LOBO BLANCO (Relato)
LOBO BLANCO
(Relato)
Ese
año, desde los mismos inicios de la primavera, el sol, inesperadamente, había
calentado tanto, que en solo dos o tres días el campamento se convirtió en un
enorme lodazal. La nieve acumulada y el hielo se desintegraban. Solo la confortable
tienda de Atamík “El Terco” jefe de los Hunos, se libraba de la tal inundación
al estar situada ésta en un plano ligeramente superior al de las miserables
chozas de sus capitanes y a las del resto de su ejército. El hielo y la nieve,
que hasta entonces les había servido de parapeto y de abrigo, ahora se volvía
contra ellos. Los caballos piafaron
nerviosos durante toda la noche, doliéndose, con los cascos reblandecidos por
el fango. Una cojera incipiente amenazaba a una gran parte de la caballería. El
campamento era insostenible, se había convertido en una ciénaga infestada de
mosquitos. También los hombres se hallaban inquietos. Esa inquietud ya era
imposible de disimular por más tiempo. Deseaban galopar. Anhelaban tomar la
lanza, el lazo, la espada o el gran arco, reforzado con cuernas de venado y,
galopar… Ellos eran jinetes, nómadas, y su vida consistía en galopar: cabalgar
las estepas, vivir, soñar, dormir, luchar, morir sobre el caballo…Hacer temblar…,
retemblar la pradera toda, como en una especie de terremoto sobrevenido, de
caballos, desatado sobre la alta y cimbreante hierba, que perfuma, que ahoga,
que centellea y que lanza reflejos agudos y, lívidos, hacia el espacio,
mientras es removida y agitada por la brisa incesante.
Esa
mañana, Atamík se levantó con la cabeza embotada. La noche anterior había
dormido mal. Una suerte de sueños encadenados le habían mantenido en una
especie de sopor, plagado de seres deformes e imposibles, surgidos como sombras,
de lo más oculto, de lo más hondo, allí donde guarda sus secretos el vientre
insondable y rugiente de la tierra. Luchó por mantener la atención. Luchó por
escucharles, pero no se hallaba del todo seguro de haberlo conseguido. Aunque,
eso si, le habían dejado un terrible desasosiego en el cuerpo y algunos
mensajes que no acertaba a descifrar ni a comprender. Se tomó de golpe, un
cuenco lleno, de leche áspera y ácida de yegua, eructó sonoramente, y acto
seguido mandó llamar al chamán. Este se presentó de inmediato ante él cargado
con un gran saco lleno de múltiples fetiches y de diferentes abalorios,
representantes cada uno de ellos de las más terribles y enigmáticas deidades,
de seres tenebrosos, jamás vistos por ojos humanos y, hasta de los mismos
miasmas, que poblaban las agallas de las profundidades del subsuelo.
-
¡OH! Gran Atamík… ¡OH! Gran rey… ¿Qué deseas de tu siervo? Dijo el
hechicero – un hombrecillo bajo, con las piernas arqueadas hasta el extremo,
bigote ralo, rostro ancho, y una mirada lúcida, inquietante y hasta maligna,
que emanaba en destellos de sus pequeños ojos de lagarto – postrándose en
actitud sumisa y suplicante a los pies
de Atamík, rey de los Hunos.
-
¡Buen Talot, gran sabio, mi maestro! Déjame – comenzó el rey – que te cuente… ¡OH
gran chamán! Los sueños que me acongojan, pues me hostigaron durante
toda esta noche… Permíteme ¡OH gran sabio! que te cuente…
Y El
Terco poco a poco fue desenvolviendo la madeja, contando con todo detalle al
hechicero, cada una de las espeluznantes pesadillas sufridas la noche anterior,
todas, incluida aquella, donde el espectro de su padre anciano, se desleía en
la noche a lomos de un corcel negro de pecho vigoroso y ojos refulgentes,
mientras el viento generado por la marcha peinaba hacia atrás sus largas y exiguas greñas plateadas. Tampoco se saltó aquella,
en la que se veía a si mismo, montando el mismo caballo que antes llevara a su
padre, pero ahora, el negro corcel galopaba enloquecido sobre las estepas, los
ojos llameantes, como dos brasas encendidas, sin obedecer a freno ni a riendas…,
y él mientras, se sostenía a duras penas, de pie, impotente, sobre los
estribos… Mientras el bruto seguía y seguía su marcha, en una carrera loca,
desenfrenada, imparable, cruzando
colinas, arroyos, montañas… Hasta sentir, finalmente, a punto del aniquilamiento
y la zozobra, la sensación extraña, blanda, algodonosa, de cabalgar sobre el blanco y acolchado manto de las
nubes.
No
obstante, la que más desconcierto le produjo, sin duda, fue aquella, en la que
aparecían dos lobos: el primero, de color oscuro, impetuoso, valiente, fiero, sigue
a una res, está apunto de atraparla…, sus mandíbulas, ya casi se cierran sobre
ella. Detrás de él vienen los demás componentes de la manada, pero el abismo se
abre ante ellos, la res lo ve y gira, más el lobo en su ciega terquedad, sigue
recto y, con él se despeña el resto de la manada. El segundo lobo también
persigue a una res, es blanco, impolutamente blanco, fiero, veloz, casi está
apunto de atraparla, más, el terreno cambia ligeramente, no lo conoce y un
sexto sentido, quizá la prudencia, el instinto de conservación o algo
semejante, le avisa que debe aflojar la carrera, detiene un poco la marcha y
eso le salva de desbarrancarse, a él y a todos los componentes de su manada,
pues en el mismo borde, la res da un brusco giro y, una vez más, huye de allí y
se escapa…
-
¡Buen Talot, gran sabio, mi maestro! Ya…, te lo he contado todo…
con pelos y señales te lo he contado todo. Ahora, tú, de una vez, interprétalo,
ayúdame, y aconséjame, maestro…
-
No mi señor, no me pidas eso – se horrorizó el chamán – no, no me lo pidas mi señor.
-
¿Por qué no debo pedírtelo? Si eres la única persona en quien
confío. Necesito alguien como tú, que sea sincero, que me diga la verdad… Me
sobran aduladores… No puedes negarle la verdad a tu rey… No puedes.
-
Bien, Atamík, tú lo has querido…, te diré la verdad… Aunque esa
verdad me duele tanto como a ti. Desde que naciste tu padre me encargó que
estuviera siempre a tu lado y que velara por tu persona. Hubiera preferido
estar muerto para no ser yo quien la revelara.
-
No temas Talot, no temas. Estoy dispuesto para la muerte, si eso
es lo que vas a predecirme. Mi hijo, es el más valeroso de todos mis capitanes,
está preparado para sucederme. Así, que a la muerte, no la temo. El sabrá
conducir con sabia mano a nuestro pueblo.
-
¡Mientes mi rey! Tú y yo sabemos que mientes, pues no tienes solo
un hijo, sino dos. De acuerdo, que Homeg es tu hijo, pero no lo es menos el
capitán Hayak, de tu semilla salieron ambos. – Respondió con severidad y con
aplomo el viejo hechicero – Ya se que me
dirás que un hijo bastardo carece de cualquier derecho en cuanto al linaje de
un rey, más, por todo lo que me cuentas, las fuerzas y los dioses de las
profundidades no piensan lo mismo.
-
Me asustas, no se a que te refieres…
-
Claro que no,… claro que no sabes a lo que me refiero, por eso…
Escuchadme mi señor,… escuchadme:
-
En tus sueños se puede leer tan claro, tan claro como en las
estrellas de cielo, en los gestos de las fieras, o en la dura corteza de los
árboles, el ulular de los montes, en el vuelo de las aves o en las orejas de
los caballos..., en tus sueños, se puede leer, así de claro. Tienes dos grandes
problemas mi señor: el primero lo conoces tú muchísimo mejor que yo, tú
ejercito está aquí, empantanado, en medio de este cenagal, en cualquier momento
puede surgir una epidemia y aniquilarnos a todos en poco tiempo. Estás
paralizado. Tú ya no eres el de antes. Si lo fueras, hace días que ya lo
hubiéramos abandonado. El segundo de los problemas es, que morirás pronto, te
queda poquísimo tiempo de vida. Claramente, el espectro de Homeg, tu padre, ha
venido a buscarte. Ha visto como te ha comenzado a rondar la muerte…, y por eso,
ha venido.
-
Ese caballo que montas en el sueño es tu destino inexorable, que se
va a cumplir, como el de cualquiera, el sino de cada cual es un caballo al que nadie
ha conseguido nunca dominar. Y, por último, esos dos lobos no representan otra
cosa que a tus dos hijos. Las fuerzas que gobiernan las profundidades te piden
que elijas al mejor ellos para que sea el guía de tu pueblo. …Llámalos ahora
mismo a tu presencia y dales las siguientes instrucciones: “Mándalos,…
ordénales que vayan en direcciones opuestas, cada uno de ellos elegirá su arma
de caza favorita y, antes de que caiga la noche, habrán de comparecer ante ti,
en el campamento, con el corazón aún caliente de la fiera que cada uno de ellos
haya logrado abatir. Luego, yo analizaré esas entrañas y, seguramente, que
aparecerán más señales o, más pruebas, tal ves” – Terminó así de hablar el
hechicero, con ese aire misterioso y solemne, que tienen esa clase de
personajes que poseen el secreto y la llave de temas y de asuntos desconocidos
para el resto de los mortales.
El Terco
mando llamar a los dos capitanes como le había aconsejado el chamán. Los dos
obedecieron la orden sin poner objeciones y, sin rechistar partieron a todo
galope de sus cabalgaduras en direcciones opuestas, tal y como dijo el
hechicero que debía de hacerse.
Cuando la
tarde caía y, del sitio donde antes había brillado el sol, brotaba ya apenas un
tenue resplandor violáceo, precisamente de ese mismo lugar apareció un jinete.
Era Homeg el primero en llegar, tocado con un gorro de castor sobre la frente
y, tras de sí, sobre la grupa del caballo, la piel de un oso doblada. Y, además
el propio corazón de la fiera, sangrante aún, lo traía enhebrado a una correa
que colgaba del arzón de la silla.
Instantes
después llegaba su hermano Hayak. Apareció al galope, con su larga y lacia
melena al viento, justo del lado opuesto. Tras suyo, sobre el anca de la
bestia, traía el cadáver de un enorme lobo blanco, atravesado. Nada más
descabalgar, Hayak abrió el pecho del lobo y entregó el corazón de éste, aún, chorreando
sangre negra, al hechicero. Otro tanto hizo Homeg con el enorme corazón del
oso, poniéndolo en las manos del chamán. Todos entraron en la espaciosa jaima
del rey, donde también se encontraba ya el consejo de ancianos y el resto de
sus capitanes.
Los dos
jóvenes miraban al hechicero, extrañados, mientras éste realizaba multitud de
rezos y de sahumerios encima de las vísceras ensangrentadas de las dos fieras.
El rey les miraba a ellos preguntándose: ¿Quién de los dos será? Que más da –
se decía, moviendo la cabeza – ante el destino, nadie puede hacer nada.
Talot, el
hechicero, fue pasando, rápidamente, de una primera fase soporífera a una especie de trance y,
luego, de pronto, sin saber por qué, cayó fulminado al suelo en estado de
inconsciencia. Cuando se levantó del suelo sus pequeños ojillos de lagarto
comenzaron a buscar algo, algo que no conseguían fijar en ningún sitio ni
encontrar en ninguna parte. El pequeño chaparro de piernas dobladas hacia fuera,
empezó a manotear el aire y a dar gritos de desesperación, mientras avanzaba
torpemente hacia la salida. Ya en el exterior, el brujo comenzó a rectar como
una culebra por el fango y, a resoplar, como un poseso, mirando fijamente al firmamento,
como una fiera enjaulada.
Sobre el
campamento, el cielo, por instantes, se fue cubriendo de oscuros nubarrones
presagiando una tormenta y, el viento comenzó a ulular, silbando en el bosquecillo de alisos que rodeaba el
improvisado cuartel. Llegó un momento en que, el viejo hechicero, sacudido por
constantes ataques histéricos, daba extrañas volteretas, echaba espumarajos
pegajosos y abundantes por la boca y se golpeaba contra el suelo una y otra
vez, por lo cual, el rey ordenó a los dos jóvenes capitanes a inmovilizarlo,
sujetándolo por ambos brazos. Habían comenzado a caer unas gotas de lluvia
gruesa y cada vez más copiosa. Ya se disponían a entrar de nuevo al hechicero en
la jaima, cuando el cielo amenazó con venirse abajo, pues sonó un gran trueno
que parecía haber roto de cuajo todo el firmamento. El campamento apareció
iluminado por el relámpago y, el camino de un rayo, por un instante, quedó
congelado en el firmamento, formando ramificaciones blancas, sobre el fondo
negro de la tormenta, como una tela de araña, yendo a caer las venas de la descarga eléctrica sobre el cercano monte de alisos.
Las chozas que, desperdigadas, formaban la totalidad del campamento, parecían
un rosario de fantasmas a la luz lívida del rayo. La muchedumbre que asistía
expectante y asustada en mitad del campamento, con rapidez, tuvo que hacerse a ambos
lados, abriendo un largo y estrecho pasillo, ante la entrada de un jinete que
venía a todo galope hundiéndose en el barro. Era uno de los centinelas. Al
llegar ante la presencia de Atamik dijo:
-
¡Señor mirad, hay algo en el cielo! ¡Desde el otro lado del
campamento entre las nubes, hemos visto algo en el cielo!
Y, en ese
mismo instante, como obedeciendo a una orden, la gran nube negra de la tormenta
se rompió por el mismo centro y se abrió un gran claro.
- ¡Esta es la señal! ¡Majestad, esta es la
señal que estábamos esperando…! – Dijo Talot, sereno, y con la conciencia
totalmente recobrada.
Todas las
almas que formaban la población del campamento levantaron los ojos hacia arriba
y miraron el fenómeno, aterradas.
Era un
cometa. Una cabeza muy brillante y una enorme cola. Si, en ese momento, una gran
bola de fuego, con una estela inmensa, que hacia las veces de cola, alta en el
horizonte y, viajando, resuelta, hacia occidente, ocupaba una buena franja de
cielo.
-
¡Que nadie se asuste! – Dijo el hechicero – Son las fuerzas de la
tierra que han establecido un pacto con las del cielo. Atamik, OH, gran rey.
Hacia occidente se alza un gran imperio. Hacia allí nos orienta esa gran bola
de fuego. Tu sucesor, uno de tus dos hijos, conducirá al pueblo Huno y atacará
a sus ciudades. Y, un día que ni tú ni yo, veremos, nos fundiremos con ellos y,
quizá entonces, dejaremos de ser nómadas, aunque, seguramente, jamás dejaremos
de ser guerreros.
-
Talot, gran maestro, guía de nuestro pueblo… ¿Es esta, la última
señal? – preguntó el rey.
-
Si, esta es la última señal…Que no la última prueba. La prueba
final es la siguiente: estos dos capitanes que hoy comparecen ante ti, el uno, que
es tu legitimo hijo y sucesor; y, el otro, que es tu hijo bastardo, jamás
reconocido por ti, pero al que los dioses y las fuerzas de las profundidades le
han reconocido y otorgado, también, la legitimidad que tu le habías negado como
tu sucesor… Cada uno de ellos irá acompañado por su horda. Viajarán de noche y
seguirán la estrella varias jornadas, hasta encontrar los lindes de ese gran
imperio… Estudiareis sus pueblos, observareis sus gentes, estudiareis cada una
de sus armas y calculareis su ejército… Porque…, aquel de los dos, que regrese
vivo, al instante, levantará este mísero campamento, reunirá a las hordas, se
guiarán del fuego y, cabalgarán de noche hacia los mismos lindes de ese gran
imperio, del que les hablo. Nada más me queda por decir… Atamik, ofréceles,
ahora, un banquete a tus hijos y, despídelos con honores, pues esta misma noche
han de partir… Así se cumplirá el destino.
Tal y
como había dicho el chamán, esa noche, no muy tarde, Atamik despidió a sus dos
hijos y estos partieron veloces siguiendo el camino que marcaba el cometa. Los
dos hermanos cabalgaron juntos varias jornadas, hasta que comenzaron a
encontrar algunas pequeñas aldeas, en las que perpetraron algunos pequeños
saqueos y el robo de algunas cabezas de ganado para alimentar a las hordas. Tan
pronto, como las legiones de Roma tuvieron conocimiento de estos hechos,
marcharon tras ellos soltándoles el aliento en el cogote. Esto era precisamente
lo que pretendían los dos hermanos. En este punto se despidieron deseándose
antes buena suerte de ambas partes. Desde mucho antes, a los dos hermanos, sus
hombres, ya les habían cargado con un apodo o sobrenombre, uno era “El Oso” y
el otro era “El Lobo Blanco”.
Desde el
principio el Oso se dedico a hostigar al enemigo y, en pequeñas escaramuzas y
alguna que otra emboscada de mayor envergadura, ya ascendían a más de una
treintena las bajas entre las legiones. Mientras tanto, el Lobo Blanco, no daba
señales de vida, oteaba todo lo que se movía, observaba las luchas que su
hermano mantenía con los romanos, pero él y su horda se fundían, con la tierra,
con las rocas, con el bosque, podían estar varias horas petrificados sobre el
caballo sin que éste moviera ni siquiera una oreja. Había observado y guardado
en su cabeza todos los movimientos y todas las reacciones de la tropa del
imperio más poderoso de la tierra. Sin embargo, él estaba ya a punto de volver
grupas y, regresar de nuevo al campamento, pues a pesar de no haber dado muerte
ni a un solo romano, pensaba que su misión ya había sido de sobra cumplida. Ya
había dado a sus hombres la orden del regreso cuando, vieron al Oso y su horda,
caer en una trampa. Era una lucha desigual, contra fuerzas dos o tres veces
superiores. Sigilosamente les rodearon y, cada uno fue vaciando una tras otra las flechas contenidas dentro su
carcaj, hasta que, por fin, el enemigo quedó diezmado y aniquilado por completo.
Cuando se acercaron lo suficiente, de la horda del Oso solo quedaban tres y, el
Oso agonizaba, con una lanza clavada, cuya punta se abrió camino desde el
costado derecho, para salir bajo las axilas del brazo izquierdo.
El Oso,
con el pequeño soplo de vida que aún le quedaba, susurró al oído de su hermano:
-
Hayak…, eres el elegido por los dioses ¡Gloria, larga vida al rey
de los Hunos…! Hermano… no me abandones aquí…, entrega mi cuerpo a nuestro
padre y que me quemen ante su jaima – Diciendo esto, el Oso, quiso sonreír un
poco, dobló el cuello, y espiró.
En pocos
días la horda del Lobo Blanco regreso al campamento de Los Hunos con el Cadáver
del Oso, cuyo cuerpo, venía ya absolutamente putrefacto y maloliente, hasta no
poder más. El padre abrazó a su hijo Hayak y lloró con desgarro y desconsuelo
por el hijo muerto.
Tal y
como había pedido Homeg, esa noche, su cuerpo fue incinerado ante la jaima de
su padre. Éste se subió a su caballo y comenzó a dar vueltas y vueltas en torno
a la pira, mientras se consumían al fuego lentamente, los restos de su hijo. Cuando
ya quedaba muy poco del cuerpo del hijo por quemarse, tendido al galope, y bajo
los tenues reflejos del cometa, rasgando el aire, a toda prisa, el rey se alejó
del campamento.
Al amanecer, llegó de nuevo al
campamento el caballo de Atamík. El animal que ya caminaba muy despacio, se
detuvo ante la jaima del rey y relinchó. Venía chorreante de negro sudor y, traía
todo el vientre y las patas salpicadas de sangre y, del costado derecho, un
trozo de pierna, pendía aún, colgando del estribo.
Esa mañana, cuando el chamán
compareció ante el consejo de ancianos, con lágrimas en los ojos, dijo:
-
Ahora ya descansarán las fuerzas, los dioses permanecerán
tranquilos. Se ha cerrado el circulo y el destino, tal como querían, creo que
ya, de sobra, se ha cumplido.
Hayak el hijo bastardo desde
aquel día formó parte, por derecho propio, de la vieja estirpe y reinó, durante
los muchos años de su larga vida, con el nombre de Hayak, “El Lobo Blanco”.
FIN
Terminado
de escribir el lunes 27/07/09.

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