Cruces al borde de los estanques (Relato)
Cruces al borde de los
estanques
(Relato)
En Cerro
Blanco algunas veces al rato de ponerse el sol, ni sabes por qué ni como ocurre,
pero te invade de pronto, sin esperarlo, una brutal congoja, es un sentimiento
extraño de desamparo y de soledad, y te corre por todo el cuerpo una especie de
escalofrío y, en ese mismo instante, coincide, que comienzan también a tronar
los grillos, eso si, por poco tiempo, pues en seguida los devora el eco intenso
y grave del croar de las ranas que llega rebotado, saliendo desde dentro de los
estanques. En Cerro Blanco hay una gran cantidad de charcas, y cada una de
ellas, por desgracia, guarda para sí en su interior el recuerdo de una historia
trágica. Clavadas cual estacas sobre las grises tapias que cercan el agua
muerta de algunos de los estanques, como en la cúspide de un monte calvario, se
levantan impotentes y mudas hacia el cielo, las cruces que señalan la tragedia,
ese terrible último acto voluntario llevado a cavo por los suicidas. Allí, dentro
de aquella agua verde, sobrevolada por miríadas de mosquitos, llena de caboses,
algo dulzarrona, y medio podrida en los veranos, atentaron y acabaron de una
vez y para siempre con su propia vida algunos de aquellos desdichados. Era, como
si el maligno estuviera presente allí, en aquel sitio, medio enterrado como un
siluro y, desde abajo, desde la oscuridad del baboso fango helado, los llamara,
como si con un potente imán, seduciéndolos, los atrajera definitivamente hacia
él, para llevarlos consigo hacia el fondo. Por eso, cuando al pasar, miras y ves recortarse
en el fondo negro de la noche, la
silueta inquietante de la cruz o, cuando la vislumbras, dibujarse, negra, sobre
la superficie iridiscente del agua del estanque, sin que lo puedas remediar, inevitablemente,
piensas, que tal vez no estás tan solo, pues, en ese mismo instante, es
probable, que estés caminando junto a ellos, es casi seguro, que ya te
encuentras andando en medio de la noche a solo a dos pasos de los muertos. Y si
agudizas tu atención, forzando aún un poco más la capacidad de tú oído,
escucharás entre el eco del ronco sonido emitido por las ranas al croar, que se
golpea en las paredes una y otra vez contra si mismo, las palabras tentadoras y
sugerentes de alguien que te dice: “¡Ven, ven… ven!”. Y te vienen en ese
instante a la mente, los recuerdos de cosas que viste de muchacho y, que
aparecen de pronto ante ti sobre la oscura muralla del estanque, nuevamente,
como el resplandor de un fogonazo ves, por un instante, aquellos pies
absolutamente lívidos y fríos del ahogado, sigilosamente escurriéndose,
escapando, huyendo hacia la nada fuera de la manta que los cubre.
Un día, Flora, escuchó de pronto la
respiración estentórea y branquial de aquel siluro invisible y el chapoteo de
sus coletazos contra el fango y, además, por primera vez, también oyó aquella
voz cavernosa, como salida hacia afuera a través de una espiral, que la llamaba
desde abajo, desde el mismo fondo del estanque… la mujer llevaba ya varios días
alerta, atenta, con todos los sentidos puestos en guardia, pendiente,
escuchando una serie de ruidos y de voces inconexas que hasta entonces no
llegaban a formar palabras, pero sin embargo, ahora sí que podía distinguirlas,
claramente. “¡Ven… Flora… ven…ven!” – le susurraba la voz, llamándola de lejos,
grave, profunda, rota, y resonando el eco. Miles de veces, durante el día o
durante sus noches eternas de sufrimiento y de insomnio, escuchó aquella voz
tentadora llamándola, susurrándole, diciéndole: “ven, Flora, ven…ven” Mientras
su enfermedad avanzaba, la voz también se acercaba más y más hacia ella. Al
principio notó un poco de miedo, luego, hasta eso dejó de sentir. Llegó a
sentirse arrullada y hasta protegida, por la calidez de aquella voz que
continuamente la llamaba. Cada vez la oía más cerca. Mucho más cerca. Sabía de
sobra, que aquella voz que se aproximaba, era la misma que la llamaba desde el
fondo del estanque, pero ella, ahora la oía ya muchísimo más cerca; ya estaba
allí, llamándola en medio de las huertas. Flora tenía la sensación de que se
encontraba allí mismo, frente a ella, saliendo por entre las flores lila de las
papas, pero seguía siendo la misma voz, la que la llamaba desde el tanque,
aquella voz que le susurraba una y otra vez: “Ven Flora, ven”. Continuaba
siendo la misma voz de antes. Solo, que ahora, estaba ya, tan cerca, tan cerca,
que quizá estuviese ya definitivamente alojada dentro de su cabeza. Aquel
maldito siluro no daba tregua, al parecer, no descansaba nunca, pues no paraba
de moverse y de de llamarla acosándola y ella, así, metida como estaba,
viviendo, y sufriendo, atrapada dentro de aquel pequeño círculo cerrado, de
enfermedad y de dolor, era casi el único sonido que escuchaba. La vida a la
pobre Flora se le había puesto cuesta arriba. Entre los terribles dolores de
cabeza, las nauseas continuas y el vómito casi permanente, discurría su vida o,
su sin vivir. Era, como ponerse a escalar descalza, una elevada montaña, toda
sembrada de espinos. La falta de esperanza en una mejoría para su enfermedad,
constituía una barrera insalvable. Había perdido toda ilusión además de por la
vida, también por el marido y hasta por los hijos. El más pequeño de ellos,
falto de cariño y huérfano por mucho tiempo de sus caricias, un día, viéndola
así, tan ausente, claramente ignorándole, y con la mirada lejana, totalmente
perdida, clavada en el techo del cuarto, de pronto le preguntó:
- ¿Madre,
que le pasa? ¿Por qué ya no nos mira, madre? Madre, sé que le duele mucho, madre…
Madre si yo pudiera… Lo más que me gustaría del mundo…sabe, madre… es poder
curarla.
- Que vas
a poder hacer tú, hijo,…que vas tú a poder curar… Cuando no han podido hacer
nada, ni San Miguel Arcángel, ni Dios, ni siquiera la Virgen de Candelaria… que a
todos ellos se lo he pedido…Ni los médicos, ni tan siquiera ellos…inocente, que
vas tú a poder curar… - Y, mientras hablaba con el niño mirando hacia el techo,
una lágrima mal disimulada bajó rodando veloz por su cara – Nadie puede curarme
hijo, nadie. Ahora vete a jugar con tus primos y, déjame tranquila, vete a
jugar hijo, vete, que quiero seguir escuchando… ¡Shihh! ¡Calla hijo! ¿No oyes?
- ¡Ay!
¡Ay madre! ¡Ay madre! – Sollozó el pequeño – Si usted se curara, madre; no me
importaría que padre vendiera todas las baifas que está criando (su padre era
cabrero, tenían una manada de cabras)… Se lo juro madre… no me importaría que
no criara ninguna… o, que cambiara el perro por cualquier cosa… solo porque
usted se pusiera buena… por verla reírse, madre… por verla reírse, alegre,
alegre, como esas mujeres que salen siempre riéndose, en las novelas de la radio,
madre. Nunca la he visto reírse, madre… ¡Y a mí, me gustaría tanto verla reír!
Flora
reunió fuerzas e intentó ofrecerle una pequeña sonrisa al chiquillo, pero solo
le salió una horrible mueca que al fin acabó en un sollozo. A pesar de todo,
sin duda, el que más sufría con todo aquello no era el pequeño, sino el hijo
mayor, que era el que se encargaba de casi todas las faenas de la casa y, que
por la edad, era ya también, mucho más consciente de lo triste y de lo difícil
de la situación.
Otro día Flora, en un momento de
flaqueza, le dijo a su marido:
-Manuel,
ya no puedo aguantar más, un día de éstos me voy a quitar la vida. Sé que es
pecado hasta decirlo, pero ya no puedo más, Manuel…Ya estoy cansada de sufrir…
y de hacerte sufrir a ti y a los niños…
-¡Cállate
mujer! ¡Por Dios! ¡Quítate el barrenillo ese de la cabeza! No ves, que con eso
me estás haciendo sufrir… Flora, si no lo haces por mí, hazlo más que sea, por
los niños… ¡Quítate esas locuras de la cabeza, mujer! ¡Y, anímate mujer! Mira,
la semana que viene, vamos a coger a los niños y nos vamos a ir los cuatro a
pagarle una promesa que le debo por tu salud a La Virgen de Candelaria; a ver
si viéndonos allí a los cuatro amontonados, pidiéndoselo juntos con el corazón
y hasta con el alma, la virgen por fin se conduele y hace algo…
Unos días después el matrimonio y
los dos niños cogieron la guagua tempranito y se fueron a cumplir la promesa
que le debían a La Virgen
de Candelaria. Primero subieron al pueblo de Arafo, fueron por casa de Aurorita
la curandera; una viejecilla, que curaba a base de hierbas y de rezados. Para
llegar hasta su casa había que subir por una calle bastante empinada. Uno de
los niños, Manolito, el más pequeño, se sorprendió de los carritos construidos
a base de alambres, que llevaban allí los muchachos por la calle, cargados con
la bolsa del pan y, que conducían de pie, mientras caminaban, con su volante y
todo, un verdadero ingenio. En Cerro Blanco también había de esos carritos fabricados
por los mismos chicos, pero eran de madera, de alambre, él nunca los había
visto.
Al fin
Aurorita los atendió. La curandera se subió las mangas de la rebeca para
sentirse más cómoda, seguramente, y dejó al aire sus flacos y huesudos brazos.
Lo primero que hizo la buena mujer antes de nada, fue sobar un poco el vientre de
Flora con sus viejas manos arrugadas, luego se santiguó, le hizo un par de
rezados y después, finalmente, le mandó a tomar: tres tacitas de agua de
doradilla y una copita de vino moscatel, después de la comida. En los meses
siguientes los dos chicos, mientras pastoreaban las cabras por los barrancos,
no pararon de buscar y recolectar hojas de doradilla para la madre.
Cuando salieron de la casa de
Aurorita se fueron a coger la guagua y bajaron en ella hasta la villa
Candelaria. La sagrada imagen de La
Virgen , al ver al matrimonio y a los dos niños postrados los cuatro allí ante ella, rogándole
por la salud de Flora, sintió tal impotencia y tal angustia, que de haber
dispuesto de lágrimas, en ese momento y, por ganas, todas juntas las habría
llorado allí mismo, y de una sola vez. Pues, la Santa Imagen, sabía
que, Flora, allí, ante ella, nunca más habría de volver, como tampoco vería
crecer a sus dos pequeños hijos, porque de su enfermedad no se iba a curar
nunca, pues ésta no se iba a detener, porque aquel siluro cruel, seguía allí,
medio enterrado en el fango del estanque y, continuaría torturándola,
llamándola y, así, un día tras otro, cada vez más fuerte, más fuerte, mucho más
fuerte, más fuerte…hasta lograr al fin hacerla enloquecer. “Que triste destino,
es el destino nuestro, el de las imágenes – se lamentó para sí en ese momento
la sagrada figura de la Virgen
–, escucharlo todo, verlo todo, sentirlo todo, para después de todo, nada poder
hacer, nada poder decir… Para, al final de todo, ni tan siquiera tener el
simple desahogo de una lágrima.”
Finalmente
le encendieron unas cuantas velitas a la Virgen y luego se marcharon a coger la guagua,
con el corazón rebosante de alegría, pues salieron con la convicción plena, de
que La Virgen
de Candelaria les había escuchado… Es que la vieron tan clarita, tan clarita, mirándoles…
Si es que, fijamente, los estaba mirando desde su trono… Si, realmente, parecía
que de un momento a otro, iba a despegar los labios para hablarles… Pobres
infelices… estaban tan seguros, de que los iba a ayudar… de que La Virgen iba a curar a Flora…
…Unos meses más tarde no sé cuantos,
pero no fueron muchos, lo cierto, es, que los dos niños, una madrugada se
despertaron sobresaltados por los gritos
de su padre:
- ¡Ay mi
compañera! ¡Ay mi Flora, que ya hizo un disparate! – Gritaba el padre llevándose las manos a la
cabeza – ¡Ay! ¡Ay mi compañera, que ya
se quitó la vida! ¡Ay mi Flora! ¡Ay mi Flora!
En unos
momentos, al oír aquellos gritos tan desgarrados de Manuel, ya comenzaron a
llegar los primeros vecinos.
- ¡Tío
Manuel! – Le llamó uno de sus sobrinos - ¡Aquí está, tío Manuel, es tía Flora,
está en el tanque! La alcancé a ver con la linterna. ¡Todavía no se ha ido al
fondo, todavía está flotando sobre el agua!
Esa
mañana los dos niños se sentían extraños, y encontraban extraño e irreal todo
aquel jaleo; aquello era algo terriblemente insólito para ellos. Toda aquella
gente allí, gritando alborotada y llenando al patio de la casa, absolutamente
consternada por la sorpresa. Era como el brusco despertar de una pesadilla, de
un sueño un tanto evanescente y borroso para ellos, y que los situaba fuera de
él, pues aún no eran conscientes de lo ocurrido. La gente trataba en vano de
consolarlos con gestos y con palabras. Oían gritar y llorar a su padre, y
pensaban: “pero que hace”, todavía veían aquello como algo ajeno a ellos, hasta
que no fue casi de día, no se dieron perfecta cuenta de lo que había pasado.
A las seis y media, cuando, por fin,
comenzó a salir el sol por debajo de la oscura panza de burro, éste apareció
totalmente rojo, con sus tenues y fúlgidos rayos apuntando hacia arriba,
salpicando por debajo a las nubes, como el globo de un ojo, roto, y totalmente
ensangrentado. A esa hora dos agentes de La Guardia Civil ya se
encontraban allí, sobre la muralla del estanque, haciendo guardia junto al
cadáver de Flora, que se hallaba tapado con un manta y; el juez, al que ya
habían avisado hacía rato, seguramente, que ya estaría a punto de llegar.
A los chicos enseguida se los
llevaron al otro lado del barranquillo a casa de la abuela paterna…
Era ya
casi media mañana cuando, finalmente, el juez ordenó el levantamiento del
cadáver de Flora. La autoridad se marchó con la satisfacción y la conciencia
del deber cumplido, pero, ni él ni nadie de la jarca que le acompañaba, se percató,
de una sombra extremadamente alargada, que sobresalía del lodo del fondo de la
charca, propiciando y esperando allí,
impenitente, la caída de su próxima víctima.
Una vez
más en Cerro Blanco se mascaba la tragedia; había sido ésta, como casi todas,
una tragedia soterrada, que había permanecido en estado larvario durante años y,
que al final, ahora cerraba el ciclo.
No sé si ustedes lograron entenderme.
Creo, que esas cruces clavadas sobre los muros de los estanques no nos
convienen ni ayudan demasiado. No sé si conocen, que el siluro, es un enorme
pez depredador, que vive y se aloja sobre el lecho de algunos ríos. En Cerro
Blanco, corre entre la gente, el bulo, totalmente absurdo, claro, solo
faltaría, de que aquí el siluro también habita, y que se esconde bajo el légamo
que cubre el fondo de los estanques. ¡Tonterías! ¡Bobadas! Aquí lo que
verdaderamente habita es la depresión. La tristeza. El barrenillo, la carcoma
esa; esa maldita idea, que se nos mete, que nos taladra la mente y que nos
presenta al suicidio como un columpio hacia la salvación…
Como
ya les dije anteriormente, creo que esas cruces no nos ayudan nada… ni las
cosas que se creen, ni las que se piensan… ni todas las cosas esas que se dicen
en este pueblo, creo que nos ayuden en
nada… Quizá, echemos en falta a veces un poco de alegría…
Copyright © Servilio Casanova Pestano| Todos los derechos reservados.
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