EL CHARCO DE GUASIEGRE (Relato de misterio y aventuras)
EL CHARCO DE GUASIEGRE
(Relato)
<< Era el
Raquel, de rumbo errante, que
retrocediendo en
busca de sus hijos
perdidos,
encontró solo otro huérfano. >>
HERMAN MELVILLE.
Para
alguien, que ve por primera vez, El
Charco de Guasiegre, el solo aspecto de sus verdes aguas ya le impresiona.
Son éstas, de un verde sucio, casi negras, que no dejan lugar a la
menor transparencia. Es como un gran ojo sin pupila, redondo y ancho;
tiene un diámetro de ocho a diez metros y queda
escondido debajo de un salto no muy grande en el fondo del barranco del
mismo nombre. A los lados, altas y lisas paredes le circundan, salvo, la parte
de la corriente hacia el mar, en esta dirección y a un tiro de piedra se
encuentra un salto enorme, un precipicio de unos cincuenta metros, por el que
cae en cascada - cuando llueve- el torrente de agua con un ruido ensordecedor.
Hacia el otro lado, y por la parte superior a unas cuantas decenas de metros
pasa el Camino Real. Esta calzada en
el pasado fue única vía de comunicación entre los pueblos del Sur. Aún hoy se
conserva casi en su totalidad, el mencionado camino; que baja en desnivel
hasta el fondo del barranco, para cruzarlo por la parte más llana y sube
por el otro lado de la misma manera en que bajara.
Desde siempre
he escuchado, que no era nada recomendable, quedarse por las cercanías del
mencionado charco cuando cae la noche. La gente baja mucho la voz para hablar
del asunto. Juran y aseguran, haber oído, extrañas voces que salían por la
noche de aquellas verdes y oscuras aguas, entre el croar de las ranas. Y es que,
seguramente, el charco, no pasaría de ser un puro y simple accidente geográfico,
con el cual, a veces la naturaleza nos suele sorprender; si no fuera, porque
está irremediablemente ligado a un hecho ocurrido en un pasado lejano. Un caso
sorprendente por lo insólito y sin duda un producto de la más pura y simple
casualidad. Sin este antecedente, puede
que resultara, hasta normal, el hecho extraño y singular de, que ni siquiera
las cabras se atreviesen a beber de sus turbulentas aguas. Quizá lo achacáramos
al sabor de algún mineral disuelto en ellas. También a esa inexistente
formación de musgos encima de la superficie
–cosa, por otra parte,
absolutamente anormal en cualquier otro charco– seguramente que le encontraríamos una explicación lógica. Pero
durante más de un siglo, se ha ido forjando una especie de leyenda en torno a
este gran pilón y, la verdad, es que observándolo fríamente, sin apasionamiento
por mi parte, creo que a veces hechos puramente circunstanciales, pueden dejar
una marca indeleble, que con el tiempo
lejos de difuminarse, entre todos, sin duda alguna, logramos hacerla aún más
evidente.
I
Para narrar los hechos ocurridos, tengo que
retroceder más de un siglo en el tiempo, y al paso que ahora caminan los
relojes eso es mucho, lo sé, pero es la única forma para que ustedes y yo mismo
encontremos alguna explicación que nos devuelva el sosiego y la tranquilidad.
Hablar de Angel García, es nombrar a
un sujeto al que no me apetece recordar, es venirme a la memoria: La Habana, un
espantoso caserón en La Calzada de San Lázaro, ¡La famosa y horrible Fábrica de pasteles!...
Los círculos, las piruetas, los choques en los costados del barco que
realizaban los tiburones cada vez que Angel
García, más conocido por: “Cabeza de Perro” les ofrecía un
banquete humano a los escualos. Pero lo que más me abruma, es que este
individuo era un paisano nuestro, uno más entre nosotros, nacido y criado aquí
hasta su adolescencia, pero adiestrado en Las Antillas en el conocimiento de la
más bárbara y cruel de las piraterías. Su base de operaciones era La Gran
Antilla, es decir Cuba, allí tenía a su familia y sus grandes negocios. Era
allí, en la referida mansión, donde Él blanqueaba el producto de la rapiña
junto con algunos socios de la más alta y distinguida sociedad de la Isla.
Cabeza de Perro, era un hombre sumamente feo, bajito, con una
cabeza enorme y con unos dientes grandes y claros que le asomaban fuera de la
boca. Tampoco le favorecía demasiado, llevar de continuo, una descuidada barba
entrecana, con las antenas del bigote medio metidas en las comisuras de la
boca. De ordinario solía tocarse la abultada y prominente cabeza (de esta proviene
su apelativo) con una gorra negra de marino desteñida y sucia. Completaban su
atuendo: un oscuro pantalón, y una especie de casaca que, de origen debió ser
blanca y de la cual, el osado capitán, no se desprendía nunca. Remataba toda
esta singular y grotesca indumentaria, un ceñidor de color oscuro con un enorme
y pesado hebillón.
El pirata había sometido a los barcos que transitaban alrededor de las
Antillas a un acoso tan brutal, que las navieras se habían unido y navegaban en grupos de más de tres embarcaciones y
siempre fuertemente armadas. Las
primas que pagaban las compañías navieras por las pólizas de seguros se habían
disparado en un mil por ciento y es que el riesgo en mercancías, barcos y vidas
humanas era prácticamente seguro y total. Este sujeto era tan astuto y
escurridizo en su huida, como sorprendente, inesperado y salvaje en sus
ataques. Jamás se aventuraba a actuar cuando iban juntas varias naves, pero si
alguna de estas se descolgaba, a causa del temporal o en medio de la niebla,
entonces allí siempre estaba él, como el
buitre que persigue a la carroña. La rapidez, la sorpresa y la contundencia del
ataque, eran el secreto de su éxito.
Ingleses
y norteamericanos, habían formado juntos una verdadera escuadra de barcos con
el fin de darle caza, tenían la orden de mandarle al fondo en cuanto le divisaran,
no se le podía dar la mínima oportunidad. Por otro lado, les reventaba el alma
y les abatía el espiritud, que un odioso hispano
les tuviera en jaque durante tanto tiempo. Había surgido este maldito escollo, ahora a finales
del siglo, cuando ya las máquinas de vapor estaban reemplazando a las velas y la piratería por fin había llegado a
su ocaso. A nadie se le esconde y sería estúpido no haber caído en la cuenta,
no ver, que este criminal actuaba con el beneplácito y la complicidad de las
más altas autoridades de la colonia española, sin ello, le hubiese sido
imposible escurrir el bulto y salir airoso durante un plazo tan largo de
tiempo.
La gran cantidad de cayos en
torno a la isla del tabaco y la caña y, el gran conocimiento de éstos, le
servían en multitud de ocasiones a Angel
García para darle esquinazo a sus perseguidores cuando intentaban echarle el guante.
<< A un marinero, se le
antoja llevar en las orejas,
aros de hueso de tiburón: el
carpintero le perfora las orejas >>
Moby Dick
HERMAN MELVILLE.
II
Quizá
aconsejado por las propias autoridades de la Gran Antilla, se dispuso a
abandonar la isla por un largo periodo de tiempo, pensando que al fin y al cabo
el océano era muy amplio. ¿Por qué restringirse solo al Caribe? Su trabajo lo
podía realizar en cualquier parte y por otro lado no era la primera vez que se
había alejado hasta la Polinesia en el desempeño de su labor.
Por eso después de haber cargado en sus bodegas agua, víveres y una
gran cantidad de ron; una noche de luna, El
Invencible desplegó velas y puso rumbo al Sur.
Siguiendo la
blanca estela del Invencible, los
tiburones. Una cantidad considerable de tiburones, de un tamaño formidable, le
seguían. No se sabía muy bien el lugar donde se habían adherido, por primera
vez a los costados del barco, como si éste, de una isla se tratase. Pero, lo
cierto es, que formaban ya una parte substancial, de la abultada nómina que Cabeza de perro habría de pagar. Estos animales le seguían y él
sentía hacia ellos simpatía un gran aprecio, pues, seguramente prefería dejar a
alguno de sus marineros sin comida a no poder consolar con algo a sus
tiburones. Por eso, entre éstos y el pirata se había creado una simbiosis, una
extraña dependencia y una intercomunicación de afectos y quizá por ello, las
temibles criaturas le acompañaban, siguiendo el rastro del barco durante años,
cual baifos que siguen la vereda por donde transita a su madre la cabra.
Día a día se
fueron adentrando más y más en el Atlántico Sur, el capitán había decidido
continuar por el centro de este océano con la tranquilidad y el sosiego de un
viaje de placer. Como estaba previsto, llegaron las calmas, días en que no
oscilaba la llama de una vela puesta en lo alto de la cofa. Los días pasaban
lentos, por Oriente el Sol surgía del fondo del mar y después de un
interminable tránsito por el cielo la incandescente bola de fuego volvía a
hundirse en la plana superficie. Los marineros después de sus cotidianas
faenas, mataban el tiempo jugando a las cartas y metiéndose entre pecho y
espalda buenos y largos tragos de ron. Entre ellos también los había alegres,
trovadores entusiastas que cantaban el punto cubano hasta cuando caminaban por
lo alto de las vergas.
Una de estas
bochornosas mañanas, el capitán apareció en la cubierta en traje de baño,
caminó por ella hasta la amura de proa a estribor y allí con un ligero balanceo
se tiró de cabeza en medio de los tiburones, los marineros le observaban
impasibles y es que asombrosamente los tiburones no le atacaban.
Esta
era una de sus manías pasar horas jugando con ellos como si en realidad, de
inofensivos delfines se tratara. Cuando algún marinero por accidente había
caído al mar nunca le habían atacado y es sorprendente porque cuando les
arrojaban un cadáver se lanzaban con tal voracidad que levantaban a este más de
un metro fuera del agua mientras se lo disputaban y en pocos segundos no
quedaba ni el menor rastro de él. Angel
García, había hecho el encargo a sus marineros, que si un día moría en la
lucha o por simple enfermedad, arrojaran su cadáver a los tiburones, para él,
terminar de esta manera, significaba una especie de continuación de la vida
según su más que dudoso sentido poético. La
mayoría de los marineros habían adoptado y asumido esta idea como si de una religión se
tratara y eso que entre ellos algunos se
encontraban bastante cirróticos y a no tardar mucho pasarían por las mandíbulas
de los escualos.
La tripulación la formaban en su gran
mayoría, hombres de raza negra; el resto eran blancos y mestizos, pero todos
tenían en común, eso sí, un pasado turbio. Había entre ellos asesinos,
estafadores, toda suerte de holgazanes y hasta algún que otro exclérigo, pero
lo que sin duda más les unía, era, el gran respeto y la inalterable lealtad
hacia su capitán. No era éste, precisamente, un cicatero con sus hombres, pues
cobraban una paga al mes y aparte recibían, un porcentaje considerable del
botín, cuando lo había y el ron lo tenían a discreción, esta actitud,
demostraba la enorme inteligencia del pirata. Él había observado como la avaricia,
había sido infinidad de veces, la causa principal de cuantiosas revueltas y de
motines y este error no pensaba cometerlo. Por otro lado, jamás era él quién
ponía los castigos o arrestos, pues eran los propios marineros, quienes habían
hecho las leyes del barco, votado y aprobado por mayoría. El segundo de abordo
tenía la obligación de hacerlas cumplir, mientras el capitán se mantenía al margen
pero con una actitud respetuosa y de firmeza hacia ellos.
Surgió de nuevo una ligera
brisa, lo suficiente para hinchar un poco las velas y suavemente siguieron
deslizándose en dirección al Sur. Se iban alejando cada vez más del Ecuador y a
medida que esto ocurría se notaba como la temperatura descendía sensiblemente.
El
pirata se pasaba bastantes horas en su camarote con la mesa cubierta de mapas y
cartas de navegación. Se afanaba en ir trazando la ruta que él consideraba más
adecuada, aunque luego hubiera que hacer algunas rectificaciones sobre la
marcha. No ignoraba, que aunque cada singladura es diferente, en una ruta tan
larga no podía dejarse casi nada a la improvisación, pues ya la meteorología se
encargaría por si misma de imponer los cambios.
Empezaron a verse manadas de ballenas, familias de
éstas al completo y algún que otro cachalote. Aquellos grandes mamíferos, con
sus pequeños ballenatos nadando a su lado, era un espectáculo siempre
agradable. Cuando el marinero que iba en la cofa gritó: -¡Ballenas! - inmediatamente salió el capitán de su camarote
calándose la gorra. Al mirar desde el
puente, atentamente a los cetáceos, los ojos se le iluminaron y hasta los
fieros y desagradables rasgos de su cara parecieron dulcificarse.
- No las molesten, no quiero que las molesten.
–Insistió Angel García a sus hombres.
Demás estaba el encargo, pues ellos conocían ya lo mucho que desagradaba al
capitán, que perturbaran a éstos animales. La simpatía de Angel García hacia las ballenas y los cachalotes le venía de muy
atrás, cuando era casi un niño.
El joven Angel salió de Tenerife
con apenas quince años de la mano de un tío suyo, éste lo llevó hasta Cuba,
donde él trabajaba en la industria azucarera. Un año escaso duró Angel
trabajando con su tío, su espíritu aventurero le impedía seguir en un empleo
tan rutinario como aquel, así se lo hizo saber a su tío, y se despidió. Pasó
por diferentes ocupaciones, era un culo de mal asiento, en ninguna parte duraba
mucho, por último se encontró trabajando de estibador en el muelle de la
Habana. Era este un oficio bastante duro, la manipulación de enormes sacos,
pesados fardos, cajas, barriles... no era un trabajo para niños, aunque Angel García lo realizaba con la fuerza
y la entereza de un hombre, ganándose la admiración, el respeto y el cariño de
sus compañeros.
Pero lo que a él de verdad le atraía, eran los barcos; por eso, cuando
terminaba su jornada de trabajo, se quedaba por los alrededores del muelle
hablando con los marineros. Subía a los balandros y se interesaba por las
diferentes partes y aparejos de éstos, con gran interés y un entusiasmo fuera
de lo corriente hasta en los más nimios e insignificantes detalles.
<<Adelante –gritó Ahab a los remeros, y las lanchas se
dispararon al ataque,
pero Moby Dick, enloquecido por los arpones de ayer que la corroían,
parecía
poseído a la vez por todos los ángeles
caídos del cielo.>>
HERMAN
MELVILLE.
III
Cierto día... quiso el azar, que arribara en
el muelle de la Habana, un vetusto navío; era un barco ballenero procedente del
ajetreado puerto de Nantucket, cuya
fama en aquellos momentos alcanzaba a las zonas más distantes del planeta por
haber sido el olimpo de la industria ballenera. Su capitán buscaba media docena
de marineros, ofrecía buena paga, Angel se
enteró y fue de los primeros en acudir. Fue enrolado solo como grumete, dada su
juventud, y sus escasos, por no decir nulos conocimientos de la industria
ballenera. Al principio su trabajo le gustó; pero más adelante la caza de la
ballena y la industria ballenera en general le desencantaron tanto que llegó a
odiarlas. Meses más tarde, bruscamente, acabaría todo, en una experiencia
traumática que le marcaría para siempre. La lucha, el acoso, el hostigamiento y
la persecución de la ballena, era un procedimiento, que él consideraba una
crueldad. Era inhumano contemplar el
terrible sufrimiento de éstos grandes animales, con varios arpones clavados en
su cuerpo y horas y hasta días en una desesperante agonía. Sin apenas expirar,
eran troceados e izados a bordo del buque, por medio de roldanas e
inmediatamente derretidos y convertidos en valiosos barriles de aceite.
Esto era algo verdaderamente repugnante, asqueroso, hacía verdaderos esfuerzos
para poder soportar sin volverse loco, el desagradable olor de aquel humo pestilente.
En una ocasión, se vio obligado a reemplazar a uno de los remeros de
una de las lanchas de caza, que había caído enfermo. Quiso la mala fortuna, que
después de que el arponero que iba en la proa de la lancha hubiese clavado la
punta de su arma afilada en la cabeza del animal –la estacha o cuerda que va unida al arpón– se le anudase al joven
Ángel en uno de sus pies y fue sacado violentamente fuera del bote y remolcado
por el monstruo más de una milla. Unas veces el cuerpo iba fuera del agua y
otras dentro de ella. Hasta que al final la ballena paró en su huida, lanzando
los últimos estertores y con ellos también el último hálito de vida, y fue
entonces cuando consiguieron rescatarle, con la tibia y el peroné rotos, pero
nadie lograba explicarse como había salido con vida; pues la estacha jamás solía
perdonar ninguna de las que se cruzaban en su camino.
Le entablillaron la pierna y cuando el barco estuvo repleto de
barriles de grasa de ballena y de cachalote retornaron a puerto. Pero en cuanto
puso el pie en tierra firme juró, que nunca más en su vida quería saber nada de
aquellos malditos balleneros.
El viento soplaba
moderadamente y el Invencible seguía
y seguía su inexorable marcha hacía el Sur. Pasado el mediodía a lo lejos
comenzó a vislumbrarse una fina columna de humo que el aire se encargaba de
doblar hacía el Sur. Avisado el capitán subió al puente, pero nada más mirar su
cara se congestionó, palideció y comenzó
a sudar.
-¡Balleneros! –Dijo levantando levemente un dedo hacia allá y dicho esto cayó al
suelo con una convulsión. Tuvieron que sujetarle tres o
cuatro hombres por cada brazo, para que no se golpeara, les zarandeaba con la fuerza
de un animal y echaba espumarajos por la boca. Pasados unos minutos cayó
exánime y con el cuerpo cubierto de sudor, luego, ya más recuperado, lentamente
se fue incorporando.
- ¡Suéltenme
coño, sueltenmé! –dijo a los que le mantenían. Estaban
como a una milla larga del negro y gigantesco ballenero, y ya les llegaba el
fétido olor de la grasa derretida. Con su acostumbrada entereza, Cabeza de Perro ordenó: ¡Largenlo al fondo! ¡Desaparezcan esa
porquería! Apunten a la línea de flotación.
En pocos instantes se abrieron los portalones y pronto asomó toda la
cañonería del Invencible a su cita con
la muerte. Cuando estuvieron a la altura del ballenero, todas las bocas a la
vez, escupieron fuego sobre el desarmado buque, abriendo un alargado boquete en
el casco, por el cual comenzó a entrar el agua del mar como un enorme
torrente.
-¡Viren en redondo! –Ordenó de nuevo
el capitán.
Ejecutaron
la maniobra con la intención de
cañonearle por la otra banda, pero no fue necesario, pues el ballenero herido de muerte, iba levantando
la quilla cada vez más y más fuera del
agua y la proa comenzaba a alzarse hacia el limpio y ancho firmamento.
Todos los
supervivientes del ballenero se encontraban en una lancha, pero el capitán no
tenía la menor intención de rescatarles; pues le ordenó al timonel que pusiera
rumbo Sur-Suroeste. Sin embargo al dirigir una última mirada a la lancha, desde
la cual un adolescente delgado y
extremadamente pálido le miraba, el capitán se estremeció ante aquellos ojos y
volvió la cara hacia otro lado mientras decía:
-¡Tiren un
cabo y súbanlos!
Pero, amigos, no nos engañemos por este ramalazo de humanidad, pues
también los tigres se detienen para lamerse sus propias heridas, y el que es
maluco, es como el que es tonto, a
veces ni siquiera es consciente de ello.
Pegaron la lancha a un costado del barco y fueron
subiendo a los náufragos con la premura que las circunstancias exigían, no
fuera que el criminal desistiera de tal operación considerándola un retraso innecesario.
Cuando hubieron subido todos a la cubierta del Invencible
–en total eran diecisiete los marineros y entre ellos no se encontraba su
capitán– aún tuvieron el tiempo justo para ver como se sumergía definitivamente
el ballenero, con su barriga repleta de barriles de grasa y con él, el resto de
sus compañeros. El océano los recibió como un enorme estómago dispuesto a
digerirlos y convertirlos en sustancia menuda, rica y nutriente muy alimenticia
para los peces.
Muchas millas al Norte, ahora, había unas cuantas viudas más y algunos huérfanos que tendrían que subsistir de la
caridad de sus vecinos pobres y seguramente pasarían frío en el gélido
invierno. Pero éstas, no creo, que fuesen las preocupaciones de Ángel García, pues la compasión era un
sentimiento demasiado grande para él, y, seguramente que no habría lugar para
ella en su estrecho corazón. Inmediatamente mandó que bajaran a la bodega a los
marineros y que les encadenaran en calidad de presos hasta que pudieran ser
dejados en tierra firme.
- Denles bien de comer y el ron que no les falte. –
Ordenó Cabeza de Perro, mientras se
encerraba en su cámara. No dejaba de ser un tipo bien raro, éste criminal; pues
un par de horas más tarde, volvía a salir y en sus ojos se notaba la inequívoca
señal de que había llorado. Pero al tomar su posición en el puente la cara del
capitán volvía a recuperar el áspero y brutal aspecto de siempre. Hacía poco
que habían dejado a Sotavento las Islas
Malvinas, por lo tanto estaban en una zona de hielos flotantes muy peligrosa
para la navegación; el viento arreciaba mientras se disponían a afrontar una
travesía altamente dificultosa, como era, la de doblar el Cabo de Hornos.
<< ¡ Eh, ahí! ¡Este es el Pequod,
que va a dar la vuelta al mundo!
¡Decidles que dirijan todas las cartas
sucesivas al océano pacifico! >>
HERMAN MELVILLE
IV
¡Cuidado con los témpanos! – EL capitán no paraba de dar órdenes.
El viento nos empuja a toda velocidad
hacia el Cabo de Hornos.
- Mantén el rumbo – decía al timonel.
- ¡Las vergas... A las vergas,
recojan la mitad del trapo! ¡Cierren
las escotillas!
¡Aferren bien esas velas! - ¡Nos
acercamos al maldito Infierno! - ¡Apuren muchachos, apuren!
El temporal era ya considerable, se acercaban al
mismísimo centro del huracán él lo sabía, lo que ignoraba era si podrían salir
de él. Durante varios días los demonios anduvieron sueltos por aquellas
latitudes, el centro de una fuerte borrasca les envolvía. En pleno día la
oscuridad era total, hasta la mar se ennegreció, navegaban al lado de
gigantescos bloques de hielo, a veces el barco se encontraba en el fondo de una
negra y profunda cima y arriba en la cresta de la ola la gran loza de hielo
amenazaba con sepultarlos como si de una liquida y oscura tumba se tratara, por
el contrario cuando el témpano estaba en el interior de la hondonada, el barco
en el aire amenazaba con estrellarse contra el blanco cristal, mientras retumbaba
el trueno y el rayo incidía en él con su luz cegadora.
La cubierta del Invencible
ahora era barrida por las olas y hasta el nombre del barco sonaba allí más pretencioso
y ridículo que nunca. La carga que llevaban aunque no era mucha ni pesada debió
ser cuidadosamente estibada, sobre todo los grandes toneles de ron tuvieron que
ser apuntalados y sujetos con traviesas para evitar su movilidad dado el gran
peligro que ello implicaba para la embarcación, pues el más ligero corrimiento
de la carga podía resultar fatal. El barco se escoraba hacia cualquier lado en
medio de la vorágine, por eso el más insignificante desequilibrio hacia uno de
ellos podía acarrear funestas consecuencias.
Después de haber estado a punto de zozobrar en
infinidad de ocasiones, con el bauprés roto y con algunos daños menores, el Invencible logró pasar frente al Cabo de las Tormentas en plena noche,
pues, ni siquiera se percataron de ello. Amanecía. Poco a poco la tempestad fue
amainando, se hizo menos violenta, los demonios uno detrás de otro fueron
entrando en su corral, el agua fue perdiendo la espuma y el huracán se
convirtió en agradable brisa, de esta manera les daba la bienvenida El Pacifico, el padre de todos los
océanos.
El capitán, decretó día de fiesta para todos, incluidos los
prisioneros, lo celebraron con una comida especial y brindaron por seguir a
flote a pesar de todo. Después de haber brindado con la tripulación Cabeza Perro llamó a su segundo de
abordo y
juntos se dirigieron a su cámara, el pirata le mandó sentar, sacó de un
armario una botella de vino tinto la descorchó y ofreciéndole un vaso, todo un
detalle viniendo de él, le dijo:
- Esto es vino de Tacoronte, esto es vino de mi tierra,
quién lo prueba no lo olvida jamás.
-¡Capitán,
por este vino se arrodillan hasta los mismos demonios! – Dijo el subordinado
después de tomar un pequeño sorbo.
- Sí,
por desgracia me quedan muy pocas botellas, solo para las grandes ocasiones,
pero tengo en mis planes ir a Tenerife,
mi tierra, dentro de poco tiempo. Añoro ver aquella tierra negra, oscura, donde
enraízan aquellas viñas maravillosas y contemplar aquel paisaje tan familiar y
lleno de mansedumbre donde nací. ¡Hace
tantos años que abandoné mi tierra! – Se lamentó el viejo pirata. –Mis padres murieron y yo
lo supe algunos años más tarde. – El pirata hablaba de esta manera melancólica de
su tierra, y su mirada se perdía al hablar en la madera de la pared del
camarote, como si estuviera tratando de atravesar el océano para llegar a las
mismísimas laderas del Teide.
El Invencible navegaba
ahora hacia el Norte remontando el cono Sur del continente americano. Una tarde,
con el Sol ya moribundo, llegaron a las islas de Juan Fernández; encararon una de éstas y en una cala poco profunda botaron el ancla
con la sana intención de descansar y reparar las averías causadas por el
temporal. Pero en plena madrugada el capitán ordenó zafarrancho, toda la tripulación
se presentó en cubierta unos vestidos y otros a medio vestir, mandó poner
provisiones en un bote para los prisioneros, también varios barriles de ron,
hecho esto mandó arriar el bote y seguidamente fueron subiendo en él los
amarillentos presos, que a la luz de los faroles ya habían sido liberados de
los grilletes. Una vez más el barco volvía a levar el ancla y con las primeras
luces del alba abandonaba aquella ensenada dejando a la isla con unos
inesperados huéspedes.
La isla donde acababan de dejar a los hasta entonces prisioneros
la llamaban Más Afuera, el Invencible se dirigió a otra isla cercana, llamada Más a Tierra, hoy conocida como: Robinsón Crusoe, por inspirarse Daniel Defoe para su novela en un
náufrago que vivió en dicha isla cinco años en solitario hasta que fue hallado.
Llegó Ángel García con su gente a
esta última isla y aquí si que fondearon en serio, la tripulación se dispuso
como estaba previsto a las obligadas reparaciones en el barco, mientras una
docena de marineros se adentraron en la isla armados con fusilería de caza y
gran variedad de armas.
Esta isla poseía en su
interior uno de los tesoros más codiciados por los marinos que transitaban esta
zona del Pacífico Sur, dicho tesoro era imposible de rescatar en su totalidad, pues
aunque muchos se habían apoderado de gran parte de él, éste a su vez, se iba
renovando y aumentando constantemente de una manera asombrosa. El navegante
español Juan Fernández que descubrió
estas islas en 1574 no podía imaginar que los pocos ejemplares domésticos de
caprino que dejaron sueltos al marchar se pudieran reproducir y formar rebaños
tan numerosos hasta el punto que hoy a estas islas se las llama Archipiélago de Juan Fernández o Islas de
las Cabras.
Éstos animales en estado salvaje se refugiaban
en las zonas más escarpadas e inaccesibles y
para los marinos suponía un verdadero tesoro ya que tras largas singladuras tenían al
alcance de la mano la posibilidad de cambiar la dura y mohosa galleta con sabor
a engrudo por esta fresca proteína y además, permitía la preparación de gran cantidad en salazón para
el resto del viaje. Esto es lo que hicieron Cabeza
Perro y sus hombres durante varias semanas, consumir carne fresca de cabra
a diario y hacer acopio de una enorme cantidad de ésta para una
larga travesía, como era la de surcar de
un extremo al otro el Gran Océano Pacífico.
Una mañana cuando ya los
rayos del Sol rebotaban en el agua del mar hasta herir la vista, el Invencible
aprovechando un aire del Sur desplegó todo el trapo y salieron de las Islas de las Cabras con rumbo Norte. La
ruta marcada por el capitán era continuar en esta dirección hasta rozar las Islas Galápagos y de allí virar al
Poniente siguiendo más o menos el Ecuador siempre que el viento lo permitiera.
<< La condición constitucional y permanente del
hombre
tal como está fabricado –pensaba Ahab- es la
sordidez.>>
HERMAN MELVILLE.
V
A
los dos o tres días de haber partido de la isla, dos tripulantes cayeron
enfermos, primero fue la fiebre, después se pusieron morados y más tarde verdes
como las aceitunas. El pestilente olor que desprendían sus bocas evidenciaba lo
podridas que tenían las entrañas,
seguramente estos sujetos no tardarían
en morir, pero su agonía era espantosa, sus lamentos se hacían escuchar en todo
el barco y resultaba tremendamente
doloroso no poder hacer nada por aliviarles el sufrimiento. El capitán pasó a
verles unos instantes, pero cuando salió movió la cabeza negativamente, se caló
la cachucha, miró a su segundo de abordo y
sacando un enorme pistolón de debajo de su casaca se lo entregó al joven
y le dijo: - ¡Nelson, vuélales los sesos!
Las dos detonaciones sonaron, secas,
eficaces, inmensamente candorosas y humanitarias como las manos de Dios. En la
cara de los muertos se apreciaba el profundo alivio y la enorme paz que habían
conseguido con su muerte aquellas dos desdichadas criaturas. El hígado, es algo
perfectamente serio y estos marineros, que lo tenían bastante tocado, con las
comilonas y las bebilonas que realizaron en la isla consiguieron destruir por
completo la imprescindible víscera. Puedes perder un brazo, una pierna y
lograrás llevarlo hasta con orgullo,
pero los accesorios internos cuídalos, y mejor no los toques, ¡ay amigo, eso
son palabras mayores!
Estas dos muertes eran solo un pequeño eslabón de la cadena alimentaria que
compone la vida; porque observando,…
sencillamente, las cabritas se comían las ramas y hasta la corteza de los arbustos, más tarde los marineros se
comían a las cabritas y ahora toda la tripulación en la cubierta del barco —que
se había detenido – firmes , serios, afectados, esperaban la orden para lanzar
los cuerpos desnudos de sus camaradas en medio del rebaño que al moverse a
ambos lados de la proa del Invencible formaba
grandes remolinos.
Al caer los cadáveres aquello fue la
guerra, las mandíbulas peleaban por acaparar, los huesos crujían al romperse,
la mar se volvió escarlata y en pocos instantes solo quedaban los dos enormes
remolinos llenos de tiburones aún a medio desayunar. “Esto que para nosotros resulta un espectáculo escalofriante y atroz,
para estos legendarios peces resulta tan familiar y normal como una cena de
Navidad, exactamente, la misma crueldad que trinchar el pavo, o comerse un
cabrito, todo depende a veces de quién analiza el asunto y no de quién lo
ejecuta. En algunas ocasiones lo pienso y ni siquiera Cabeza Perro me parece tan malvado o al menos
no más que otros que bajo la alargada sombra de la cruz , el poder de la
espada y
la fuerza devastadora de la pólvora, han aniquilado pueblos enteros,
arrasado culturas importantes, han sometido y esclavizado a “esos salvajes”
– que cinismo señores—porque no conocían al Dios Verdadero, al de los templos
cubiertos de oro, ni tampoco a esas lindas virgencitas de mantos relucientes y
majestuosas coronas llenas de diamantes. Y a veces también me lo pregunto: ¿Que pensará Dios de todo esto? ¿ Que
pensará el creador de la naturaleza, el dios de los océanos, el de los grandes
ríos, el de los lagos, el del ser pequeño, microscópico, el que creó al
elefante y la ballena, el del negro africano y el del indio, que pensará de la
promesa y de la vela, que opinará de nuestras pequeñas historias personales, -
cuando en el Caribe se está formando un gran huracán que segará muchas vidas,
en Asia otro al mismo tiempo arrasará las costas de Birmania y de la India y en
África los animales y los hombres se
mueren de hambre y sobre todo de sed – que pensará “ese Dios Inmenso” al
que todos hacen que sea de su exclusiva
propiedad pero que sin duda no pertenece a ninguno y en todo caso todos
pertenecemos a él como una pequeña parte de su naturaleza.”
¡Perdonen
Señores!, no quería perderme por las alturas, siempre digo cosas de las que
luego me arrepiento, mi vehemencia al desarrollar ciertos temas, más tarde me
abruma y me abochorna.
Siguieron
varios días hacia el Norte, hasta que comenzaron a tropezarse con ejemplares
gigantes de tortuga, eran galápagos de
un enorme tamaño pertenecientes al género testudo T. Gigantea y T. Elephfantopus, estas especies viven en torno a un
archipiélago compuesto por trece islas mayores y varios islotes y escollos. En
tiempos fueron tan abundantes aquí estos extraños animales, que por este motivo
dieron el nombre de Galápagos a estas
islas. Los habitantes del archipiélago vivían de la carne, del aceite y del
caparazón de los galápagos, pero sobre todo de la pesca del cachalote y de la
ballena, además, a sus puertos llegaban balleneros de todas partes pues la zona
era una de las pesquerías más ricas e
importantes del mundo.
La
población de tortugas había sido seriamente diezmada por la ingente cantidad de
balleneros que acudían al lugar, pues en si mismos los galápagos constituyen
una despensa de carne fresca de valor incalculable en las a veces larguísimas
rutas que realizaban éstos valerosos e intrépidos lobos de mar.
La tripulación del Invencible tampoco se sustrajo a la
tentación de cambiar el menú del día añadiéndole carne y sopa de tortuga, por
lo que también se dedicaron a la captura de unos cuantos de estos seres
prehistóricos participando de una manera directa en el aniquilamiento y
esquilmación de la especie.
Cuando el marinero que oteaba el horizonte con el
catalejo desde lo alto de la cofa se convenció que lo que veía no era el lomo
de ninguna ballena sino una tierra grisácea que a medida que avanzaban iba
emergiendo cada vez más del océano, entonces dio la voz de ¡Tierra! era la primera de las islas e inmediatamente Ángel García ordenó rumbo al Oeste y se
retiró a su camarote en el que permaneció enclaustrado durante varios días sin abandonarlo.
La tripulación sabía muy bien porqué lo hacía, que prefería esconderse y no
tropezar ni con la vista a los balleneros, porque sí tenía la mala suerte de
oler a alguno de ellos no le quedaría otra alternativa que hundirlos.
Como la
diminuta oruga que va minando la hoja abriéndose camino a través de ella, de
esta manera hiriendo el océano con su proa y rasgando el agua con la quilla el Invencible penetraba cada vez más hacia
el corazón del Pacífico llevando en sus espaldas a Cabeza Perro y aquella audaz y decidida horda de tunantes.
- Nelson,
reúneme a todos los muchachos en el puente - Esto fue lo primero que dijo el
capitán al abandonar su auto-reclusión. Nelson
transmitió la orden de inmediato y en un par de minutos toda la tripulación se
encontraba en la cubierta, firmes y atentos a escuchar el motivo de aquella
urgente convocatoria.
¡Marineros! - Tronó la voz del
pirata—Les he convocado esta mañana porque, creo llegado el momento que sepáis,
es necesario, es importante que ustedes conozcan donde vamos y, lo que según
mis planes debemos hacer. Seguramente os
habrá extrañado que, a estas alturas, con tantos días como llevamos de
navegación,… aún no hayáis recibido orden de atacar a ninguna posible presa,
pues bien, en este viaje vamos a realizar un cambio radical en nuestra forma de actuar. ¿Por qué este
giro en nuestro proceder? Es bien sencillo, necesitamos que se olviden de
nosotros por el momento y la manera más fácil es la siguiente: No atacaremos a
los barcos mercantes, de momento no, no lo haremos, tampoco a ningún otro tipo
de embarcación. ¿Y entonces que haremos? ¡Tranquilos muchachos, tranquilos!
¡ja, ja, ja... Retirarnos a alguna isla de la Polinesia... Ja, ja, ja... A
comer frutas tropicales y a disfrutar de sus mujeres, ¡ah!.. Eso no estaría
nada mal, pero no, no nos dedicaremos a eso ni tampoco al negocio de la copra,
no me los imagino a ustedes trepando por las palmeras como si los troncos
fueran mástiles, verán... Nuestro objetivo está en la Indonesia, alrededor de
la isla de Java y de Sumatra... En el Mar de la China. Si muchachos, nuestro
objetivo son los Corsarios Malayos,
efectivamente atacaremos solamente barcos piratas y de esta manera dejaremos en
paz por una larga temporada a los mercantes, que piensen que hemos desmontado
el negocio... ¡Que os parece muchachos!
¡Capitán, esos Malayos se van a acordar de su Malaya madre! Soltó
uno de aquellos aguerridos marineros y los demás le corearon: ¡Se van a acordar,
se van a acordar! ¡Hurra, por nuestro capitán!
Los planes del capitán habían tenido
la mejor de las acogidas y eso a éste le produjo una satisfacción imposible de
disimular, por lo que rió abiertamente con ellos y juntos, todos, lanzaron
poderosos hurras, que hicieron retemblar todo el barco desde el bauprés hasta
la popa.
- Un momento muchachos – dijo el
capitán – nos quedan aún muchas jornadas para llegar, por lo tanto, a llegado
la hora de preparar nuestra estrategia
de una manera seria, cuando se presente la primera ocasión no quisiera
encontrarme con sorpresas desagradables. Ellos están en su terreno, conocen
palmo a palmo esos mares, son valientes como nadie, no les importa morir, eso
es mucho a su favor. Nosotros, tenemos que ser lo suficientemente hábiles y
astutos, para con nuestra inteligencia y osadía sorprenderles. Si, la sorpresa de lo inesperado, eso está de
nuestra parte, pero tenemos que agregarle mucho valor y un coraje que ustedes
ya me han demostrado suficientemente.
El Invencible continuaba avanzando lentamente, pues el aire no ayudaba demasiado y
este océano estaba haciendo honor a su nombre con una fidelidad absoluta.
Cuando se presentaba algo de aire casi siempre había que avanzar ciñendo las
velas, en raras ocasiones soplaba el
viento a través, y a lo largo—aire que soplara por la popa—aún no se había
dejado sentir.
<<- nos estamos sumergiendo locamente en las
garras de la vorágine
y entre el bramido, el rugido y el retronar del océano
y la tempestad, el
buque retiembla todo -¡oh Dios- ¡ y se hunde!>>
EDGAR ALLAN POE.
V I
Una tarde poco antes del anochecer, observaron
a unas millas en el horizonte, bajo la luz rosácea del crepúsculo, como se
recortaba la elegante figura de una
goleta. Llevaba ésta todo el velamen extendido y tanto el casco como las
velas eran totalmente blancos. Viajaba a una velocidad ligeramente inferior a
la del Invencible, anocheció, la goleta siguió a todo trapo y sin ninguna luz
en la popa que hiciera notar su presencia. En la oscuridad Ángel García ordenó recoger parte de las velas y seguir a distancia aquella fantasmagórica
goleta cuya silueta apenas se divisaba en medio de la noche. Cabeza Perro mandó que no se la perdiera
de vista en toda la noche y en cuanto despuntara el día dijo que le llamaran, pues a la luz quería
hacerle una pasada y ver de quienes se trataba, no sabía a que se debía, pero
aquella extraña forma de navegar le producía una cierta inquietud, un
desasosiego que no eran frecuentes en un individuo de su calaña.
Al amanecer la goleta igual que había venido desapareció
misteriosamente y los marineros que estaban de guardia y que la habían vigilado a distancia durante la noche no se lo explicaban.
- ¡Nelson, mis ordenes fueron bien claras!, ¿porqué no se me informó
cuando la goleta cambió de rumbo? Dijo Cabeza
Perro de bastante mal humor. Capitán, personalmente observé la goleta hasta el amanecer y le aseguro
que no cambió de rumbo. A medida que la luz de la alborada aumentaba la imagen
de la goleta se hacía cada vez más borrosa, se fue difuminando, hasta que con la luz del Sol
desapareció como si se tratara de una estrella.
- Parece cosa del maldito diablo
—Soltó el capitán de mal talante, como si hubiese dormido mal y se hubiera
despertado peor aún. —Estos mares no me gustan un carajo, ocurren cosas que no
entiendo, pero ni una palabra a los muchachos,¿entiendes Nelson?, ni una sola palabra,
(aquí todo, es normal ).
- Si capitán todo marcha bien, según
lo previsto, si mi capitán dice que es normal, es que lo es, sin lugar a dudas.
Pero confidencialmente mi capitán, es que la camisa no se me pega al cuerpo y
los pelos de la cabeza me hacen saltar la gorra.
En todo el día no se volvió a comentar el asunto y las horas
transcurrían lentas, con la más absoluta normalidad, aunque el rumor de lo
ocurrido se había extendido por todo el barco y los supersticiosos marineros se
encontraban aterrados.
La jornada pasó con la rutinaria normalidad acostumbrada abordo,
ejecutando las faenas que correspondía hacer a diario y las que pertenecían a
ese día de la semana, pero al llegar a esa hora neutra del atardecer en que ya
no es de día pero tampoco es de noche, un marinero señaló al horizonte y todos
se quedaron helados, mudos, incapaces de reaccionar,… porque allí estaba otra
vez la goleta de la noche anterior con su impoluto velamen insolentemente
desplegado, desafiándoles con su apacible y serena estampa.
Inmediatamente llamaron al capitán y éste al presentarse no pudo
evitar una exclamación: ¡Maldito barco, ahí está otra vez! ¡Larguen todas las velas, hay que dar
alcance a ese escurridizo falucho!
Al capitán se le notaba visiblemente nervioso, quería alcanzar al
barco a toda costa, tenía que hacerlo como fuera, estaba en juego: la seguridad
de su barco y el respeto y la confianza de aquellos hombres hacia él, había
que atrapar a aquel condenado barco y
hundirlo si fuera necesario para volver a pisar fuerte y seguro sobre la
cubierta del Invencible y entonces
recobrar la serenidad perdida. No quedó un solo palmo de vela en el Invencible que no fuera estirado, los
marineros caminaban por las vergas como auténticos monos, juanetes y
sobrejuanetes fueron desplegados rápidamente y el barco más que cortar la mar
se deslizaba encima de ésta, solo a veces la proa se hundía en ella
y entonces un torrente de
espumosa agua recorría la cubierta y saltaba por las bordas.
Capitán llevamos más de dos horas siguiéndolo
y mantiene la distancia, ¡es increíble Capitán! – decía Nelson con voz absolutamente angustiosa, llena de impotencia y de
miedo.
- Nelson,
verás que le alcanzaremos, eso ni siquiera lo dudes, tarde o temprano le daré
alcance y entonces todos reiremos, porque yo no le temo a nada de lo que existe
debajo del agua ni tampoco a lo que hay encima de ella, como tampoco me da miedo
ese insolente falucho. —Así hablaba el capitán y nunca sabremos si lo hacía
convencido o solamente para animar a su desanimado subalterno.
Se había adentrado ya la noche, pero la tripulación del Invencible se
encontraba tensa y sudorosa a pesar del frío y cortante aire que barría la cubierta. Los marineros estaban acogotados por el miedo,
aquellos hombres eran valientes, no dudaban en cortar a un hombre por la mitad
con la helada y cegadora hoja de su machete, no les importaba arriesgarse a
morir de igual manera, pero ante las cosas que rayaban lo sobrenatural eran
bastante supersticiosos y cobardes.
La caza continuaba, pálido frente a la bitácora el capitán parecía una
estatua de sal, jamás se había sentido tan humillado, ni tan impotente como
ahora, llevaban más de cuatro horas seguidas persiguiendo aquel barco fantasma,
arriesgándolo todo y no se podía decir que le hubieran ganado una sola pulgada
de distancia, la goleta les continuaba ofreciendo su borrosa imagen en medio de
la oscuridad como si estuviera
realizando con ellos un vil y cruel juego
macabro.
Un hombre tenso hasta el limite de sus fuerzas es semejante a una
vieja y pasada cuerda que al tensarla demasiado nunca se sabe el sitio justo
por donde se va a romper, pero la soga de Cabeza
de Perro siempre se rompía por el mismo lugar, tenía su parte más
vulnerable y en este caso se partió bruscamente. Como un latigazo brotó la
cólera en él, sus ojos se inyectaron de sangre y enseguida también las ideas se
le tiñeron de rojo, todos los pensamientos se convirtieron en uno, hacer desaparecer aquella humillación que
había tomado la forma de un barco. Como no habían podido abordarlo ni acercarse a él lo más
mínimo por más que lo habían intentado con todas sus fuerzas, la decisión de cañonearle era ya
irrevocable.
Cuando miramos hacia atrás siempre encontramos alguna estupidez que
hicimos y de la que quisiéramos escondernos porque no nos sentimos orgullosos
de ella, yo creo que Ángel García
también se abochornaría siempre de haber intentado quitarse el miedo aquella
noche a fuerza de cañonazos a sabiendas de que todo era absolutamente inútil.
Por unos momentos el Invencible cambió ligeramente el rumbo y todos los cañones de la banda de estribor
apuntaron a la desafortunada goleta.
Al unísono, todas aquellas mortíferas armas asesinas abrieron fuego y el propio
barco pareció que iba a saltar en pedazos debido al fuerte retroceso de la
artillería. La blanca goleta
a la luz de los proyectiles apareció como un cisne, más elegante,
inofensiva y bella que nunca.
Esta brutal andanada de balas de cañón cayó encima del pacífico velero
y detrás de ésta le siguió otra y otra haciéndolo desaparecer en mil pedazos,
los proyectiles seguían cayendo y donde estuvo la goleta ahora las balas
levantaban una enorme y negra montaña de agua. Cesó el fuego y la noche quedó
tranquila y silenciosa después de la barbarie, los artilleros se
encontraban inmensamente satisfechos por
un trabajo bien realizado y en sus caras de payasos ahumadas por la pólvora
había amplias sonrisas, humanas sonrisas de seguridad y de triunfo.
También el capitán le hacía
notar a Nelson con grandilocuentes
palabras la seguridad absoluta que él
había tenido en el éxito de esta eficaz y brillante operación. Mira Nelson, ahora comprobarás con tus propios ojos como flotan como si
fueran sucias gaviotas los restos de ese
condenado falucho.
Llegaron al sitio justo donde habían hundido el barco y todos
corrieron a contemplar los despojos, pero encima de las olas no se divisaba ni
el más pequeño trozo de madera, ni la más insignificante señal dejaba
testimonio de la catástrofe que terminaba de acontecer en aquel lugar, por más
que alumbraron con faroles no encontraron nada, pensaron que tal vez habían
pasado de largo pues con la noche es bastante difícil localizar una determinada
posición en medio del agua cuando no existe nada que lo señalice.
Aunque bastante a disgusto, el capitán mandó seguir adelante porque
era inútil continuar buscando en medio de la noche. Recogieron parte de la
vela, pues era de locos mantener aquella velocidad endiablada que llevaban y ya
recobrada la tranquilidad Ángel García
se disponía a volver a su cámara pero una última mirada al frente le dejó
petrificado en el puente, pues contra toda lógica, una vez más allí estaba
frente a él la blanca goleta que
escasos momentos antes habían cañoneado y hundido. Todos los hombres observaban
aquel barco mágico invulnerable a las
balas de cañón, indestructible y horrorosamente apacible como una blanca paloma
cuando se detiene a beber en una tranquila fuente a la caída del Sol.
¡Muchachos! - Dijo el capitán con voz
quebrada—Hemos luchado contra el diablo y no logramos vencerle, ¡que nadie le provoque, por lo que más
quieran... Que nadie le provoque! Dicho esto, el capitán pálido y
tembloroso descendió a su camarote paladeando el amargo sabor del miedo y de
la más contundente derrota.
Toda esa noche la goleta se
mantuvo visible, pero como ya había ocurrido anteriormente en cuanto
aparecieron los primeros rayos de sol ésta se esfumó tan misteriosamente como
había llegado. En todo ese día no le divisaron por ninguna parte, todos
esperaban que llegara la noche con verdadera inquietud, a medida que ésta se
aproximaba aumentaba el nerviosismo y el pánico se generalizaba como una
enfermedad contagiosa.
Oscureció y contrariamente a lo que se esperaba la goleta no apareció
por ninguna parte, la noche transcurrió con absoluta normalidad, todos dejaron
de sentir aquella terrible sensación de ahogo que les oprimía y algunos hasta
consiguieron dormir. A la mañana siguiente amaneció cubierto por una espesa
niebla que no dejaba ver más allá de un tiro de piedra por delante del barco,
navegar en esa situación era una operación altamente arriesgada y difícil,
debido a lo cual navegaban a palo seco para ralentizar la marcha ya que esta
vez si que llevaban el viento de popa. Continuaron así durante varias
horas más, hasta que bruscamente se
disipó la niebla, afortunadamente, porque entonces se dieron cuenta de lo cerca
que habían estado de colisionar con otro barco que navegaba en paralelo a ellos
aunque ligeramente más adelantado. El barco en cuestión era un velero tipo goleta y cuyos rasgos más significativos
consistían en una peculiar originalidad, llevar su casco y sus velas del mismo
color, absoluta y endiabladamente
blancos. Inmediatamente reconocieron al barco, como a la misma goleta
que les había visitado durante varias
noches consecutivas y que ellos mismos habían perseguido sin piedad, cañoneado
y hundido.
Inexplicablemente ahora no les producía ni el más mínimo temor,
rápidamente intentaron ponerse a su altura y lo estaban consiguiendo.
Extrañamente los marineros que estaban en la cubierta de la goleta actuaban
como si ignoraran la presencia del barco que trataba de abordarlos, seguían
agachados, ocupados en sus faenas,
ajenos a todo lo que estaba ocurriendo. El propio capitán llevaba el
timón de la goleta mirando al horizonte y sin volver la vista ni una sola vez
hacia atrás. Haciendo juego tal vez con su barco también el capitán vestía de
riguroso blanco exceptuando su elegante gorra azul.
La tripulación del Invencible
estaba preparada por si era necesario un abordaje, estaban llegando a la altura
del misterioso barco y cuando Ángel
García contempló el rostro descarnado y los ojos vacíos del hombre que iba fuerte y obsesivamente
aferrado al timón; en un instante la mente se le iluminó y lo comprendió todo.
Aquellos marineros agachados en las más absurdas y grotescas posturas, eran ya, pura y simplemente
cadáveres, las grandes y bien visibles
cruces rojas que estaban pintadas por todo el barco venían a confirmarlo.
Alguna maldita epidemia de esas que son tan frecuentes por aquellas latitudes
acabó con toda la tripulación de la goleta que ahora vagaba con las velas
desplegadas errante y sin ningún control como un verdadero fantasma llevando su
cargamento de cadáveres y repartiendo la epidemia y la muerte por donde iba
pasando.
Cabeza de Perro ordenó lanzar unas cuantas antorchas sobre la goleta que
inmediatamente comenzaron a arder, el fuego rápidamente se extendió por todo el
barco y mientras se alejaban de allí a toda prisa vieron como su inmaculado
velamen también se convertía en una gigantesca y humeante antorcha.
Mientras el fuego purificador consumía a la goleta como si fuese una
gran pira funeraria, aquel puñado de granujas que la observaba, jamás podría
olvidar al barco cuyo fantasma se les apareció tal y como era, días antes de
tropezar con él por pura casualidad. Entre la tripulación se produjo una
amnesia general como si se hubieran puesto todos de mutuo acuerdo y nunca más
volvieron a comentar entre ellos aquel desagradable y misterioso asunto.
<< Las
muelas las consideraba como trozos de marfil, las cabezas
las tomaba por
motones de virador; a los hombres mismos,
los trataba con tanta
ligereza como cabrestantes. >>
HERMAN MELVILLE.
V I I
Después de muchos días de imparable marcha por el Océano Pacífico
habían llegado a la gran isla de Nueva Guinea y seguían adentrándose en el
archipiélago Indonesio según los planes que el capitán cuidadosamente había
elaborado a lo largo del viaje, porque en su fría y calculadora mente de pirata
no faltaba ningún detalle con respecto a ésta interesante pero arriesgada
empresa que les había conducido hasta allí.
Ocultando
cualquier signo externo que hiciera pensar en su increíble capacidad guerrera,
navegando con bandera portuguesa y simulando ser un barco mercante, bien pronto
el Invencible se hizo perseguir por
los feroces piratas que asolaban aquellos mares. Estos piratas orientales
actuaban como auténticos carroñeros al no seleccionar en absoluto a sus presas,
porque a la hora del ataque no les importaba el tamaño de su enemigo, eran
veloces, eficaces y certeros, con la habilidad innata que llevan en la sangre
los halcones.
Las
primeras operaciones de Cabeza Perro
y su gente en aquel archipiélago resultaron un gran éxito estratégico, pero un
mal asunto... Un completo fracaso en lo económico, pues debido al excesivo
número de piratas que actuaban en aquella zona la competencia entre ellos era
brutal. En muchos de éstos barcos te podías volver loco buscando y no
encontrabas un solo objeto de valor
aunque utilizaras los más sofisticados métodos de búsqueda y las más
grandes y eficaces lupas, y es que la gran mayoría de aquellos piratas
vagabundeaba en la más solemne de las miserias.
Si
bien el botín conseguido era inapreciable, por no decir que prácticamente nulo,
Ángel García no dudó en reponer las
bajas sufridas en su tripulación desde que salieron de La Habana, con algunos
hombres de los más sanos que fueron capturados en los últimos abordajes, por lo
que se podía asegurar sin pecar de exageración que en aquellos momentos el Invencible poseía la tripulación más
pintoresca y variada de todo el planeta. Estos tripulantes Malayos, tenían una capacidad de adaptación increíble, pues en
pocos días ya chapurreaban el castellano y lo entendían de una manera
asombrosa. Estaban contentísimos de encontrarse al servicio de Cabeza Perro y abordo de un barco como el Invencible donde la comida era
abundante y buena... Carne de cabra... De tortuga... etc.
El
encuentro con el ron para aquellos hombres venidos de una vida de hambre y
absolutamente miserable, fue descubrir para ellos un paraíso totalmente
desconocido hasta entonces. Por estos motivos sentían una inmensa gratitud -
aunque resulte paradójico - hacia la gente que les había apresado y, sobre todo,
por el capitán, que desde el primer momento confió en ellos otorgándoles
también los mismos derechos que ya
poseían todos los demás miembros de la tripulación.
A
través de sus nuevos marineros Ángel
García pudo conocer con detalle la manera de actuar de aquellos piratas.
También supo que entre ellos solo había uno verdaderamente importante, le
llamaban “El Sultán” y su barco, “El
Dragón Negro”, iba siempre escoltado por una flotilla compuesta por dos o
tres barcos que eran los que realmente atacaban. El Dragón Negro se limitaba al transporte del Sultán con su corte
de concubinas y, de su servicio, un verdadero ejército de holgazanes,
melindrosos y aduladores, desparramados por todo el barco, pero sobre todo por
sus salones –cuyos pisos estaban cubiertos por las más ricas alfombras, las
paredes adornadas con multitud de objetos de oro y plata, y una inmensa
colección de estatuillas, unas de marfil y otras de auténtico jade, acabadas
delicadamente con ámbar y con las más diversas y variadas piedras preciosas –
que convertían al Dragón Negro en el más lujoso y rico palacio flotante.
Después de estas
valiosísimas informaciones sobre “El
Sultán “y su rica y cómoda barca, estaba bastante claro cual debía ser el
más importante por no decir el único objetivo que podía retener a Cabeza Perro y a sus hombres en aquel
peligroso y complicado archipiélago. Los nuevos tripulantes estaban realizando
una labor como guías y confidentes que no tenía precio. Serían éstos quienes
les condujeran hasta El Sultán, ellos
conocían mejor que nadie por donde se movía su majestad, el rey de todos los
piratas del lejano Oriente.
El
Invencible merodeó por el Sur del Mar
de la China, y recorrió la mayoría del archipiélago Malayo, la disciplinada y valerosa tripulación junto al seco,
astuto y malvado capitán, pudieron comprobar de primera mano, lo difícil que
era mantenerse fuera del alcance de las hordas de piratas que por aquel tiempo
infectaban aquellas aguas con su maléfica presencia. Durante semanas rehuyeron
el enfrentamiento con los juncos piratas que con bastante frecuencia les
perseguían. Pero no siempre conseguían dejarles atrás para eludir la pelea,
pues, estos juncos, son barcos de fondo plano que no tienen quilla y se
deslizan por encima del agua a velocidades increíbles. En algunas ocasiones se
vieron obligados a luchar, a sabiendas, de que no había nada que ganar y si
todo para perder. Pero la terrible insistencia de aquellos valientes y salvajes
malayos ponía ante ellos solo una salida, la de pelear para defender el barco y
para conservar la vida.
<< El desollado cuerpo blanco del
cachalote decapitado
resplandece como una sepultura de mármol
>>
HERMAN MELVILLE.
V
I I I
Capitán – dijo Nelson a éste una noche mientras navegaban frente a
las costas de Sumatra - ¿Cree usted en toda esa historia del Dragón Negro? ¿No será un invento, una
especie de (El Dorado) de esos malayos
para enloquecernos dando vueltas sin conseguir dar jamás con nuestro objetivo?
- No –
respondió Cabeza Perro – te aseguro
que esos muchachos dicen la verdad, de eso no tengo dudas. Los pobres, Nelson, nunca tienen patria, ni bandera,
son de todas partes y de ninguna, pero suelen ser fieles a quienes les respetan
y a quien mejor les da de comer, por ese pabellón luchan hasta morir. Será
cuestión de tiempo encontrar al Sultán,
pero al final daremos con él, eso ni siquiera lo dudes. A tu edad yo también
tenía mis dudas, después pasé una época de una insolente seguridad en todo lo
que hacía, era la fuerza arrolladora de la juventud. Ahora,… ya ha dejado de
preocuparme el futuro, porque, además de ser un esfuerzo baldío, me impediría
disfrutar del presente, y cuantos más años uno va teniendo, más consciente es,
de que en realidad solo cuenta el presente. Por eso, Nelson, disfruta mientras puedas de la agradable ignorancia de la
juventud y perdona que me haya puesto tan serio, pero es que los años cuartean
hasta los cueros de la mejor calidad.
- Ya me
gustaría estar tan seguro como usted de la existencia de ese cascarón lleno de
oro, aunque fuera escoltado por el mismísimo Satanás –dijo Nelson con absoluta incredulidad.
- Mira muchacho, ese castillo de oro existe,
de lo que ya no estoy tan seguro es de como demonios vamos a conquistarlo,
tendremos que luchar por lo menos con dos o tres barcos a la vez y aunque al
parecer el Dragón Negro ni siquiera
va armado será suficiente la escolta que lleva para ponérnoslo muy, pero que
muy difícil. De momento disfruta de estos aires orientales y vete guardando
todo en la mente pues, seguramente,
algún día, te complacerá contarle a tus nietos esta rocambolesca aventura,
quizá en ese momento ya la piratería tal como la conocemos haya pasado a la
historia.
- ¿De verdad, cree usted que se
terminará la piratería?
- Si, esta profesión está llegando a
su fin... Y recuerda que te lo dije yo.
- Usted nunca se equivoca capitán. -
Dijo Nelson dándole la razón, pero a
la vez pensaba, “Que tediosos llegan a ser los viejos.” El capitán como si le
hubiera adivinado el pensamiento dijo: Evidentemente, cuando somos jóvenes los
viejos en ocasiones pueden resultarnos terriblemente pesados repitiendo cosas
que resultan obvias y que a veces no lo son tanto. Ahora seguiremos hacia el
Sur y desde la isla de Java a la de Timor en esa trayectoria seguramente nos
tropezaremos con el Sultán. - Dicho esto el capitán dio las buenas noches a Nelson y se retiró a su camarote.
Nelson consideraba al capitán, como al padre que nunca conoció, no era nada
extraño, pues había empezado como grumete a los catorce años y el capitán le
había aportado todos los conocimientos que poseía sobre navegación y la
experiencia de como mandar un barco se la debía también a él. Hubiese sido
terriblemente ingrato si no hubiera considerado todo lo que el capitán había
hecho por su formación y el interés que se había tomado por su persona. Angel García tenía al parecer un hijo,
pero éste jamás sintió ni la más pequeña inclinación hacia la mar, quizá fuese
este el motivo por el cual Cabeza Perro
se volcó en formar a este muchacho y en hacer de él un joven con la
experiencia y el dominio y el valor
suficiente para la dirección y el mando de cualquier barco.
Con puntualidad
británica el pirata recalaba por la isla
de Jamaica, pues siempre
conseguía allí a los mejores marineros para su tripulación. Era el abuelo de Nelson,
jamaicano, y también uno de sus mejores y más viejos tripulantes,
por eso, al morir su hija, y el chico carecer de padre reconocido, éste,
recogió al nieto y lo llevó con él. Inmediatamente puso al muchacho a baldear
la cubierta y a limpiar las letrinas para que fuera aprendiendo bien el oficio
empezando desde abajo. Dos años más tarde, al morir el abuelo, el capitán se
encargó de la tutela del muchacho y cual no sería el empeño de su tutor, que cuando
estaban en tierra el joven vivía en la casa de éste con su familia, y además le
pagaba un profesor particular para que el muchacho recibiera una educación que
el propio Angel García no había
tenido jamás. En aquel momento Nelson,
era ya, un joven de veinticinco años, alto, fuerte, atractivo, con el cabello negro azabache y los ojos verdes.
Se notaba su sangre procedente de la vieja Europa. Estaba holgadamente
preparado para comerse al propio mundo. El joven sabía que Angel García le quería como a su propio hijo, aunque el carácter
estricto y seco del capitán jamás dejaba translucir el menor indicio de afecto
hacia nadie y en eso tampoco él era una excepción .Por lo demás, la relación
entre ambos, se basaba, en un gran respeto por parte de los dos y una especie
de soterrada camaradería que era también extensible al resto de la tripulación,
a todo esto se unía la gran admiración y el influjo que ejercía sobre el joven
la personalidad de su adusto protector.
<<¡A
todos, que a uno solo jamás se hubiera rendido el San Juan!>>
¡TRAFALGAR!
BENITO PEREZ GALDOS.
I X
Siguieron hacia el Sur cerca de las costas de Sumatra, y continuaron costeando las
islas de la Sonda hasta llegar a la
isla de Bali. Cuando algo está
predestinado que va a ocurrir por muchos rodeos que se le de, siempre termina
cumpliéndose, por eso Cabeza de Perro
encontró al Sultán o no se si ocurrió
al revés que fue el Sultán quién tropezó con él, pero lo cierto es que
estos dos personajes desde antes de salir del seno materno llevaban escrito en sus vidas este funesto
encuentro.
Sucedió una tarde,
después de haber recorrido el sol las
dos terceras partes alcanzado ya su cenit, cuando desde la cofa del Invencible avistaron los palos de
cuatro naves, una de ellas se destacaba de las demás por su gran tamaño, por
sus altas bordas y sobre todo por sus velas negras. Cabeza de Perro mandó trepar a lo alto a dos de los malayos y éstos
confirmaron que efectivamente se trataba del Dragón Negro. Formando su escolta le acompañaban tres juncos, como
tres feroces perros de presa dispuestos
a destrozar cualquier cosa que se interpusiera en su camino.
Se encontraban frente a
las costas de la isla de Bali, la
hermosa isla del arroz. El Dragón Negro
y su pequeña escuadra aparecieron del Sur y se notaba que éste se iba quedando
rezagado, mientras los tres juncos delante de él avanzaban en formación,
navegando en paralelo los tres. Con bastante antelación éstos se habían
percatado también de la presencia del Invencible, por lo cual, lejos de
detenerse seguían hacia él decididos a
abordarle. En el Invencible también se aprestaban con la intención de luchar y
defenderse hasta la muerte vendiendo a muy alto precio sus vidas.
Inmediatamente el capitán mandó que recogieran las velas y decidió esperarles. Izaron una bandera blanca como señal de rendición aunque
las intenciones de Angel García eran
totalmente opuestas a entregarse, o al menos a hacerlo sin pelear, pues no era
ese su estilo. Se trataba de una sencilla estratagema para acercarlos a la
lucha cuerpo a cuerpo, que era la que a éste verdaderamente le interesaba.
- Rápido muchachos, hay que subir a
cubierta este cajón – decía Cabeza Perro,
mientras señalaba una caja oblonga a
media docena de sus hombres. Éstos se apresuraron a subir el alargado cajón,
haciendo un considerable esfuerzo debido al enorme peso de éste.
- Ese cajón, debiera haber estado
arriba hace días, - Se lamentaba el capitán -
tanto preparar las cosas y se me escapaba el detalle más importante,
ustedes suban esta otra caja y deprisa que lo uno no funciona sin lo otro.
Las dos cajas, la una
con forma de ataúd y la otra cuadrada más pequeña, rápidamente, en apenas unos
pocos instantes estuvieron arriba en la cubierta. Cualquiera hubiera dicho que
se preparaban para un entierro, pues en la caja grande muy bien podía venir el
muerto y en la pequeña todas las cosas necesarias para un buen funeral.
Abiertas las cerraduras de ambas cajas quedó al descubierto su
contenido. En la caja grande había una especie de cañón aunque realmente no lo
era; pues, alrededor de un tubo central tenía una serie de seis tubos paralelos
que giraban en torno a un cajón de mecanismo fijo. Una manivela accionada con
la mano izquierda servía para hacer girar los tubos, mientras la mano derecha
quedaba libre para ocuparse del gatillo. El invento de este extraño artefacto
se debía a la portentosa inteligencia de un gringo, Richard Gatlín era el padre de esta infame criatura. Se decía que
con este invento el ejército de los Estados Unidos había hecho una verdadera
masacre en una reserva india donde al parecer se habían levantado en rebeldía
algunos Pieles Rojas. Aunque no
faltan también los que aseguran que fueron grandes intereses ganaderos los
motivos para barrer de la faz de la tierra a una tribu completa, que ocupaba una
zona inmensamente rica en pastos.
En la caja pequeña había
una interminable cinta de balas, que como una víbora, se replegaba sobre si
misma una y otra vez de un lado al otro de la caja. En lo que el diablo se
estriega un ojo quedó instalado el cañón encima de un trípode y conectada a él
la cinta de balas que le alimentaba de plomo. Un trozo de vela roto había
servido para ocultar toda la maniobra y a esta prodigiosa arma, que el capitán,
como si de una escalera de ases se tratara se había guardado tan celosamente en
la manga.
Nelson, tú y los demás hombres a una
banda, mientras yo me encargo de repartir fuego por la otra. - Ordenaba el
capitán, mientras dejaba lista el arma para comenzar a usarla.
Ya no quedaba tiempo, estaban rodeados por los tres juncos, el
griterío era impresionante, con un rumor de mil carretas o como si les atacase
un verdadero enjambre de abejas asesinas los orientales se les echaron encima.
Dos de los juncos se aproximaron al
Invencible por el lado de estribor y las cadenas con sus correspondientes
garfios fueron lanzadas sobre la cubierta del barco acosado, hicieron presa y
ya, solo era cuestión de unir las bordas. El tercero les embistió por el lado
de babor y también les lanzó sus cadenas, festejando todos con grandes alharacas
la anunciada rendición del barco abordado. Como si de un condenado a muerte se
tratara, el Invencible cubierto de cadenas, humillado y sometido, aparentaba
solamente esperar el recio golpe de la mano del verdugo.
¡Ahora muchachos! - Gritó el capitán,
al tiempo que el trozo de vela volaba por los aires y aparecía detrás de
aquella arma infernal, cuyos seis tubos giraban sin parar lanzando llamaradas.
Plomo y muerte sin cesar, salían por la boca de aquel monstruo de acero, en
cuyas tripas habitaba el destino de los hombres, pero era su frío corazón de
metal totalmente insensible y ajeno a cuanto brotaba de su boca.
Desde el puente, Ángel García volvió la oscura boca de la
ametralladora hacia el lado de estribor sorprendiendo con la arrasadora fuerza
de un tornado a los incrédulos marineros. Estos, avanzaban por la cubierta sin
comprender en absoluto lo que estaba sucediendo. Y jamás ya lo entenderían,
porque una lluvia de astillas, de balas
y de sangre les cegaba. No obstante trataban de seguir adelante a toda costa,
pero tropezaban con los cuerpos caídos de sus camaradas que ya se maceraban
encima de su propia sangre. De pronto, ellos mismos estiraban los brazos y
soltando al aire, el machete o el arma de fuego como electrizados, comenzaban a
dar saltos en un baile dantesco, mientras a chorros a borbotones su propia
sangre en una horripilante orgía les abandonaba dejándoles secas las entrañas.
El espeso líquido inundó la cubierta
hasta desbordarse y descender por
los costados del barco, dibujando en su inexorable avance caprichosas y
surrealistas formas como si quisiera con
éstas dejar constancia de todo cuanto allí estaba sucediendo.
Pronto terminó aquel
infierno. Cuando el capitán miró a su alrededor; con los ojos inyectados en
sangre, como un lunático; a él, que jamás le habían impresionado ni la sangre
ni la muerte, - pues no en vano siempre había vivido de ellas– la masacre que
contempló, le dio un asco tan intenso que cambió de color y estuvo a punto de
vomitar. Mientras duró la refriega luchando por salvar la vida, no fue
consciente, de que aquella manera de terminar con sus adversarios no estaba
escrita en sus particulares y excéntricos códigos de honor. Por eso con un gesto repentino y
maquinal, - cuya orden sin duda no había partido de su cerebro, sino que
directamente había emergido de sus tripas – con el rostro tremendamente
contraído de rabia y furor, como si le quemara en las manos, arrojó aquella
maldita ametralladora por la borda.
- ¡Nelson, Nelson! –Llamó el capitán con voz imperativa, pero no
obtuvo respuesta alguna.
- ¡Nelson! –repitió una vez
más, pero nadie le respondió, se volvió a sus hombres que le contemplaban con
los rostros pálidos y las ropas ensangrentadas. En sus miradas había algo
trágico, como una inmensa pesadumbre que se derrumbaba ante los ojos ansiosos
del capitán que exigían una respuesta. Ellos se limitaron a fijar sus miradas
en el mar. Allí se encontraba la verdad. En aquel turbulento remolino de aletas
y de sangre estaba la respuesta a la pregunta del capitán.
Cabeza Perro miraba atónito como los tiburones arrancaban grandes
pedazos a los destrozados cuerpos que aún flotaban en medio del torbellino.
Allí también había caído el cuerpo de Nelson;
después de recibir al parecer, una pequeña herida de machete, la cual le hizo
caer de espaldas precipitándose al Océano.
¡Nelson hijo!, ¡Hijo mío! – exclamó el capitán con voz temblorosa, mientras con el
brazo extendido señalaba hacía donde la voraz manada se disputaba los últimos
restos humanos. -¡No fui capaz!, ¡soy, soy... un cobarde! Decía Ángel García. - ¡No, me, no me atreví a,...
decirle que,... era mi,... mi hijo! –tartamudeó dirigiéndose a sus hombres,
mientras éstos veían como dos brillantes lágrimas surcaban el feo y
desagradable rostro del capitán. Por ironías del destino, sus más fieles e
implacables amigos, los tiburones, le habían jugado la más desconsoladora e
irremediable de las pasadas.
Fue una sorpresa para
todos, la desgraciada muerte de Nelson;
pero no lo fue menos, que el propio capitán, reconociera que Nelson era su verdadero hijo. Si bien, algunos de sus más antiguos marineros,
siempre habían tenido fundadas sospechas al respecto, aunque jamás se
atrevieran siquiera a comentarlo. Los marineros, no lo entendían, ¿por qué, el
capitán había mantenido durante tantos años este secreto? Ahora resultaba más
terrible que nunca y no por el secreto en sí, pues éste, ya les había dejado de
importar. Lo verdaderamente doloroso era, que Nelson, jamás sospechó la verdad, y ya no la sabría nunca. Aquel
había sido, sin duda, el típico producto, la cosecha conseguida, pero jamás
reconocida, de una quizá, tórrida y romántica historia de amor.
¡Tuerto! – llamó el capitán, mientras se secaba la mejilla con el torso de la
mano.
- ¡A la orden
capitán! – respondió el tuerto, un tal Dámaso de nombre y de apellido
Gutiérrez, aunque para todos era solo... “El
Tuerto” y con razón: pues Dámaso, solamente conservaba un ojo.
- De ahora en adelante... tú ocuparas su puesto. –
Dijo el capitán y añadió – Y si tienes algo que decir... dilo ahora.
- ¡Como usted mande capitán! ¡Estoy a sus órdenes! –
casi gritó El Tuerto.
- Bien, pues desde este momento Tú,... eres el
segundo de a bordo. Ocúpate de que se traspase todo el botín que encontréis en
cada uno de los barcos, a las bodegas del Invencible,
pero primero ocúpense del Dragón Negro.
Es por él, por lo que verdaderamente hemos luchado y ahí está frente a nosotros
tratando de alejarse. Yo me voy abajo, porque no me siento nada bien.
Después
de almacenar el cuantioso y valioso botín en las bodegas del Invencible, - quedando éstas casi a
rebosar- dejaron libres a todos los barcos enemigos, con los escasos
supervivientes que quedaron. Y sin pensarlo dos veces, se alejaron de aquellos
mares a toda prisa, pues no tenía sentido permanecer por más tiempo en un
lugar, al ya le habían extraído la cosecha, pero donde podían ser atacados en
cualquier momento por grupos de hambrientos piratas. Y de esta manera
victoriosa y triste a la vez por la muerte inesperada de un joven valiente,
pusieron fin a su aventura en el Oriente
Lejano.
<< ¡Hijos míos: en nombre de Dios, prometo la bienaventuranza
al que muera cumpliendo con sus deberes! >>
¡TRAFALGAR!
BENITO PEREZ GALDOS.
x
El capitán, ahora mantenía una sola obsesión,
llegar al archipiélago canario, justo y concretamente a su centro. Donde estaba
la isla de la gran montaña blanca. Sí, efectivamente, Tenerife con su enorme
pico volcánico, El Teide, ese era su verdadero objetivo y pensaba llegar aunque
fuera la última tarea que realizara en este mundo. (Ya eran conocidas sus escalas en la isla muy cerca de la casa donde
nació para aprovisionarse de agua, precisamente en la también casualmente
llamada “Cueva Del Agua”).Pusieron
rumbo al Cabo de Buena Esperanza, lo
bordearon y, después de infinidad de vientos y desesperantes calmas llegaron al
Sur de la isla de Tenerife.
El
lugar donde llegó el pirata estaba situado en el antiguo reino guanche de Adeje. Era una pequeña y miserable cala
de pescadores, que precisamente era conocida por las gentes de la comarca, como
La Caleta. Nadie ha sabido nunca a
ciencia cierta porque eligió este lugar para su desembarco, aunque si nos
imaginamos, que el sujeto protagonista de nuestra historia, debió considerar,
que éste lugar bastante alejado de la capital, le ofrecía una serie de
garantías en cuanto a su seguridad, la de su barco y la de su gente.
Una mañana casi calma apenas despuntaban
los primeros rayos de Sol llegaron frente a La
Caleta y allí botaron el ancla. Poco más tarde arriaron un bote y en él,
bajó Cabeza de Perro con varios de
sus hombres, que seguidamente remando le conducirían a tierra. Una docena de
chiquillos les observaba desde la orilla.
Los más atrevidos fueron corriendo para ayudarles a
sacar el bote del agua. Mientras los demás se mantenían medio ocultos detrás de
los arbustos, con los ojos muy abiertos, sorprendidos y asustados al ver
aquella gente tan extraña, que había bajado de aquel barco desconocido,
tenebroso e inquietante. Pronto perderían ellos también el miedo, nada más advertir,
como aquel hombre terriblemente feo repartía monedas entre aquellos muchachos
que les habían ayudado en la tarea de varar el bote sobre los callaos de la
playa y, ahora, todos hacían corro alrededor de los recién llegados,
observándoles con asombrosa curiosidad y sin perderse detalle alguno.
En La Caleta,
solamente había un edificio que se podía llamar casa. Era un galpón, cubierto
con tejas rojas y que servía de almacén de mercancías, de venta, de cantina y
de vivienda. Lo demás, eran chozas, con las paredes de barro y piedra, y cuyos
techos eran de cañas y torta de barro. Estas viviendas, estaban tan pegadas
unas a otras; que constituían una pequeña aglomeración, en la cual era difícil
o más bien imposible distinguir la una de la otra, dada escasez y la pobre
uniformidad de su sencilla construcción.
Las mujeres asomadas a las puertas de sus humildes
chozas, descalzas y con sus niños pequeños en brazos, también curioseaban, pues
rara vez ocurría algo diferente en aquella aldea de pescadores. Allí habían
nacido sus padres, nacieron ellas, y también en ésta parieron a sus hijos a
veces con intenso dolor y mucho sufrimiento.
Desde su más tierna infancia, vivieron siempre
paralizadas por el temor a: un “Dios
Represor y Justiciero” pendiente siempre de todo cuanto hacían y hasta de
sus más íntimos pensamientos. Asustaditas, por las tradiciones de sus mayores,
que contaban cosas; como aquello sucedido a algún que otro pescador, por no
respetar la fiesta del Viernes Santo y
haber salido a faenar, el castigo fue: “La captura de un pulpo con
cabeza humana o morenas con cabezas bífidas y sin ojos o seres diabólicos que
se asomaban a la superficie del mar y que a veces tiraban desde las
profundidades hacia abajo de sus pequeñas embarcaciones e intentaban hundirlas.
Pero quizás, la más terrible resultó una historia bastante reciente y de la que
ellas mismas fueron testigos, ocurrió ese día tan señalado; la mar no podía
estar más tranquila, cuando salió un abuelo con su nieto de doce años, tenían
la intención simplemente, de calar unos tambores para coger morenas y volverse
inmediatamente a tierra, después de dejarlos convenientemente señalizados. En
total la faena no duraría más de una
hora, pero ellos nunca regresaron. Dicen que unos pescadores de la isla del Hierro, vieron pasar cerca de la costa
un bote a la deriva, en el que viajaba un venerable anciano de barba blanca, al
que acompañaba un chiquillo de unos doce años aproximadamente. Gritaron los pescadores
a los ocupantes del bote, pero éstos continuaron adelante sin volverse ni una
sola vez. El bote siguió a la deriva a una velocidad endiablada, hasta que le
perdieron de vista, como si fueran remolcados por algún monstruo marino o por
el mismísimo Satanás.”
Los hombres de la aldea pronto aparecieron frente a
la playa a bordo de sus pequeños botes, avanzando rápido a golpe de remo.
Inquietos, por la presencia de un gran barco, desconocido y que permanecía mansamente
fondeado frente a La Caleta.
Angel
García hablaba animadamente con dos ancianos, que
sentados en la mañana aprovechaban los primeros rayos de Sol en beneficio de su
precaria salud, cuando varios pescadores saltaron de sus botes. Ya en tierra,
caminando descalzos y sin abandonar los remos se dirigieron al grupo de
marinos.
-¿Que buscan por aquí? – Preguntó uno de los
pescadores, sin poder disimular su alteración y nerviosismo.
-¡Tranquilos señores! – Dijo Angel García – Somos comerciantes y nos vemos en la necesidad de
trasladar unas mercancías por tierra.
- ¡Pagaré bien, al que me consiga varias bestias de
carga, que las quiero comprar! – Dijo Cabeza
de Perro, levantando bastante la voz para que le oyeran bien. Pero su
acento caribeño lo traicionó.
¡¡Son indianos!! – Dijeron los pescadores al
percibir éste acento inconfundible y familiar en las palabras del capitán y, ya
sin ningún temor se tiraron a abrazarles, dándoles fuertes achuchones, y
callosas palmadas en la espalda.
- ¡¡Muchachos!! – Dijo el capitán dirigiéndose a sus
hombres - ¡bajen el ron! – y el barril de ron fue bajado y la cantina fue
abierta y a esa hora tan temprana de la mañana se celebró tremenda y animada
fiesta. Con gran júbilo, aquellos sencillos hombres de la mar, de uno y otro
lado, festejaron la vuelta a su patria de un hombre de la tierra, después de
largos años de ausencia.
Cuentan,
que el temido y detestado pirata Cabeza
de Perro, fue ampliamente generoso con aquella buena gente y ellos a su
manera y dentro de sus humildes posibilidades también lo fueron con él. Lo
cierto es que un año más tarde, algunas de las chozas fueron reemplazadas por
casitas bien cimentadas, y con sus correspondientes tejaditos, para envidia y
asombro de quienes iban de visita, que solían exclamar: “¡Dicen que la pesca no
da! ¡No da! ¿Quién dice que no da? ”
En
pocas horas, el capitán disponía ya, de las bestias de carga, que él mismo
había mandado comprar. Dichos animales eran; dos mulos –al parecer un par de
pencos flacos y viejos – y un camello – este, dicen, que joven y fuerte. El
camello, sería el que transportaría el pequeño cargamento, compuesto de: dos
grandes cofres; llenos hasta rebosar de objetos valiosos, joyas y monedas de
oro de incalculable valor. Este tesoro pertenecía a una parte considerable del
botín le había correspondido al capitán. El viejo bucanero había decidido
trasladarlo al interior de la isla, con el propósito de esconderlo,
enterrándolo en algún lugar apartado. La idea no era nueva, docenas de piratas
antes que él también habían llevado a cabo ésta misma operación, casi ritual
entre este tipo de gentuza. El continuaba ésta tradición, con la esperanza de
que fuese para él un salvoconducto, que le ayudase algún día a sobre llevar los
difíciles años de su ya cercana vejez.
El capitán volvió al barco y mandó bajar
sus dos cofres a tierra. La operación había sido secreta hasta ese mismo
momento, en que dio a conocer los planes que él tenía a toda su tripulación. El
y dos hombres que voluntariamente le acompañarían, llevarían a cabo la tarea de
trasladar y buscar un lugar apropiado en el que pudiesen esconder aquel valioso
tesoro. Tenían que encontrar un sitio no lejano de la capital, pero a la vez
apartado, seguro, y libre toda curiosidad. Y llevar a termino todo esto sin levantar
algún tipo de sospecha, no era cosa fácil. El tiempo les apremiaba, pues esta
isla podía resultar para ellos una enorme ratonera. Pasar por delante de las
autoridades entrañaba poseer un par de narices y jugarse el tipo sin duda
alguna, pero a él le gustaba volar como a la mosca, dentro de la boca del león.
Al
parecer, Dámaso, recibió ordenes estrictas de cargar allí mismo, agua y
víveres, sobre todo papas e higos pasados, y comprarían también; jaréas –pescados secos – a los pescadores de La Caleta. Hecha la tarea de
aprovisionamiento faena, en la que contaban con la ayuda inestimable de las
gentes de La Caleta, deberían esperar
en el barco, dispuestos a salir pitando ante la menor señal de alarma; pero si
todo marchaba normalmente, al segundo día apenas despuntara el alba marcharían
a la búsqueda del capitán. Este y sus acompañantes ya les estarían esperando,
en un lugar previamente acordado, fijado y convenido sobre un detallado y
auténtico mapa de la isla.
Serían
las tres de la tarde, cuando Cabeza de
Perro montado ya en su flaco rocín, se despidió de los pescadores que
poblaban la pequeña cala. Dos de aquellos hombres se ofrecieron gustosos y
acompañaron la comitiva hasta que ésta enlazó con el camino principal. Allí,
les dieron detalles de cómo seguir adelante y se despidieron con tremendas
maguas, al no poder continuar hacia delante haciendo el camino con ellos.
<< Llegó, por último, un momento en mi cuerpo quemado y
retorcido,
apenas halló sitio para él, apenas hubo lugar para mis pies en el
suelo
de la prisión. >>
“ El Pozo y el Péndulo”
EDGAR ALLAN POE.
X I
El camino era terriblemente angosto y sinuoso. El trasladarse por
tierra, para el capitán y sus dos tripulantes, era sencillamente agotador. No
estaban acostumbrados a caminar y mucho menos a navegar a bordo de unas torpes
cabalgaduras, sin estar habituados a ello y con nulos conocimientos en el arte
de la equitación. Sus delicadas posaderas pronto comenzaron a resentirse, no
terminaban de compenetrarse ni con los mulos, ni con sus viejas albardas. A
tramos, no les quedaba otro remedio que echar pié a tierra y caminar con las
piernas muy abiertas, para aliviarse del intenso calor generado en sus partes
posteriores e inferiores. Avanzar se convertiría en un continuo sufrimiento,
pues terreno llano prácticamente no existía, y todo consistía en un intenso
quebrantahuesos de bajar y subir permanentemente. Descendían por estrechas
sendas que les llevaban hasta el fondo de profundos barrancos, de lisas y
pulidas paredes, labradas por el agua durante miles de años, semejantes a
viejas heridas, que surcaban casi toda la isla desde la cumbre hasta la mar.
Después de un infernal descenso, volvían a subir interminables laderas, cual
Gólgotas que les dejaban agotados, y casi al borde de la extenuación.
La gente que se cruzaba con ellos por el camino, les miraba espantada,
con cara de sorpresa, como si no terminaran de creerse lo que estaban viendo.
Sin lugar a dudas, aquella caravana compuesta por: el propio Cabeza de Perro, un hombre de raza negra
y un malayo, resultaba extraña, y
tremendamente absurda, pero original y pintoresca. Entre el negro y el oriental
se repartían el trabajo de conducir al camello, a lomos del cual, viajaba aquella
valiosa carga, culpable de tan descabellado y torturante viaje.
Al atardecer del segundo
día de viaje, después de cruzar varias aldeas y algunos pequeños pueblos,
llegaron a un pequeño caserío de la comarca de Abona, dentro ya del municipio
de Arico. El citado caserío, se asentaba a la vera de un profundo barranco, él
cual se extendía desde el mismo borde del anfiteatro de Las Cañadas del Teide hasta la mar, por la vertiente Sur- Este. El
caserío se llamaba El Río, y el
nombre suponemos le venía del caudaloso barranco que cruzaba ante sus pies y
que se denominaba de igual manera: “Barranco
del Río”; quizá, porque en años lluviosos solían discurrir por él las
claras aguas, sin interrupción, durante meses enteros. En un tramo más elevado
sus aguas son permanentes. Éstas habían sido canalizadas, cruzando inclinadas
laderas y profundos precipicios que daba vértigo mirar, hasta salir a un
esplendoroso valle, que cuenta con una pequeña aldea, llamada Las Vegas, perteneciente al municipio de
Granadilla de Abona. Eran
aprovechadas estas aguas para mover un molino de gofio, enclavado muy cerca de Las Vegas, y además; en el valle, se
situaba una zona de regadío inmensamente fértil y próspera.
Como ya he dicho
anteriormente, casi anochecía, cuando después de ascender una calleja cuidadosamente
empedrada, cruzaron un ancho portalón detrás del cual se extendía un amplio
patio de forma perfectamente cuadrangular, de unos veinte o veinticinco metros
de lado; en torno al cual, todo estaba edificado hasta dos plantas de altura.
Por delante de la segunda planta había una serie de corredores de madera,
cubiertos por un tejadillo y que daban directamente al patio. Del techo de la
primera planta sobresalían hacia afuera las vigas unos dos metros y, eran éstas,
las que sostenían un sólido entarimado a la inglesa, que formaba el piso del
corredor, y a cuyo extremo, el que daba al vacío, quedaba protegido a lo largo
por un pasamanos; esto, además, de una maderas de medio metro de alto le
servían como única protección. De tramo en tramo, unos pilares de madera que
salían desde el suelo sostenían todo el conjunto de corredores. En la parte
baja del caserón estaban las cuadras de los animales, dormitorios para los
criados y para los viajeros más humildes, además del almacén de mercancías, la
bodega, la cocina, la cantina y el comedor. En la parte superior estaban los
dormitorios de los dueños de ésta fonda, posada o como se la quiera llamar y
junto a ellos disponían también de habitaciones limpias y decentes, para todo
aquel viajero que se las pudiese costear. En el centro del patio había dos
dornajos de madera, protegidos éstos de la intemperie por una especie de
templete; que culminaba en un tejado de dos aguas. Un dornajo servía de
abrevadero y el otro para la comida de las bestias.
Al llegar, les atendió un muchacho, de unos catorce o quince años;
seguramente hijo del dueño de la fonda, a juzgar por la veteranía y soltura con
que se desenvolvía.
-¡Señor! –Se apresuró a decir el muchacho- ¿van a quedarse a dormir, o
solamente quieren descansar un poco y seguir? Lo pregunto, solamente..., para
servirles mejor.
- ¡Gracias muchacho¡ puedes llamarme ¡Capitán! Nos quedaremos, pero
saldremos muy temprano; llevamos mucho retraso. Por eso, en cuanto salga la
Luna continuaremos camino. Necesitamos comer, descansar unas horas y agua y
comida para los animales. “Por el dinero,... chico, no te preocupes, llevo el
suficiente para pagarte bien –terminó diciendo Cabeza Perro y para que no quedaran dudas sobre lo dicho, sacó una
bolsa llena de monedas de oro y le entregó una al chico. El joven, que no
estaba acostumbrado a recibir propinas tan sustanciosas, miró la moneda
asombrado y luego dio las gracias repetidamente, sin poder contener una amplia
sonrisa de oreja a oreja.
- ¡Capitán!, les ayudaré a descargar el camello, para que también el
pobre animal descanse y pueda comer. Los mulos pueden atarlos ya. Podrán dejar
el equipaje y la carga en esa habitación de ahí enfrente; así les será más
sencillo a la hora de marcharse. Yo me encargo de los animales, como... van a
salir temprano, lo mejor es dejarlos aquí afuera en estos dornajos del patio.
- ¡Bien chico,…bien!, ¿como es tu nombre? –le preguntó el capitán.
- ¡Aaah,… mi nombre!, Servilio,
me llamo Servilio, para servirle a
usted, capitán.
- ¡Que extraño nombre!, he viajado por todo el mundo conocido y hasta
por el que muchos desconocen y de veras jamás había escuchado un nombre tan
extraño. ¿Y a ti que teee... parece?
- Bueno..., la gente lo encuentra raro y no lo pronuncian bien. Pero a
mi me gusta, y creo que no lo cambiaría por ningún otro. Me lo puso mi padre.
Cuando él estuvo en la guerra, allá por tierras lejanas, “las tierras de afuera” como dice la gente por aquí, conoció a un
tipo que se llamaba así y al parecer a mi padre le gustó, por lo extraño y
porque no conocía a nadie que se llamara igual.
- Una última pregunta Virgilio –dijo el capitán.
- Eso, eso es lo malo de llamarse Servilio,
me llaman de todas formas menos Servilio
–repuso el jovenzuelo– pero pregúnteme lo que quiera y queda disculpado ahora y
para el futuro.
- Si quería preguntarte: ¿cómo se llama este pueblo?
- Capitán esto se llama El Río,
pero esto no es un pueblo, es un pequeño caserío, con una docena de casas y
otras tantas cuevas. El pueblo, está más adelante y se llama Villa de Arico, allí si que hay una
iglesia como “Dios manda”, y hacen
tremenda fiesta.
- ¡Arico!, ¡Villa de
Arico! –Dijo el capitán- ¡muchas veces lo he oído nombrar!
Cuando hubieron acomodado el cargamento y los equipajes en la
habitación que les había señalado el chico, uno de los dos hombres que le
acompañaban se quedó guardando el cargamento, mientras Angel García y el otro se fueron a cenar al comedor de la posada.
El joven llamado Servilio les sirvió
la cena, mientras su madre se ocupaba de la cocina y su padre; un hombre corpulento,
de ancho carapacho, como de unos cuarenta y cinco años, atendía con agilidad y
destreza la barra y las mesas de la cantina.
Cabeza de Perro y sus dos acompañantes –relevándose éstos en el cuidado del
cargamento – ya habían cenado, cuando un hombre de unos sesenta años, con un
sombrero negro de fieltro, sudado y aplastado por la parte frontal, se acercó a
la mesa donde se encontraba el capitán tomando vino con uno de sus hombres.
-¡Perdone!, ¡es usted,... forastero!, ¡claro!,... que tontería, si no
lo fuera nos conoceríamos– El hombre hablaba mientras acercaba una silla con
intenciones de sentarse con ellos.
¡Siéntese con nosotros! – Se apresuró a decir el capitán. Y el hombre
no lo pensó dos veces y así lo hizo.
-¡Aaah, son ustedes indianos, les pido mis mayores disculpas!–
continuó el hombre – Miren,… es que hoy al mediodía me ocurrió un suceso muy
extraño,... bueno y tanto,... y tal es así, que perdí mi carabina. Si, una
preciosa carabina que me servía para cazar,... no la hubiese dado por todo el
oro del mundo. Con decirle que fue una herencia de mi padre, se lo digo todo,
bueno,... ya sabe, lo que son esas cosas,... el valor de los recuerdos,... los
sentimientos y todo eso.
- ¡Así, que perdió su carabina,...
¡cuénteme, cuentemé! Le dijo el capitán.
-“Verá, hoy al mediodía, llevaba yo varias horas vigilando las palomas
que suelen ir a beber al Charco de
Guasiegre y cuando ya me encontraba cansado de esperar, doliéndome los ojos
de tanto mirar, y lo confieso, me hallaba un poquito traspuesto, entonces
apareció un ave grande,... muy grande, zancuda, de plumaje azul, pero un azul
muy delicado y suave. El ave se posó en la orilla del maldito charco, y
estirando su largo cuello comenzó a beber. Fue entonces cuando yo apunté mi
carabina por entre el ramaje de mi escondite y en cuanto tuve el cuerpo del ave
en el punto de mira disparé. El ave se desplomó y cayó seca en el sitio; quedó
con la cabeza dentro del agua y el cuerpo en la orilla del charco. Solté la
carabina y salté fuera de mi escondite emocionado por recuperar una pieza tan
valiosa ¡no me lo iban a creer cuando lo
contara!
Pero cuando hube llegado donde la espectacular pieza había caído
fulminada ésta ya no se encontraba allí. Tampoco flotaba encima del agua, miré
a mí alrededor pero no había absolutamente nada. Alcé la vista por encima del
charco pero solamente pude ver las azuladas y lizas y agrietadas paredes de
roca viva, en que se hallaba encajonado y recluido el charco. En ese mismo
momento escuché un leve crujido y entonces al levantar la vista hacia mi
escondrijo vi como mi carabina serpeaba hacia abajo deslizándose por encima de
las rocas para acabar hundiéndose con un sonido ronco y profundo en el mismo
centro del charco, en cuyas aguas se produjeron negras ondas que llegaban hasta
la orilla. Huí de allí aterrorizado, subí a toda prisa la deslizante ladera,
sin mirar hacia atrás. No había llegado aún arriba cuando escuché voces y risas
estridentes, como si éstas se hubiesen generado dentro de un cubo de metal. Me
quedé sin fuerzas en las piernas y a duras penas conseguí escapar de allí.
- Sí, parece un asunto muy extraño – Dijo el capitán cuando el
desconocido hubo acabado de hablar.
- ¡Extraño, extraño,... es horrible!, ¡toda mi vida es una suma de
cosas terribles y extrañas. – Repuso el curioso sujeto visiblemente afectado.
- A todos nos ha tocado vivir situaciones dramáticas a lo largo de
nuestra vida – Decía el capitán – pero, por lo demás, la pérdida de una simple
carabina, no me parece que sea una gran tragedia. Espere, da la dichosa
casualidad, que en mi equipaje llevo un par de carabinas nuevas, por lo que le
ruego,... que acepte una de ellas, ¡Ismael! –Dijo Ángel García, al joven de color que le acompañaba – tráele una de
las carabinas al Serñoor...
- ¡Leopoldo! – Dijo el desconocido-
me llamo Leopoldo.
- Mire, Leopoldo, ya sé que mi carabina, no se podrá comparar con la
suya,... no le tendrá el mismo afecto, pero de igual manera le servirá para ir
de caza. Pero dígame, ahora que nadie nos puede oír, - Dijo Ángel García bajando mucho la voz –
tengo una enorme curiosidad por saber donde se encuentra El Charco de Guasiegre -terminó el capitán de decir estas palabras
con un interés y una curiosidad inusitadas.
- ¡El Charco de Guasiegre!,
¡no debe acercarse a él!, es un lugar endemoniado. No se como tuve el valor de
acercarme de nuevo a él, no sé como pude, después de mi terrible desgracia. –El
Señor Leopoldo pronunciaba estas palabras terriblemente afectado, casi
llorando. –En dirección a la capital - Continuó- primero cruzará un barranco
llamado El Azúcar, siga adelante,
encontrará un segundo barranco, ese es, el de Guasiegre. Como a cien pasos del camino Real hacia abajo, ahí está el charco, redondo, oscuro y siniestro.
Incrustado dentro de las paredes y del fondo del Barranco de Guasiegre. -¡Capitán!, oí como sus acompañantes le
llamaban capitán- ¡aléjese de ese maldito charco!, ¡le aconsejo que cuando pase
por el camino Real, ni se le ocurra
mirar hacia abajo!
- La carabina, capitán –dijo Ismael, con el arma entre sus manos.
- ¡Dásela! –dijo Cabeza Perro mirándolo
con los ojos brillantes y una mirada llena de delirio. Desde que oyó la
historia del charco, estaba ansioso, y se removía inquieto como un poseso.
-¡Gracias, capitán! –Dijo Leopoldo acariciando el arma y antes de marcharse
dijo nuevamente al capitán - ¡Por el amor de Cristo o por el temor a
Satanás, no se acerque al maldito charco!, “¡ah,
mi niña, mi niña, con las manitas cerradas, flotando con sus manitas cerradas!
¡Que blanquita estaba mi niña con las manitas cerradas... flotando!”
–Leopoldo salió corriendo y llorando se alejó de la cantina.
- ¡Señor, perdone que me entrometa! –dijo el posadero acercándose
–pero es que estaba escuchando el cuento de Leopoldo y no ha debido usted hacer
eso.
- Disculpe pero no sé a que se refiere. –contestó el capitán.
- Me refiero, a que no debió entregarle una carabina.
- ¿Por qué, un hombre, no puede cederle a otro su carabina? –preguntó
extrañado el capitán.
- Mire, con todo respeto, he de decirle, que Leopoldo hace años que cuenta
siempre ese serie de majaderías. No ha existido, carabina, jamás ha tenido una.
Esa historia del charco, es pura patraña, todos los días se inventa una
diferente; quizá, eso le ayude a sobrellevar el horror de su desgracia.
- ¡Horror, desgracia! –dijo el capitán.
- Leopoldo, está loco. –repuso el posadero.
- ¿Quiere decir entonces, que el Charco
de Guasiegre, no existe? –preguntó Angel
García
- ¡ah!, ¡no!, naturalmente que existe. –contestó el posadero.
- ¿Qué quería decir Leopoldo, con eso de las manitas cerradas...?
Confieso que me impresionó. –acabó por decir el capitán.
- El maldito charco –siguió el posadero- esa es la verdadera causa de su locura.
- Cuénteme de una vez, que pasó o que pasa con ese maldito charco. –Se
impacientó el capitán.
- Verá hace unos treinta y tantos o quizá cuarenta años. Leopoldo
vivía tranquilo y feliz con su joven esposa, a la que amaba con delirio. Luego
les nacería una criatura, fue una niña preciosa. La dicha y la felicidad eran
completas dentro de aquel hogar. Pero un día, la desgracia barrió por completo
de aquella casa hasta el último gramo de aquella exultante felicidad. Una
tarde, al llegar como siempre del trabajo, con sorpresa comprobó que su esposa
y su niña no estaban. Las buscó por todas partes; anduvo por barrancos, cuevas
y montes, pero no encontró nada; bajó a la costa y se recorrió las orillas del
mar y tampoco encontró nada. Al retornar, muerto de hambre, agotado y
desalentado, se recordó que la única zona que no había inspeccionado era el Barranco de Guasiegre, su saltadero y su
inquietante charco. Desde lejos, vio el cuerpecito de la niña encima del agua,
con sus ropitas blancas, flotando con la carita hacia abajo, y sus manitas
cerradas. Ese momento debió impresionarle de tal manera, que para Leopoldo,
desde entonces, dejo de existir el pasado el presente y el futuro, pues
permanentemente solo vive en ese desgraciado instante.
- ¡Lamentable!, ¡Asombroso!, -
pero dígame y su esposa- ¿Qué fue de ella?, ¿También la encontraron en el
charco, junto a la niña?
- ¡Ah! –Dijo el posadero- Ese es, el gran secreto del charco.
Leopoldo, cuando vio a su hija flotando, se tiró al charco; la sacó, y a pesar
de que el cadáver de la criatura, se encontraba ya en franca descomposición,
desprendiendo un desagradable y nauseabundo mal olor, no hubo manera de
separarlo de ella. Así permaneció hasta el mismo momento en que se la
arrancaron de los brazos para introducirla dentro de la fosa. Después,
permanecería semanas enteras, casi sin apenas comer; velando la tumba y repitiendo
siempre lo mismo como una letanía: “¡Mi
niña, con sus manitas cerradas,... flotando, mi niña, mi niña...!”. En el
Río, por aquel tiempo, eran bien contados los que sabían nadar. Diego, era un
joven del pueblo robusto y saludable, de unos diecinueve años; de los pocos
expertos en nadar por encima y por debajo del agua. Le llevaron para que
buscase en el fondo del charco, por si la mujer estaba atrapada en alguna de
las oscuras oquedades de las paredes del charco. Diego llegó con su enérgica y
arrasadora juventud, muy animado, y sintiéndose protagonista de la situación;
dispuesto a no desistir hasta no haberla encontrado. Se tiró varias veces a
ciegas, porque la oscuridad y la turbulencia del agua no dejaban ver ni pasar
el menor rayo de luz. Creo que fue a la tercera o cuarta vez que se sumergió en
el charco, y cuando salió por última vez a la superficie; su cara estaba
lívida. Los que allí estaban, enseguida se dieron cuenta de que algo iba mal y
se apresuraron en ayudarle a salir del agua. La sorpresa fue enorme, cuando
vieron el intenso chorro de sangre que salía de una herida abierta, que
comenzaba en el bajo vientre y terminaba en el pecho, dejando ver parte de sus
órganos internos. Lo primero que dijo al salir fue: -¡he tocado sus pies!, ¡sus pies fríos... los he tenido en mis manos!
Y, seguidamente se desmayó. Rápidamente, como buenamente pudieron, le vendaron
y le condujeron hasta su casa y con muchos cuidados, pudo salvársele la vida.
Nadie se atrevió jamás a buscar de nuevo en el charco. Diego sanó de aquellas
heridas, que seguramente se produjo al rozar en algún afilado borde de las
paredes del charco. Pero de la esposa de Leopoldo, nunca más se supo y el
charco quedaría maldito para siempre. Si bien, Diego, se curó de sus heridas,
en un plazo razonablemente corto, desde aquél día en el charco, ya nunca sería
el mismo. Sentía un extraño miedo y unos temores sin fundamento. A diario,
vomitaba infinidad de veces, apenas comía e iba perdiendo peso de una manera
alarmante. A los seis meses de lo sucedido, el joven murió. Y esto ya dejaría
al Charco de Guasiegre con una
maldición que ya no le abandonará jamás.
- Bueno, entonces –continuó el capitán. ¿Quiere usted decirme que fue
lo que pasó con la madre y la niña? Quiero decir,… ¿por qué ese absurdo
desenlace, por qué la madre, eligió el charco?, ¿realmente se tiró ella con la
niña? –Cabeza de Perro, se había
tranquilizado. Se había sosegado y preguntaba ahora con interés distinto al
anteriormente descrito. Sus preguntas, terminaron por parecer tan familiares,
que su tono rayaba en lo fraternal.
Me desconcierta, siempre
que llego a estas alturas del relato. Es como si el personaje de Cabeza de Perro,
en tierra diese un giro de 180 Grados. En la mar, su maldad se veía, siempre
estaba ahí, era transparente y él la empleaba sin ningún freno ni escrúpulo
para conseguir todos sus fines; sus caprichos o su insaciable codicia. Pero aquí,
en tierra, el personaje adquiría una ambigüedad en su proceder, que
directamente le hundían en la más oscura e impenetrable sordidez. ¿Cómo sondear
en su alma negra, si es que la tenía, como adivinar si su presente actitud era
sincera, o era la horrible máscara del más abominable y cruel de todos los
cinismos?
Puede ser..., que, con el paso del tiempo yo haya perdido esa admirable
y cándida ingenuidad en la que, por desgracia, siempre me desenvolvía pero..., es que ésta caída del burro del
capitán, a lo Saulo de Tarso, nunca
me ha ofrecido la menor garantía.
- Mire capitán –comenzó su respuesta el posadero- con respecto a su
preguntas, le diré que no existe una respuesta clara, quiero decir que no hay
pruebas tangibles que esclarezcan y afloren una verdad absoluta. Lo único
cierto es la buena relación que existía al parecer, entre Leopoldo y su esposa,
así como el gran amor que ambos sentían por su pequeña hija. Se han manejado
varias opiniones. Una de ellas, es que la niña pudo morir de manera repentina;
pudiera ser que su madre al verla muy mal, la tomara en sus brazos, y corriendo
tratara de llevarla a un doctor que había en Villa de Arico. Puede que a mitad
del camino, al darse cuenta de su muerte, su madre perdiera la razón y se
arrojara al charco desde lo alto del risco, con su pequeña en los brazos. Lugar
este que al parecer ella conocía perfectamente.
Otros dicen, que pudo planear con bastante antelación,
premeditadamente, un parricidio, y utilizó el charco para deshacerse de su
hija; pensando quizá, que el oscuro pilón guardaría para siempre su secreto
bajo sus verdes aguas; mientras a la vez, le caía de paso, para seguir
alejándose en dirección a la capital, donde muy bien podía haber alguien
esperándola.
Y ya, para terminar, están las palabras del pobre Diego, en las que
aseguraba que había tocado sus pies. En cuanto al muchacho, no estamos
totalmente seguros, de que éste no estuviese bajo los efectos de una tremenda
sugestión, debido quizá, al ambiente tan dramático que rodeaba toda aquella
trágica situación. Puede ser que lo él creyera unos pies, fuese pura y
simplemente el saliente de alguna roca. De todas formas, también son muchos los
que siguen creyendo en las palabras de Diego como en la Sagrada Biblia y aseguran que el cadáver de la mujer aún continua
en el fondo del charco o dentro de alguna de las cavernas laterales que según
afirman posee el charco.
Pronunciaba el posadero estas últimas palabras, cuando les sobresaltó
el inconfundible ruido que produce el fogonazo de un disparo de fusil. El
sonido venía directamente del patio. Enseguida se oyó a las bestias revolverse
nerviosas y como tratando de encabritarse. Los dos o tres clientes que aún
quedaban en la cantina salieron pitando a ver lo que sucedía en el patio.
Detrás, salió el posadero con un farol en la mano y de cerca, tras él, le
seguía Cabeza Perro, con una enorme
pistola cargada y amartillada.
Con la luz del farol, se vio en el centro del
patio, un viejo sombrero de fieltro desgarrado y cubierto de sangre, con un
gran boquete en su parte central. Atravesado en uno de los dornajos; entre el
camello y los mulos yacía el cuerpo de un hombre con la cabeza destrozada.
Acercaron la luz y levantaron el cadáver de donde estaba, entonces pudieron ver
su cara terriblemente mutilada, pero aún, a pesar de ello, podían distinguirse
en esta unas duras facciones, labradas con el tosco cincel del sufrimiento y la
locura. Aquella cara ensangrentada era la cara del pobre de Leopoldo. La carabina que había caído a sus pies, era
la misma que momentos antes, en forma de un generoso y desinteresado regalo le
había entregado el capitán. Este último, no se explicaba, de donde diablos
había aparecido el cartucho que terminó con la vida de Leopoldo; Pues, aunque
llevaban munición en el equipaje, las carabinas siempre iban descargadas.
Estaba muy claro que aquella muerte había sido un suicidio. “¿Cómo consiguió
Leopoldo, la maldita bala que acabaría con su vida?, La respuesta es..., que no
lo sabemos, ¿como habríamos de saberlo?, Lo que yo afirmo y les aseguro con
rotundidad, es, que no me gustan las armas de fuego y, entre muchas razones,
quizá una de las principales..., porque que a todas ellas, las carga el
Diablo.”
Como había suficientes testigos del suicidio, a propuesta del
posadero, levantaron el cadáver, que se encontraba de aquella forma tan
inhumana y grotesca, atravesado en mitad de los animales y lo llevaron a una
habitación de la parte inferior de la casa; lo tendieron en un viejo catre y lo
taparon con una manta. A primera hora de la mañana irían a Villa de Arico a dar
parte a la autoridad.
- Me siento en parte, culpable de esta muerte, pero yo desconocía que
el pobre hombre estuviese loco. –Se lamentaba el capitán.
- ¡Loco!, ¡Loco! –Decía el posadero sorprendido. – se equivoca usted,
capitán.
- ¿Cómo?, ¿Qué... quiere decir?, ¡No consigo entenderle! –Dijo el
capitán, con evidente desconcierto.
- ¡Me engañó!, ¡Me engañó! –Decía el posadero. ¿Cómo se puede,... de
repente, recobrar el juicio?, ¿No se da usted cuenta capitán?, ¿Cómo puede,
planear su muerte,... de esa manera, un loco?
- ¿Quiere usted decir... que la historia de la carabina fue un plan?
- Saque usted mismo las conclusiones –dijo el posadero – pues para mí,
están muy claras.
- Si –dijo el capitán. Era un hombre demasiado inteligente, y, en los
escasos momentos que tuvo de lucidez lo demostró suficientemente.
- ¡Si que lo era! –Dijo el posadero. No mereció llevar una vida tan
amarga. Casi me alegro, que se haya ido.
- Quisiera hacerme cargo de los gastos de su entierro. –Dijo el
capitán alargando una pequeña bolsa con dinero al posadero.
- ¡No por favor! No tenemos mucho dinero, capitán, pero nunca
dejaríamos a un vecino sin darle una buena sepultura. ¡Gracias capitán, pero
puede guardarse su dinero!
- ¡Insisto, pues me siento en la obligación de hacerlo y le ruego que
no me rechace, tómeme si quiere, por un vecino más. Además quisiera que en su
tumba colocasen una inscripción grabada en una loza, en la que diga: “Aquí descansan eternamente en paz, Leopoldo
y su pequeña hija y si apareciese algún día, también su esposa.”
- Capitán,
en ese caso acepto el dinero en nombre del difunto. –Dijo el posadero y añadió
– esta noche, mi esposa y yo, nos quedaremos aquí velando el cadáver y alguna
persona más que vendrá, como es la costumbre y mañana sin falta se dará
sepultura al cuerpo. Usted debe irse descansar no le queda demasiado tiempo
para ello, si como me dijo el muchacho, piensan marcharse en cuanto salga la Luna. ¡Buenas noches capitán! Duerma tranquilo, que yo me encargo de llamarle
en cuanto salga la Luna y alumbre en el patio.
Este es
el verdadero, el auténtico Charco de
Guasiegre. Situado entre el barrio de El Río y el barrio de La Cisnera, ambos
pertenecientes al municipio de Arico. A sus orillas arribé siendo niño y, allí, como un verdadero náufrago me
alimenté de sus ignotos misterios. Su fantasía me rodeó en la infancia y, aún
hoy, desde lejos su influencia me envuelve como un sudario de misterio. Quizá
los náufragos jamás pierdan su condición y lo sean para siempre; tal vez por
ello yo, aún continuo soñando a las orillas del Charco de Guasiegre.
<< Una blanca llama envolvía aún el edificio como un sudario, y,
derramándose
a lo lejos en la quieta atmósfera, brotó un resplandor de luz
sobrenatural;
mientras que una nube de humo se posaba pesadamente sobre las almenas
en la distinta y colosal figura de un caballo.>>
“Metzengerstein.”
EDGAR ALLAN POE.
XII
Siguiendo los sabios consejos
del posadero Cabeza de perro se fue a descansar; no sin antes haberle liquidado
a éste todos sus gastos, los suyos y los de sus acompañantes –se entiende,
claro. Hacía un par de horas que sus dos sicarios dormían plácidamente. Y lo
hacían en un camastro que había en la misma habitación donde además se alojaba
el cargamento y sus respectivos equipajes. El cansancio acumulado en todo viaje
les evitó tener que presenciar los dramáticos acontecimientos de aquella noche.
La habitación del capitán estaba situada en el piso
superior; al fondo del corredor, donde éste
formaba el ángulo; por eso la puerta de ésta daba de frente al pasillo.
Tenía una cama limpia, amplia y con un mullido colchón. Pero ni aún así el
capitán logró conciliar el sueño; así que a la hora de haber entrado en ella,
del mismo modo la volvió a abandonar, y de nuevo, volvieron a oírse sus pisadas
por el entarimado, caminando nervioso de un extremo al otro del corredor. El
mismo, fue testigo mudo, de la tímida presencia de la Luna; y cuando ya le
pareció que ésta se había levantado cerca de un tercio sobre el gris y
caliginoso horizonte, y, que alumbraba de manera suficiente, con lentos pasos
descendió las escaleras para seguidamente despertar a sus hombres. Estos se
levantaron aturdidos, como si les hubiesen despojado de los sesos o, como si
permanecieran aún, en mitad de una bestial y desordenada borrachera.
El posadero se encargó de ayudarles a cargar y
asegurar de forma precisa, la pesada mercancía a la silla del camello, de
manera que ésta no saliera, fácilmente, rodando por la ladera de algún
barranco. Angel García, le dio las gracias por todo al posadero y se despidió
de él con un fuerte apretón de manos; seguidamente éste quitó la tranca al
portalón y lo abrió, dejando la salida franca a los tres sujetos, que lo
cruzaron uno tras otro, hasta desaparecer como tres fantasmas en medio de la
noche, camino Real, hacia adelante. Y
esa fue la última vez, que ojos vivos les vieran por aquel lugar.
<<No quiero nada…; es decir, sí quiero: que me
dejéis solo… Cántigas…, mujeres…,
Glorias…, felicidad…, mentiras todo, fantasmas vanos
que formamos en nuestra
Imaginación y
vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos,
¿Para qué?, ¿Para qué? Para encontrar un rayo de luna.>>
“GUSTAVO ADOLFO BÉQUER”.
XIII
Fue a los ocho o nueve años,
cuando comencé por primera vez a escuchar algo referente a la historia de este
misterioso charco. Desde ese momento comencé a interesarme por todo lo que en
cuanto a él se decía, y por este espíritu quedé atrapado y subyugado a él para
siempre.
Como de costumbre, ese día, entré corriendo a la
cocina y como siempre que venía del colegio, fui inmediatamente a dar un beso a
mi querida abuela. Maquinalmente, cogí una silla y me senté a la mesa, pero
cuando miré al frente, del susto di un salto y me quedé en cuclillas encaramado
encima de la silla. Al otro lado de la mesa había un hombre estrafalario. Era
un sujeto de unos setenta o setenta y cinco años; de piel muy oscura –como los
hindúes – con los restos de un sombrero en la cabeza, y un blanco bigote lacio,
cuyas antenas apuntaban hacia el suelo. Como luego me diría la abuela, éste
señor se llamaba E... Y su pinta encajaba totalmente con su manera
de hablar, sus gestos, y en general toda su extraña forma de conducirse.
- ¡El niño, ze azustó! –Dijo el señor E... dirigiéndose a mi abuela.
- ¡Ah! Es que él,... no le había visto. –Dijo la
abuela y luego casi me ordenó – ¡Anda
hijo! Saluda al señor E...
- ¡Buenas tardes, señor E...! –Dije poniéndome en pié de inmediato.
- ¡Zientezé joven, Zientezé! –Dijo el señor E... poniendo zetas a destajo, donde no
había que ponerlas.
- ¡Sígame contando...! –Le dijo la abuela al señor E... Para que éste continuara con su
conversación.
- Como le estaba diciendo –prosiguió el señor E..., - Cabeza de Perro nada más tener conocimiento de aquellos terribles zucesos
acontecidos en el Charco de Guasiegre
–dicen... ¡Malaya la madre que lo parió!...que el muy tunante, no pensó en otra
cosa más que en esconder el tezoro en el fondo del charco.
- ¡Ay! –Se lamentó la abuela – ese hombre debía
estar loco.
- ¡Ja, ja! –Se rió el anciano- ¡loco, loco!, ¡De
loco nada! Lo que,... lo que,... lo que era, es un hombre zabio.
- ¡Pues no lo entiendo! –Se obstinaba la abuela-
¡Porqué, ha de dejar uno sus pertenencias, cerca o en el mismo sitio por donde
ronda el Diablo!
- ¡Verá... verá! Déjeme que se lo explique –le decía
el viejo E... Con la rotundidad y el
orgullo de quién se encuentra en posesión de la verdad.- El pirata penzaba,
zeguramente al igual que yo mismo, que no se pueden unir los sucesos a los
lugares en que ocurren, y sobre todo si en lo acaecido hubo crimen o algún tipo
de maldad. Pienzo que las cosas ocurren porque ocurren y nada más, sucedan
aquí, o sucedan allá. Hay que ser bastante astuto, aunque si lo pensamos bien y
nos pusiéramos en su lugar, en su caso zeguramente hubiésemos pensado de la
misma forma; ¡Que lugar más seguro podía encontrar para esconder su tezoro, que
aquel charco maldito! ¡Donde podía hallarse más protegido que allí; un lugar
habitado por cuatro pares de Demonios y cuyo nombre daba verdadera grima
solamente de mencionarlo.
- ¡Por favor señor E..., no bromee con las cosas del demonio, que a mi me da mucho
miedo!, ¡hay Jesús, líbranos del mal
amén! –Decía la abuela asustada como siempre que alguien hablaba de forma
irreverente, o que se salía de lo que la mayoría opinaba en cuanto a lo
sucedido en el charco.
- Por ezo –continuó el anciano – Ángel García, esto
para que conste, no me lo dijeron aquí, zino que me lo contaron en cuba, Ángel
García y sus dos zicarios –cuando salieron del Río – fueron directamente a las
proximidades del charco y al parecer valiéndose de unas largas cuerdas,
descolgaron los dos pesados cofres, primero uno y luego el otro hasta la orilla
del charco y todo a la luz de la Luna. Dicen, que la parte interior los cofres,
estaba forrada por una lámina de bronce de varios milímetros de espesor y
cerrados herméticamente, siendo necesario para abrirlos el cortar ésta lámina o
fundir las costuras por donde habían sido soldadas. Se cree que fue desde un
zaliente de la roca, el lugar preciso, desde el cual lanzarían los dos cofres
al mismo centro del charco. Hay quién asegura que fue en ese mismo instante
cuando el pirata aprovechó para disparar a sus dos acompañantes.
- ¿Usted cree que él mató a sus hombres? –Le
preguntó enseguida la abuela.
- ¡Más que en la Biblia, lo creo! –Afirmó el señor E...- además no es ezo lo que siempre
hicieron los piratas con sus ocasionales zocios, ¿por qué, éste, habría de ser
diferente?
-¡Señor E...!
–Contestó enfadada la abuela- además de blasfemar, faltando al respeto a la
Sagrada Biblia, creo que se apresura usted llegando a esas conclusiones tan a
la ligera; es que acaso, podría usted decirme: ¿que fue lo que hizo con los dos
cuerpos?, Pues que yo sepa, jamás los encontraron.
- ¡Ah!... ¡La Biblia! Con todo respeto hacia usted,
pero no creo en esa zarta de mentiras. Y en cuanto a los cuerpos, nada más
sencillo para él. La zoga, con la cual habían bajado el tezoro hasta el charco,
zirbió para atar los dos cadáveres a una gran piedra que haría de lastre,
manteniéndoles para siempre en las profundidades del charco.
- ¡Alabado sea Dios! –Se santiguó la abuela- ¡Qué
crimen tan grande!, ¡Se me hace difícil de creer! Pero dicen, que el muy
canalla, hasta inocentes niños mató... sin la menor consideración, ni
remordimiento alguno. Quizá usted tenga
algo de razón.
- Además –prosiguió el viejo E...- a los pocos días las gentes pudieron ver, como legiones de
guirres y de cuervos acudían a disputarse los restos de un camello que,
misteriosamente apareció muerto, despeñado debajo del profundo saltadero que se
encuentra varias docenas de metros mas abajo del charco.
- Pero... ¿Pero quién puede asegurar, que aquel
camello, era el camello del pirata? –Preguntó enseguida la abuela
- ¡Nadie!, ¡Nadie podría azegurarlo! –Respondió el
viejo- pero yo ce, que el tezoro está en el fondo del charco; me jugaría el
pescuezo.
- ¡Una corazonada! –Dijo la abuela, con evidente
desconcierto.- solo tiene una vulgar corazonada. Lo mejor, es que se olvide
usted de toda esa historia; está usted demasiado viejo para seguir soñando con
tesoros y demás diabluras.
- ¡Ah! ¡Ezo zi, que no! –Respondió el anciano-
mientras yo viva no abandonaré la idea de rescatar el tezoro. Zeguiré tratando
de conseguir un zocio que me ayude; pues yo con este maldito reuma no puedo
hacerlo solo. En una ocasión, tuve un zocio, al que le ofrecí la mitad de todo
cuanto encontráramos. Teníamos material suficiente para intentar zacar el
tezoro: picos, palas, azadas, cuerdas, rondanas y hasta una bomba para achicar
el agua del charco, además; de una mula vieja, que zeguramente nos iba a zervir
de gran ayuda. Pero quiso el destino, o la maldita casualidad, que el pobre
Cordelio, al que usted conocía perfectamente; amaneciera, justo eza misma
mañana, con el cuerpo agarrotado como una horqueta y de allí le llevaron para
el cementerio, y yo me quedé desamparado como un pobre huérfano, sin saber
donde encontrar un nuevo socio para llevar hacia delante mi empresa.
- ¡Sí... el pobre Cornelio! –Se lamentó la abuela- nunca antes anduvo enfermo y
amanecer muerto de aquella forma tan repentina, ¡la verdad es que a todos nos
desconcertó bastante, acostarse bueno y no volver a levantarse! ¡Pobre hombre!
¡Que desgracia tan grande!
Recuerdo perfectamente, que ese día la abuela,
invitó a almorzar al señor E..., y
jamás se me olvidará. Ese día la comida consistió en: papas negras, arrugadas,
con pescado salado y mojo colorado, además del gofio amasado y los higos
pasados, que esos, si, que nunca faltaban a la mesa. Y tengo grabada para
siempre el mi mente, la imagen del viejo E...,
cogiendo las papas con sus manos huesudas, oscuras y arrugadas, tan parecidas,
tan idénticas a las propias papas; que yo, en ese momento me planteaba, si
ambas, no serían la misma cosa.
Los años pasaron
muy deprisa, y el señor E...,
continuó haciéndose aún más viejo todavía, y fue perdiendo la razón si es que
algún día la tubo. Ahora se dedicaba a perseguir con saña a los pobres perros,
hasta darles muerte, y los infelices canes ya no estaban seguros en ningún
parte y en el pueblo por esta causa llegaron a escasear de forma alarmante. La locura del pobre
anciano le dio por imaginarse; que sus higueras y sus almendros requerían para
que diesen frutos grandes y en abundancia, tener siempre acumulados cerca de
sus raíces, una cantidad considerable de perros muertos pues, cuando aquellos,
entraran en franca descomposición, afirmaba –esto sin lugar a dudas es el mejor
abono que se haya podido lograr. Por esta causa, él los mataba a garrotazos,
llevándoselos en un saco para luego enterrarlos a la sombra de sus queridos
árboles. Y él, mientras... se alimentaba casi en exclusiva de grillos y de saltamontes
crudos y como bebida única el agua de pasote.
Con ésta espartana dieta, el infeliz, se consumía poco a poco y su cerebro iba
perdiendo la imprescindible sustancia vital, por lo cual, aceleradamente se fue
quedando seco como un trozo de corcho; y por este motivo, la locura avanzaba en
su terrible proceso de destrucción y la muerte estrechaba su cerco entorno a la
patética figura de aquel viejo testarudo. Cuando encontraron su momia, era eso,
solamente una momia. Su cadáver se encontraba totalmente seco, ya no despedía
ningún olor y ni siquiera se podía determinar el tiempo que llevaría de muerto.
Aunque pronto, la gente comenzaría a especular y a echar cálculos, ha hacer
conjeturas y cábalas sobre el preciso momento, desde el cual, habían cesado de
manera repentina aquellas extrañas y continuas desapariciones de perros. En
torno a esa fecha debió ocurrir el fallecimiento del anciano.
El viejo E...,
desapareció de este mundo sin haber encontrado un socio lo bastante loco para
ayudarle a sacar el tesoro. Ni halló tampoco, al hombre lo suficientemente
cuerdo e inteligente para comprender que era necesario aflorar aquella inmensa
fortuna que se deshacía bajo los limos que cubren el fondo del charco.
Quise comprobar por mi mismo,
si eran ciertas, todas aquellas asombrosas historias que se contaban acerca del
charco; los extraños ruidos, los murmullos y las voces que decían oírse; así
como las cosas tan misteriosas que al parecer se sucedían en torno al charco.
Algunos defendían con verdadera pasión la idea de que allí habitaban los
fantasmas. Acudía yo, a las proximidades del charco, en mitad de la noche, de
manera absolutamente discreta y silenciosa. No les podría asegurar, si mi raro
proceder, se debía, a la impaciente necesidad en descubrir algo sobrenatural en
todo aquello, o por el contrario, se trataba simplemente de poner a prueba un
supuesto valor juvenil no constatado aún. He de decir, que después de
permanecer interminables horas atentamente a la escucha, sin apenas respirar,
con el corazón galopando enloquecido, como un potro montaraz; solo conseguí oír
el desagradable y monótono canto de las ranas y, en medio de éste, ruidos
extraños e incalificables, que no podría asegurar si provenían del charco, se
generaban en el interior de mi oído, o afloraban de la insondable profundidad
de mi cerebro después de tan prolongado esfuerzo.
De igual manera, las noches de Luna Llena, sin hacer
el menor ruido me levantaba de la cama y sin que se oyera la más mínima de mis
pisadas, me deslizaba fuera del dormitorio y sigilosamente abandonaba la casa
sin que me viesen, pues, no quería en absoluto, que por mi extraño e inusual
proceder, llegaran a pensar mi familia y allegados que no me encontraba en mis
cabales. Tomando toda una serie de precauciones, me dirigía al charco por ver
si a la luz de la Luna podía ver alguno de los fantasmas que en la oscuridad no
había conseguido distinguir, ni moverse, ni ver en absoluto. Pero he aquí, que después
de acudir puntualmente, durante varias lunas, los fantasmas debían estar
atemorizados por mi insistente y terca presencia y se ocultaban de tal manera
que era imposible verlos. Ya casi estaba apunto de desistir en mi anhelo de
echarles la vista encima; ya incluso, me había fijado una última noche de
observación para dejar aquel asunto por imposible. Era, pues, ésta, la última
noche que acudiría a las inmediaciones del charco en pos de aquellas
descabelladas y absurdas contemplaciones. Fui más temprano que nunca, la Luna
aún permanecía oculta; pero lo hice a propósito, con la intención de no
perderme ni un segundo desde que comenzara el lento proceso de la salida de
ésta. El charco estaba envuelto por el manto de la negra noche y solo se
presentía que estaba allí, por el croar de las ranas y por la desproporcionada
fuerza con que mi corazón bombeaba la sangre a mi cerebro y el temblor de mis
manos y el intenso frío que paralizaba de mis pies. Fue en el instante justo en
que la Luna Llena
comenzó a levantarse por encima de la isla de enfrente. Cuando los primeros
rayos penetraron en la espesa oscuridad del barranco, entonces y solo entonces
le vi. Entonces pude contemplar la inconfundible, pero extraña e inusual
silueta de un hombre con las piernas medio flexionadas y que permanecía inmóvil
en esta postura medio incorporada, mirando impertérrito hacia el negro ojo del
charco como si pudiese ver a través de éste. Durante más de media hora le
observé y en todo ese tiempo no se movió ni un solo milímetro. Yo también
permanecía quieto, y solo respiraba a grandes intervalos, como solamente saben
hacerlo los buceadores expertos. Agazapado en el suelo, quise fundirme con las
rocas que tenía bajo mi vientre. Temí, por momentos, que aquel hombre volviese
la vista hacia arriba y pudiese descubrirme. Temí que éste al sentirse
descubierto se encolerizase: “Por ser espiado por un insolente muchacho
imberbe, por ser descubierto su secreto y turbada su paz en la quietud de la
noche; por todo eso, podría yo despertar su cólera y a éste le podrían entrar
terribles ganas de asesinarme. Quizás él me lanzaría al vacío, y mi cuerpo
aparecería destrozado debajo del profundo saltadero o tal vez, éste disfrutaría
mucho más atándome una potala al cuello y lanzándome en medio de la noche al
agua quieta y oscura como la pez del Charco
de Guasiegre.” Por toda esta serie de descabellados pensamientos, sentía,
el apremiante impulso de salir corriendo, pero a pesar de todo me mantenía en
mi sitio, hasta que la Luna llenó con su foco de luz por completo el barranco y
entonces si que escapó de mi pecho, un alarido, un angustioso y terrible gemido
involuntario. Y huí corriendo de aquel lugar y jamás he vuelto; porque...
entonces si, que pude ver cada uno de los duros y desagradables rasgos de su
cara y su cabeza grande, abultada y casi redonda, tocada por aquella siniestra
e inconfundible cachucha.
Como ya dije anteriormente, jamás he vuelto por las
cercanías del charco; aunque no descartaría yo una próxima visita a éste, pues
no en vano el dichoso pilón marcó mi infancia, mi juventud e incluso su
recuerdo, he de confesar que me acompaña siempre por donde quiera que voy, pero
os ruego, eso si, que no me preguntéis que fue lo que lo vi aquella noche en el charco. ¡Señores a eso
no les podría responder!, ¿fue una alucinación producto de mi exagerado empeño
por descubrir algo, quizás la sombra de una roca proyectada por la luz de la
Luna?, os juro que no lo sé... “Acaso conseguiríamos explicarnos porque a veces
los perros ladran con tanta insistencia a la Luna.” También , he
de deciros, que tampoco he podido olvidar a mi querida abuela, ni al señor E...,
del cual estoy completamente seguro que si hubiese querido sacar el tesoro del
charco, seguramente lo hubiera hecho; pero él, al igual que yo mismo, ambos
seguramente seriamos, lo suficientemente imbéciles, que preferiríamos continuar
manteniendo un sueño a costa de renunciar a toda una inmensa riqueza.
Reconozco, que siento hacia el dinero una actitud de cierta apatía, o mejor si
se quiere, una verdadera falta de ambición que raya casi en la insolencia;
quiero decir hacia la acumulación de riquezas, que no, hacia el dinero como
forma de vivir con dignidad. “¿Pero...,
es que acaso no son unos cretinos, esos granujas “de bolsillo lleno”, que no
sabiendo que hacer con el maldito dinero, porque lo tienen en demasía, terminan
poniendo en su casa las griferías y la cadena de su retrete de oro macizo?”
¡Y toda la escatimación, todo el robo, toda la impiedad y la usura hacia los
demás,… toda la acumulación para eso,... cuanta podredumbre y cuánta estúpida
vanidad, absurda!
¡Sí,
amigos! Fácilmente, hoy en día, podríamos vaciar el charco. Quitar el cieno que
cubre el fondo y cuando hubiésemos terminado con todo el lodo, comenzaríamos a
retirar unas cuantas toneladas de guijarros, arrastrados por las torrenteras de
otros tantos años y quizá bajo éstos, encontraríamos lo que quede de aquellos
dos pesados cofres y dentro de ellos un valioso tesoro oscurecido y oxidado. Y seguramente,
tal vez, a pesar de todo conseguiríamos volvernos inmensamente ricos, y
humanamente tendríamos nuestra vida materialmente resuelta. Pero en lo tocante a seguir
soñando, nuestra vida quedaría hundida en la miseria, porque habríamos perdido,
de un plumazo y para siempre, el gran sueño que siempre entraña un misterio y
ya, jamás encontraríamos otro pilón, que como éste, continuara alimentando y
llenando nuestras vidas de ilusión y de curiosidad.
*****
·
Nota: En cuanto a Cabeza de Perro,
tristemente volvió a vérsele y volvió a hablarse de él por diversos rincones
del Mar Caribe. Pero como sin duda
sabéis, él retornó a Tenerife y aquí, nada más llegar encontró la muerte. No
tuvo tiempo de reflotar su tesoro, porque antes de que pudiera hacerlo, fue
fusilado. Pero... esto ya, pertenece a otra historia.
FÍN
Este es el viejo Camino Real, en ruinas, pero aún desafiando al futuro,
permaneciendo como testigo mudo de la historia y acusándonos con su presencia
de su completo abandono; pero, lo que es más terrible aún, que quizá con ello
nos distanciamos cada vez más de nosotros mismos, y de lo que fueron nuestras
raíces y algún día no lejano, eso, será ya irrecuperable.




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