuartos traseros le observaba, sin entender para nada el comportamiento de
su dueño. El pobre animal, miraba a Pitt y luego se volvía hacia a nosotros
como pidiéndonos una explicación. Daba lástima y dolor contemplar como el
can gruñía de pura impotencia, y ver de
que manera más angustiosa se revolvía continuamente sin moverse del sitio. De
vez en cuando, Nerón levantaba el hocico hacia el techo y lanzaba un aullido
aterrador, como suelen hacer sus parientes los lobos en las noches de luna.
Aquel terrible mal olor
continuaba en aumento. Un insoportable olor a carne putrefacta inundaba el
interior de la casa y una atmósfera densa se extendía por toda ella. Estábamos
atrapados en el interior de una extraña niebla de color amarillo verdosa, tan
espesa que impedía la visión a más de dos metros, y que formaba fantasmagóricas
aureolas de color rojizo alrededor de las mortecinas luces de los candelabros.
Toda
la casa olía mal, pero la habitación de Pitt era el ojo del huracán y sobre
todo su propio cuerpo, pues allí era donde se originaba. Thomas y yo no
encontramos otra forma mejor para poder permanecer al lado de Pitt, que
ponernos unos pañuelos que nos tapaban la nariz y la boca, como si fuesen una especie
de pasamontañas, para tratar de atenuar el asfixiante y tremendo olor a carne
podrida que lo llenaba absolutamente
todo.
Pitt entró en una especie de sopor, en
un sueño inquieto, alterado éste quizá por la pesadilla. Un sueño doliente, de
sudor angustioso, en las antípodas del plácido y reparador descanso.
Hacía
largo rato, que yo, había creído oír unos pequeños ruidos, unos crujidos leves,
casi inaudibles, que parecían venir de alguna parte del suelo; ¿O provenían, de
las paredes? Quizá de las puertas... si, seguramente, era el viento que soplaba
sobre las puertas y ventanas. Pero no, ni remotamente, se asemejaban estos
sonidos a los que emite el viento. El viento silba contra los árboles y aúlla
en las chimeneas y en los tejados. No, no era el viento, ¡para qué engañarse!,
El aire en movimiento no produce, sonidos sordos y profundos. Tampoco aquel
ruido estaba generado por la inquietud, ni era consecuencia de mi propio miedo.
No, no era producto de mi genuina y acelerada imaginación, no era el sonido creado por un alma atormentada y
sometida por el terror. Era, el sórdido y desesperante ruido que se produce,
cuando a la vez trabajan, millones de gusanos de la carcoma. Semejante a un
ejercito cuidadosamente entrenado y con una disciplina férrea; juntos, los
gusanos, participaban en una incesante labor, y como si de uno solo se tratara,
devoraban de forma imparable toda la madera de la casa. Nerón, el perro de mi
amigo, abandonó a bruscamente, la vigilia que hacía a su dueño y salió
corriendo, abandonando la casa con el rabo entre las patas, lanzando medrosos y
lacerantes aullidos.
Una ráfaga de
viento abrió las ventanas de golpe y las cortinas dieron fuertes latigazos
en las paredes y en los muebles y hasta
las viejas colgaduras que rodeaban la cama de Pitt, se agitaron, y el enfermo
abrió los ojos. Y aquellos ojos, quedaron fijos, mirando a la calle, que en ese
momento estaba iluminada por la insignificante porción de una Luna en Cuarto
Menguante.
-¿Que ruido es
ese? –Preguntó Pitt, sin volverse a mirarnos.
- ¡Nada,
nada... seguramente, es... el viento en la chimenea. –le contesté quitándole
importancia al asunto, disimulando el horror que dicha pregunta me producía.
-¡Es la muerte... que se acerca! –Dijo Pitt con sorprendente
serenidad. –Solamente os pido que no seáis hipócritas conmigo. ¿Es que
pensáis... que he dejado de ver y de oír? ¿Creéis acaso, tal vez, que por estar
muriendo, eso implica que por fuerza tenga que volverme idiota? Llevo bastante
tiempo, escuchando impasible, viendo impotente como la carcoma devora por
entero mi casa. ¡Es que no veis las llagas que cubren mi cuerpo! –al decir
éstas últimas palabras, apartó las ropas que le cubrían y dejó al descubierto
el saco de huesos en que se había convertido su cuerpo. Un cuerpo, absolutamente
empedrado de rojas y purulentas llagas- ¡Mirad bien, Miradlas bien... son mis
llagas! ¡Es mi podredumbre! ¡En cada una de ellas trabajan millares de gusanos,
horadando en mi carne, cada vez más profundo! ¡Se comen mi cuerpo, lentamente
lo devoran! ¿Mentirosos, por eso, os tapáis la cara como fantasmas? ¡Porque no
soportáis, el hedor que desprende la descomposición de mi cuerpo... ni yo...
tampoco! Ya no me importa morir. Es primordial, es necesario que no permanezca
un solo vestigio de mi cuerpo. Que no quede ni una sola huella de lo que ha
sido mi absurda existencia.
- Pitt... hablas... con tanta frialdad. –Dije titubeando un poco; a lo
que él contestó:
-¡Ya no me queda tiempo para andar con dobleces, ni fingimientos, ni
retóricas absurdas! ¡Walter...,
abre el segundo cajón que hay en aquel armario! ¡Dentro hay una pistola y...,
Entrégamela! ¡Esto see... termina!.
Thomas, rápidamente debes...
–Aquí, a Pitt ya le faltaba un poco el aire-
debes poner... vuestros equipajes en el coche y preparar los caballos,
pues, debéis partir inmediatamente. En cuanto mi corazón haya dejado de latir,
os pondréis en camino; ¿quién sabe? ; hasta... podrían culparos de mi
muerte. ¡No temas..., Walter, hace días
que la tengo cargada, solo entrégamela!
- ¡Thomas has lo que te ordena! –le dije al criado y éste salió casi
corriendo a ejecutar la orden.
- ¿Amigo..., es tu última voluntad? –le pregunté a Pitt mirándole
directamente a los ojos y éste con gratitud se apresuró a contestar:
- ¡Si Walter, sabía que lo entenderías! –y mientras hablaba el
moribundo se incorporó en el lecho y mirando fijamente a la calle con una
incomprensible alegría dijo:
- ¡Ya viene..., acaba de pasar, no tardará en llegar! ¡Devuelve esa
pistola al cajón..., no,no manches tu conciencia con un estúpido crimen! –en
ese momento sonó un tremendo portazo y Pitt con cara de júbilo inmenso –como si
todo se hubiese resuelto en ese instante-
me dijo:
- ¡Ya no es necesario..., porque ya viene, mírala... es una elegante
señora! ¡Ahora..., justo, en este preciso momento acaba de entrar! ¡Es una es una dama que viste de blanco! ¡Viene,
seguro que viene para llevarme con ella!
Por supuesto, que Pitt
deliraba. Nadie, lo hubiera puesto en duda; quién se arriesgaría a creer
las palabras de un enfermo, de un moribundo en su lecho de muerte. Las palabras
de mi amigo, eran eso y nada más, pero yo, al oírlas y después de todo lo visto
y escuchado, a pesar de todo me estremecí. Dejé la pistola que había tomado en
mis manos otra vez en el cajón del cual la había sacado y respiré. Paralizado,
permanecí mirando a la puerta y Pitt a su vez también hacía lo mismo. La puerta
de la habitación que permanecía cerrada de pronto se abrió y por ella entró una
ráfaga de aire. Un aire frío y pestilente. Nauseabundo hasta nublar los
sentidos y helado, helado como un presagio de muerte.
IX
-¡Es ella, es ella! ¡Viene a sentarse frente a mí! ¡No puedo ver su
cara... no lo consigo, no lo consigo! ¡Tan importante y no tiene cara, ja, ja,
ja! ¡Y no tiene cara, la señora, ja, ja, ja, no tiene cara! –Decía Pitt con voz
delirante, sonora y ahuecada.
Yo me mantenía en pié y con el rostro cubierto por aquella especie de
mordaza, para poder soportar la tremenda fetidez de aquel ambiente. El techo de
la casa crujía, y toda la obra amenazaba con desplomarse de un momento a otro.
Toda la casa retemblaba, vibraba como el agua cuando entra en ebullición. El
pobre loco seguía diciendo desatinos y yo estaba allí, quieto, sin poderme
mover, paralizado por el miedo y como un sonámbulo, sin saber, si era real todo aquello o, acaso caminaba yo por el
reino de los sueños.
De pronto, sucedió algo inexplicable, algo increíble para una mente
humana. La silla que hasta ese momento había estado a los pies de la cama de
Pitt, se desplazó por el aire como si una mano invisible se hubiese apoderado
de ella y fue a tomar suelo junto a la cabecera del enfermo, y éste,
contemplando la maniobra, pero sin extrañarse, dijo de nuevo:
- ¡Aquí la tienes! ¡Se sienta junto a mí... pero, pero no puedo
distinguir su cara!
Mi amigo debía haberme contagiado su locura. Yo, debía escapar de
allí. Tenía que correr. Tenía que huir, ahora, o tal vez ya nunca lograría
hacerlo. Yo retrocedía sobre mis pasos lentamente hacia la puerta. El piso y
las paredes crujían y temblaban como si estuviesen siendo sacudidas por un
terremoto de gran intensidad.
X
¡Me tiran de los pies! –Gritó el desdichado, mientras luchaba por
zafarse de aquellas invisibles manos que trataban de llevárselo. Y en un último
esfuerzo, salido quizá de lo más recóndito de su alma, el enfermo atrapó en sus
manos las cortinas que rodeaban su lecho y con un gesto colérico, casi
diabólico; tiró de ellas y todo el montón de colgaduras se vino abajo
estrepitosamente y en medio de todo, el grito desgarrador de mi amigo Pitt. Si,
fue su último grito, fue un grito de muerte, pero a la vez de triunfo. La
serenidad y la dulzura reflejadas en su rostro no dejaban lugar a dudas de que
la paz le alcanzó en el último segundo. Sucedió, pues, que junto con los cortinajes
y colgaduras también se desplomó un pesado crucifijo de plata que colgaba de su
cabecera, el cual, como una brillante estaca atravesó el esternón de Pitt
dejándole clavado a la cama y produciéndole la muerte de inmediato. Huí de la
habitación rodeado por el humo, pues, al caer las cortinas sobre las llamas de
los candelabros, estas comenzaron a arder y el fuego se extendió rápidamente a
la cama y a los muebles.
En la calle, Thomas ya me
estaba esperando, angustiosamente, hasta que me vio abandonar la casa. Las
llamas ya alcanzaban todo el entramado de maderas que cubrían el techo y el
fuego crepitaba con enorme violencia, como si de una vez este quisiera
convertir en cenizas todo el horror y el misterio que albergaron al vetusto
edificio y a su desgraciado y extraño propietario. Nos alejamos prudentemente
hasta el final de la calle, ahora iluminada por el fuego y allí nos detuvimos.
Vimos derrumbarse los viejos muros de la casa, precipitándose dentro del rojo
torbellino de fuego. Y en ese preciso momento sentí un inmenso alivio,
semejante a la paz que experimenta aquel que por fin da a conocer su crimen.
Thomas lloraba desconsoladamente por su amo, sentado en el pescante. Los
caballos se revolvían bastante nerviosos, por lo cual ordené al criado a partir
de inmediato. Desde la ventanilla del coche le dirigí una última mirada al
viejo árbol seco. Aquel que se levantaba
frente a la casa en llamas, justo al otro lado de la calle y curioso, a la luz
del incendio dejó de parecerme inquietante y tenebroso. Y hasta sentí un poco
de lástima por él, cuando contemplé, como aquel extraño y enigmático pájaro que
pernoctaba en sus ramas lo abandonaba. Seguramente que lo hacía para siempre;
pues lentamente, sobrevoló la casa derruida y en llamas y su silueta en dirección
al Norte, se fue difuminando poco a poco en las tinieblas. Mientras nos
alejábamos de allí, caí en la cuenta de que no apareció en nuestra ayuda ningún
vecino y de que ahora tenía que hacerme cargo de un criado que iba llorando en
el pescante y de un enorme San Bernardo que viajaba echado a mis pies, porque
los dos se habían quedado huérfanos.
XI
Cierto día, aún no sé, por que extraña razón, me encontré de pronto,
en el interior de una pequeña y oscura
biblioteca, que era usada, casi exclusivamente, por grupos de estudiantes
pobres. Estaba situada, en uno de los barrios más humildes de la ciudad. Al
parecer, ésta biblioteca se surtía, de las donaciones anónimas de libros, que a
menudo solían hacer gentes pequeñas y modestas que sentían el generoso impulso
de ser solidarias con sus conciudadanos. Repito, que no sabía por que motivo
estaba allí, pues en la calle aún no hacía frío y se estaba agradable. Si, eran
los dichosos libros. Siempre fueron mi debilidad y sobre todo, los más viejos y
manoseados, esos eran, sin duda mi vicio, mi verdadera pasión.
Mi vista cayó, sobre un grueso ejemplar que se encontraba en
la octava estantería. Y es que inmediatamente, al verlo, se me vino a la
memoria, un libro, con las tapas verdes como éste –el cual no llegué a ver-
solamente oí su descripción hace algunos años. Pedí, que por favor, me lo
bajasen. Y cuando lo tuve en mis manos, sentí, la sensación plena, de algo
propio, de algo conocido y familiar. Hasta su titulo parecía no resultarme del
todo, ajeno... “El libro, de los Perfectos Maestros”. El mencionado ejemplar,
era un libro bastante voluminoso; y en él se trataba a fondo de las más
diversas profesiones y oficios. Lo ojee despacio y sin duda me pareció
interesante, sobre todo, para ese tipo de gentes curiosas siempre ávidas de
conocer y aprender; así como, también, para aquellos jóvenes que no viesen
totalmente claro, lo que hacer, o que camino tomar en su inmediato futuro.
Me senté al fondo de la estancia y a la escuálida luz, que penetraba a
través de un alto ventanuco, lo miré largamente, de adelante hacia atrás y al
revés hasta que retorné a la segunda página. En la parte superior de ésta
página, por encima del titulo del libro, se encontraba escrita en diagonal, con
caracteres claros y de trazo sumamente delicado, sin duda femenino; una
dedicatoria simple y escueta, en la que decía: “Con todo mi amor, a mi querido
padre, por ser el mejor padre del mundo” y firmaba debajo: Hellen Morton. Leí
una y otra vez aquella entrañable nota y allí, en medio de la suave penumbra
lloré. Lloré, lloré porque un recuerdo muy lejano me oprimió el corazón. Lloré
por los muertos; lloré por el destino. Lloré, porque no entendía; lloré por
todo y por nada. Compré el libro y aún lo conservo y todavía me aflijo cuando lo contemplo. Porque
no sé aún, los misteriosos, los ocultos procesos, por los cuales, las cosas
ocurren y me siento impotente; porque no sé quién las decide, ni cuando ni como
se determinan; y ahora estoy seguro, de que eso, jamás lo sabré.
XII
Jamás pensé, que se me ocurriría semejante cosa. Pero somos los
humanos flexibles, maleables y cambiantes más que el camaleón. Por este motivo,
yo les aconsejo que se olviden lo antes posible de este relato. Tengo sobradas
razones que avalarían mi consejo. Por eso me limitaré a exponeros algunas de
ellas; aunque dejando muy claro que no todos los humanos responderían de igual
manera a estímulos similares. El que yo sea terriblemente maniático, hasta el
punto de tomar hábitos como: - el hacer estallar continuamente, las falanges de
los dedos mis manos o rascarme la cabeza o la barba- no creo, que la
observación de estas pequeñas convulsiones, nos llevara directamente a pensar,
que mi personalidad se pudiera encontrar psicológicamente en franco
desequilibrio. No es bueno, no es sano centrarse demasiado en las cosas que nos
afectan en profundidad; pues nuestra sensibilidad se va dañando de manera sorda
y callada y sin apenas darnos cuenta nos hallaríamos frente a un serio
problema, ante un enrevesado asunto de complicada solución.
Mientras me ocupaba de ordenar este relato, para poder exponerlo
claramente a la luz de otras miradas, vi, como, lentamente, la tranquilidad me
fue dando la espalda. Primero surgió, un ligero nerviosismo, una,
insignificante intranquilidad pendular –ahora sí, ahora no. Luego comenzaría la
inquietud permanente y una increíble manía persecutoria de la que no he podido
desprenderme aún y la cual me hace sufrir constantemente y me mantiene en un
estado de continuo sobresalto e incapaz conseguir la calma y el sosiego que en mí
eran habituales.
No quiero considerarme enfermo, ni tampoco pienso que lo esté; aunque
no se como denominar el hecho de confundir la realidad o si se quiere, aún más
exacto –un peligroso trenzamiento entre la realidad y la fantasía. Oigo
supuestas voces; y por tal motivo me encuentro constantemente a la escucha como
si en ello me fuera la vida. Las mencionadas voces me hacen preguntas a las que
yo procuro dar satisfactorias respuestas; pues si no lo hago aumenta en gran
medida mi insatisfacción y mi desasosiego. En ese momento preciso, no me paro a
discernir de donde vienen esas preguntas y esa serie de voces que me acosan y
que a veces me impiden descansar. Pero, también, me aterra, que en ese momento
culminante en que se me pregunta y en el que yo contesto; pudiera yo darme
perfecta cuenta aún en mi enajenación mental; que todo está urdido y trenzado a
la perfección y, ensamblado de odiosa manera en lo más profundo de mi cabeza. Y
lo mismo que me sucede con las voces, me ocurre con formas y siluetas que mi
desbocada imaginación cree ver por rincones oscuros y sitios cubiertos de
penumbra. Lo verdaderamente lamentable, es, que estas actitudes se contagian de
forma mimética a las personas que se mueven a nuestro alrededor. Sin duda mi
pobre esposa ya ha sido alcanzada de lleno por la densa aureola que me
circunda, y por él circulo maléfico que contamina todo lo que toca, atrapándolo
en su interior. Aunque ella piensa que no lo sé, yo lo he visto, con mis
propios ojos lo he visto, y ello, me aterra profundamente y quizá por ello he
vuelto de nuevo a tener momentos más prolongados de lucidez completa. Desde
hace algún tiempo, la infeliz, duerme, con una pistola cargada dentro de la
mesa de noche, con el peligro que eso implica. Ella es una verdadera experta en
el fingimiento y el disimulo; por eso, me da a entender que no le afecta el
desagradable asunto que nos envuelve. ¿Y entonces..., para que quiere un arma
de fuego? Las armas de fuego son un peligro, un terrible peligro, aún mayor,
que el considerable número de alucinaciones que me veo obligado a soportar.
Esto me ha llevado, a estar, continuamente engrasando los pestillos y las
bisagras de las puertas interiores de mi casa; por si se les ocurriera entrar
no vayan a hacer ruido y si ella se despierta “la que se podría formar”.
Además, de que siempre que me despierto en mitad de la noche, me sobresalto, se
produce en mi una aguda agitación nerviosa y luego tengo que hacer esfuerzos
terribles para volver a conciliar el sueño.
XIII
El hombre caminaba con paso indeciso. Como si no
tuviese en su mente un sitio al que dirigir sus pasos. Sus piernas le conducían
directamente hacia ninguna parte; y eso se notaba a leguas de distancia.
Contemplaba, como la enjuta sombra de su propio cuerpo, se proyectaba en las
vidrieras de los escaparates de la noche. Y miraba indolente, a ésta, moverse a
su paso. Llegó a la esquina y allí se detuvo. Sonaron, los cauchos de un
automóvil, producto de una violenta frenada. El furgón se paró en seco. El
hombre los vio descender y se mantuvo tranquilo.
Cuatro brazos robustos hicieron presa en sus muñecas y golpearon su
espalda violentamente contra la pared. Mientras dos barrigas fofas y grasientas
le oprimieron contra el muro.
- ¡Es él! –dijo uno de los celadores y continuó: ¡Este, es, el que se
hace llamar Funesto!
- ¿Es necesaria..., tanta violencia? –preguntó el hombre, sin oponer
resistencia alguna.
- Es que..., contigo, –dijo intentando contestarle uno de los dos
celadores- nunca se sabe, como te da,
por escribir esas..., tonterías.
- ¿Es necesario que me humilléis así, sin ningún tipo de piedad?
–preguntó el hombre y contestándose el mismo a su vez, dijo:
- Resulta innecesario que empleéis la fuerza o el poder que os da la
humillación; pues ciertamente que estaba deseando y hasta rezando para que me
encontrarais. Este mundo de afuera, es muy hostil para mí. Por eso, quería
retornar de nuevo al centro. Allí con mis camaradas me encuentro más seguro.
Hace tanto tiempo que estoy en el centro, que ya no me recordaba del lejano día
en que llegué a él. Ni me acordaba, ni me acuerdo ahora, de nada de lo
que quedó detrás de aquel día; ni sé, si me trajeron o llegué por mi propio pié.
Pensé que saliendo a la calle tal vez recordaría a mi familia, en el caso supuesto,
de que algún día hubiera llegado a tenerla. Pero no fue así. Yo, no recuerdo a
nada ni a nadie y tampoco nadie se acuerda de mí, y la gente, me esquiva,
mirándome con extrañeza y temor.
- ¿Que piensan ustedes de todo esto? –preguntó una vez más a los
celadores, mientras le introducían en el furgón.
- No nos pagan, por pensar. –Contestó uno de los celadores, con una
arrogancia insultante, grosera y casi estúpida-
Para eso están nuestros superiores; que se molesten ellos, esa es su
misión.
El hombre miró a la cara del funcionario con tranquilidad y sin el
menor resentimiento, comprensivo y casi con humildad le dijo:
- Les comprendo a ustedes. Me conocen y les conozco desde hace años,
muchos años. Vuestra vida, lo sé, es monótona, rutinaria y agobiante al máximo.
Tratar y cuidar de los internos debe de ser no, seguro que es, bastante penoso
y puede poner en tensión y desequilibrar al más fuerte. Inteligentemente,
ustedes previenen esas debilidades, esas flaquezas, cubriéndose con una
impenetrable y fría coraza de acero; y no les culpo por ello. Os miro, como a
una parte de mi familia. Recuerdo cuando alguno de ustedes comenzó su primer
día de trabajo en el centro; por esa razón me pregunto: ¿Cómo es posible, que
hayáis perdido de esta forma, hasta el menor gesto, hasta la más pequeña
partícula de humanidad? ; A veces, una sola palabra, un solo gesto, puede
perder o salvar a un hombre para siempre.
- ¿Qué te parece? –dijo uno de los celadores mirando a su compañero y
luego continuó:
- ¡Cállate ya..., Funesto! ¡Tu problema..., es, que piensas demasiado!
¡Por eso estas así, por pensar! ¡No pienses tanto..., hombre, y seguramente te
irá mejor!
El hombre dijo una frase entre dientes; pero sus palabras no fueron
oídas, ni interesaron en absoluto; ni se molestó tampoco en repetir.
XIV
Funesto levantó los ojos
y éstos traspasaron con la mirada el cristal posterior de la furgoneta. Leyó un
gran cartel que iban dejando detrás y al hacerlo se estremeció: “VEN A VIVIR Y
DISFRUTAR, DEL GRAN AROMA, Y DEL INSUPERABLE
SABOR, QUE SOLO ENCONTRARÁS EN EL
MEJOR... EN ÉL AUTENTICO CIGARRILLO AMERICANO.” Decía esto, como podía haber
dicho otra cosa. Le aterraban los pensamientos que se le acababan de cruzar por
la mente: “Me da miedo, que autores de carteles como esos puedan un día, llegar a ser internados.” Eran
gente a la que detestaba. Pero..., no-solo eran, esos. Sino todos..., todos los
que en el mundo se dedicaban a vivir del engaño, del sufrimiento ajeno; y a
enriquecerse sin sentido; con glotonería, con suciedad, usura y sin piedad, sin
contemplar finalmente un horizonte limpio. Sin tener una sola idea, que no
rezumara egoísmo puro y descarnado. No, la vida alguien dijo que era un sueño,
pero yo afirmo – se dijo Funesto para sí – que es, solamente, una mentira.
Si, jamás, se nos ocurrió, levantarnos en mitad de
la noche, con el solo propósito de
contemplar la Luna ;
¿Cómo podremos estar seguros, de que ésta, no nos hubiera enamorado? ¿Por qué,
nos afanamos, en describir; en medir y en sublimar la intensidad de la luz y la
gama de colores; sin haber permanecido jamás en las tinieblas? Si nunca caímos,
en la terrible ciénaga de la demencia;
¿porque nos permitimos, hablar, con tanta rotundidad a cerca de la locura?
Este mundo, para algunos, sin duda, resulta claro y
hasta comprensible; y es que según los diferentes puntos de vista y según las
sensibilidades, se percibirán las cosas y se tendrá una u otra idea del mundo
en que habitamos. En cuanto a mi, debo ser un pesimista o tal ves simplemente,
un hombre sensible e informado. Pero lo cierto es, que por más que miro no
alcanzo a ver el fiel de la balanza. Y como ya les dije al principio, decidí
llamarme: Funesto y aunque me temo que quizá, no encontraréis una razón para
ello; yo, simplemente os digo, que en mi persona a veces, la sinrazón puede
llegar a ser, mi razón principal. Decidí adoptar ese nombre: ¿Cómo bandera
quizá o como simple provocación? Os aseguro que no lo sé. Solamente estoy
seguro de una sola cosa; que no concebiría
llamarme de ninguna otra manera.
* Nota. A.
Los editores de este
relato: recibimos hace algún tiempo, una cuarentena de hojas manuscritas; las
cuales nos hemos limitado a transcribir en letra impresa. No nos hacemos
responsables en absoluto de nada, de cuanto en estas páginas se dice.

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