UNA VIEJA CARTA (Relato)



                                                UNA VIEJA CARTA

                                               (Relato)


         El otro día, viendo y leyendo algunos whatsapp y los correos electrónicos que a diario nos enviamos unos a otros, por unos momentos, entré en una especie de trance, y volviendo mi memoria al pasado, me acordé de una de aquellas largas cartas qué un día, de niño, cayó en mis manos y leí. Era de una tal Dña. Gertrudis, que le escribía desde su casa, en un pequeño pueblecito de la isla de Tenerife, a su amiga Gumersinda, una amiga suya de la infancia, que había emigrado y vivía desde hacía ya muchos años en la isla de Cuba, en un barrio de Santa Clara. La carta, a la sazón, comenzaba, creo, en mi recordar, más o menos de esta manera: 
       “Querida Gumersinda, perdona por la tardanza en contestar a tu carta, pero, amiga, como debes de saber, en una casa donde todos los hijos son varones, una no para en todo el día de lavar y de zurcir calzoncillos, camisas y pantalones… Espero que al recibo de ésta te halles bien de salud. Nosotros por aquí bien ¡gracias a Dios!
Paso a contarte, que el otro día, se murió Antonio el del “Callejón”, tú lo conociste bien, ya sabes, el marido de Maruca, la hija de Domingos  “el Agachao”. Dicen que el pobre Antonio murió de un colapso, que se acostó a dormir y ya no se levantó, pero las malas lenguas también andan diciendo, que se murió de no comer, por ahorrar de las tripas, Maruca siempre fue muy afanosa en eso de los ahorros… El pobre Antonio desde que se casó con ella perdió la color y ya no la volvió a recobrar… esto, si te lo puedo asegurar, porque esto si que lo vi, yo, con mis propios ojos. Maruca, aquí queda, viuda joven, y gorda y blanca y colorá como una rosa y con una buena casa de dos plantas que levantó con sus propias  manos el pobre Antonio. Hijos no tuvieron, dicen que la Maruca es machorra.
También te cuento, que el otro día, se presentó en el pueblo un indiano, llegó en la guagua de las once y entró en la venta de Ponciano pagando copas a todo el mundo,  después supimos que era, Goyito, el de la difunta Paquita, que venía a vender la casa y los terrenitos de la herencia, que buena falta que le hace, porque, mucha facha, pero dinero traía el justito o sea, nada. Si no vende, sin dinero,  no creo que se pueda marchar del pueblo…
Gumersinda, amiga, si tienes noticias por ahí del sinvergüenza de mi marido, entérate bien de cuál es su dirección y me la remites en tu próxima carta. Quiero escribirle cantándole  las cuarenta… quiero decirle que ya los hijos están criados, que ni se le ocurra volver, que si en veinte años no volvió, ahora ya no le necesitamos, que se quede donde está, que esa es su familia, que aquí estamos muy bien y ya no queremos extraños…

Espero, en breve, recibir noticias tuyas, querida amiga, se despide por la presente esta que lo es, Gertrudis García Rancel.

P D Todavía me acuerdo cuando de niñas andábamos por el campo cogiendo flores, o saltábamos jugando y revolcándonos entre la paja en el granero de la abuela y como disfrutábamos poniéndole botines a los gatos… Aquellos sí que eran tiempos…, no éstos de ahora, que parece que la están ahogando a una con un pañuelo.


Besos.

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