LA FLOR DEL SAKURA (CUENTO)
LA FLOR DEL SAKURA
(CUENTO)
Este es un relato del cual, nadie conoce nada, ni en lo referente a su
origen, ni en cuanto a su veracidad, solo se sabe que comenzó a extenderse
circulando de boca en boca entre los miles de refugiados, afectados por el tsunami
que arrasó el pasado marzo la costa Noreste del Japón, y que se agolpaban
asustados y con el alma en un puño en las canchas deportivas y en otros
lugares similares habilitados para la acogida.
Así lo cuentan…
Cuando sus padres le pusieron el nombre al abuelo Hikaru, jamás se
imaginaron que una persona revestida por el halo de semejante nombre, un nombre
(que según la tradición japonesa, significaba cielo, luz, resplandor,
luminosidad…) se iba a pasar ya, casi de por la vida, en un mundo habitado
por las enguatadas alas de las tinieblas. Al pequeño Hikaru, que por aquel
tiempo vivía con sus padres en un pueblecito a las afueras de Hiroshima, los
norteamericanos no le tomaron opinión, ni le preguntaron su parecer aquel día 6
de agosto de 1945, antes de lanzar desde el avión Enola Gay, la bomba aquella
que aniquilaría la ciudad. Tampoco a sus padres les informaron. Nadie en
Hiroshima, y mucho menos la población civil, pudo imaginar siquiera, ni aún
soñando, ni viviendo en la peor de sus pesadillas, que alguien pudiera llevar a
cabo tan gigantesco crimen. Pero los seres humanos en lo referente a la maldad
siempre somos capaces de avanzar y de superar nuestros propios record. Ese día,
los padres del pequeño Hikaru se levantaron muy temprano, para realizar las
faenas del campo, al aire libre, antes de que el sol levantara demasiado y
comenzara a apretar con fuerza el calor. Al matrimonio apenas les dio tiempo de
ver aquel fenómeno terrorífico, la tremenda deflagración, y el hongo aquel con
su luz opalescente y cegadora., porque los dos cayeron de inmediato sobre los
surcos, los cuerpos de ambos quedaron totalmente calcinados, como fulminados
por el rayo, como las polillas cuando caen sobre una hoguera, así estaban,
hechos ceniza igual que todo aquello que les rodeaba. Sus figuras
encorvadas quedaron fotografiadas e inmortalizadas para siempre sobre la panza
oscura de aquellos surcos macizos, con altos camellones formados con la tierra
negra y magra de la huerta. El pequeño se salvó por, y gracias, a que al niño
con 8 añitos sus padres lo habían mantenido protegido, arropado y durmiendo aún
dentro de la casa a esa hora temprana de la mañana. Sin embargo, el niño
se levantó y desde el marco de la puerta, con los ojos aún medio cerrados solo
alcanzó a decir:
- ¡Papá la
luz! – Por suerte, el niño no pudo llegar a ver, como solo a unas decenas de
pasos más allá, siguiendo sobre la epidermis del largo de los surcos, había dos
insignificantes montículos de ceniza, una especie de arena refractaria aún
humeante, formada por los dos cuerpos desintegrados de sus padres.
Es verdad que
el pequeño no tenía daños, eso en apariencia, porque, desgraciadamente, más
tarde se darían cuenta que el intenso brillo de la deflagración radiactiva,
aquel intenso flash, dejaría ya las pupilas de sus pequeños ojos apagadas para
siempre.
El caso, es que con el tiempo, la luz que se había apagado de aquella
manera tan brusca y definitiva en sus ojos, iluminaba, ahora, con tal fuerza en
su cerebro y, era tal la claridad y la lucidez de sus pensamientos y de
sus ideas que, desde muy temprano, su triunfo estaba ya cantado. Cerebros como
el suyo los empleó su país para colocarse en una decena de años en los primeros
lugares de la economía y de la riqueza mundial. Sanako era su esposa, pero, no
solamente era eso, además, también Sanako era sus ojos, pero no solamente era
eso, sino que además ella era el medio, ella el nexo que le trasmitía fielmente
y con ternura, la poesía, la belleza y toda la inmensa hermosura de la
naturaleza contenida sobre la superficie, pero no solo ahí, también era ella
muy capaz de sondearla, para buscarla penetrando hasta el alma, hasta el fondo
mismo de las cosas, para dársela a él, para ofrecérsela como un regalo, tal es
así, que cuando a él le dijeron que había un eminente doctor en “Los Estados
Unidos” y que cabía la posibilidad, operando, de que recobrara la visión casi
por completo, no lo dudó, se negó en rotundo.
- ¡Que quieren esos malditos americanos! – Gritó enfadado, hecho una furia. –
Es que no les basta con haberme dejado ciego una vez. ¿Por qué aparecen siempre,
sin que les llame?
Estaba tan
hecho a ver con los ojos de Sanako y a sentir con ellos y por ellos, que
recobrar la vista, para él solamente significaba quedarse dos veces ciego.
Cuando florecía el Sakura o cerezo, el podía verlo igual que podía sentirlo y
olerlo. Tal era el trabajo tan bien realizado con él por Sanako. En el tiempo
que dura el Hanami, (que es el festejo anual de una tradición milenaria, que
trata del simple disfrute, de la contemplación gozosa por los japoneses, como
explosión de la primavera, de los cerezos en flor), Hikaru explicaba a sus
pequeños hijos con todo detalle, como eran y como estaban ese año las
hermosas flores del Sakura. Los niños no se extrañaban, miraban las flores del
Sakura y miraban los ojos muertos de su padre, y sin embargo, repito, no se
extrañaban, sabían que las veía
Pero volvamos de nuevo al principio… Muertos sus padres, Hikaru vagó en
soledad durante semanas sin rumbo por los campos, mirando hacia arriba con sus
ojos lisiados, buscando inútilmente, en la noche impenetrable, sin
encontrarlas, aquellas constelaciones tan familiares, que su padre, desde muy
pequeño, le había enseñado a reconocer, hasta que por fin lo recogieron y lo
llevaron a una aldea donde habían instalado un campamento lleno de centenares
de personas tan perdidas y tan ciegas como él. Fue su suerte, pues, fue desde
allí, desde donde las autoridades se pusieron en contacto con sus abuelos
maternos, únicos familiares que le quedaban vivos y que se hicieron cargo de
él. Meses estuvo el pequeño Hikaru como enajenado, perdido en otro mundo,
totalmente fuera de la realidad.
Su abuela, un buen día lo llevó a una pitonisa que había por la zona, por
ver si el niño reaccionaba y por fin salía de aquel marasmo.
- ¡Es un niño muy extraño! – Casi gritó la vidente frente a la bola, con un
gesto lleno de incredulidad, de duda, y de asombro.
La abuela de
Hikaru cuando oyó aquello se puso muy seria y tomando al pequeño de la mano se
levantó, hizo una media genuflexión de cortesía a la vidente y se dispuso a
marchar, no sin antes volverse para decirle:
- Se equivoca usted. Mi niño no tiene nada de extraño. Solo pasa que ha
sufrido mucho…. Si usted supiera…
- ¡No, no! ¡Discúlpeme! – Se apresuró a decir la vidente – Creo que yo me he
expresado mal. Extraño, no es la palabra, sino,… especial. Tiene un halo, una
especie de aura benéfica en torno a su persona. Tan grande…, tan grande, que me
llena de asombro… Quizá muy pronto sus familiares, y las personas que tengan la
suerte de vivir cerca de él se beneficiarán de ella. Tal vez, en alguna
ocasión, esa aura les llegue hasta salvar la vida…
Hikaru miraba
hacia atrás, ahora, al final de su vida, en la vejez, y todo le parecía un
sueño… Un enorme sueño. Tuvo una esposa a la que amó desde el mismo fondo de su
corazón, también tuvo a cuatro hijos buenos, trabajadores, respetuosos y
cariñosos con sus padres… Y más de una veintena de nietos… Y a pesar de todo,
ahora si que quería marcharse de este mundo. Sanako había muerto hacía dos
meses. Se había quedado solo y, por vez primera en su vida, verdaderamente,
ahora sí, se había sentido como un pobre ciego. Sin Sanako, el mundo ya no era
mundo, sino un territorio carente de interés, aburrido y hostil.
- Acaba de llamar el abuelo Hikaru – dijo el padre.
- ¿Qué quería papá? – preguntó la joven Sanako.
- Tu abuelo está un poco loco; quiere que vayamos todos, la familia al
completo, al Matsuri del Hanami (fiesta del cerezo en flor) tres días, del diez
al trece de marzo. Te digo que con la muerte de mamá el abuelo perdió la olla.
Así de claro se lo dije:
- ¿Dime, papá, cuando has visto tú florecer el Sakura a principios de marzo?
- Iremos al Sur del Japón si hace falta, allí florece antes. Sabes que tu
madre y yo nunca faltábamos. Aquí, en la costa de Sendai, no sé qué les pasa a
los cerezos en estos tiempos, pero ya no florecen nunca. – Eso me respondió el
abuelo.
- Así es,… que me dejó sin palabras y no supe que contestarle. Me limité a
decirle: “pero…, papá ¿y que hacemos con el trabajo?” Y entonces fue y me
dijo:
- ¡Ah el trabajo,…el trabajo¡ El clásico japonés… El trabajo… Sayonara,
hijo. ¡Olvídate del trabajo! Pues, ya alquilé un hotelito para toda la familia
a las afueras de Kioto. ¡Saiyonara…! Vengan a recogerme por la mañana
tempranito, el día diez.
- Bueno, Sanako, que más le podía decir al abuelo si me despidió con un
Saiyonara, él es el Sensei (el maestro) de la familia, qué más podía decirle…
Tienes que ayudarme a convencer a los otros, hija.
- Pero si el abuelo ni siquiera ve, para que quiere ir a ver la flor del
Sakura, papá.
- Te equivocas, el abuelo sí que ve la flor del cerezo, siempre lo supimos,
no me preguntes como, pero la ve. Y si le preguntas a tus tíos, mis hermanos,
te responderán lo mismo. – Dijo el padre a la joven Sanako, totalmente
convencido de lo que decía.
- ¡Bueno, pues habrá que ir! Ya sabemos que, por el abuelo, se estaría no
tres días, sino tres semanas o tres meses, le gustaba tanto perderse con la
abuela por esa zona, se sentían tan felices marchando fuera de Sendai, tanto,
que a veces creo, que si no hubiese sido por la familia, poco les hubiera
importado regresar…
Al final,
como siempre que se trataba del abuelo Hikaru, todos los miembros de la familia
se pusieron de acuerdo, y el día diez de marzo por la tarde ya se hallaban por
las cercanías de Kioto, apenas a pocos kilómetros para llegar al hotel.
Al día
siguiente madrugaron, se presentaron todos a primeras horas de la mañana en la
plaza de los cerezos, dispuestos a tender sus hermosos manteles, decorados con
finísimos grabados de flores, de frutas, de animales, y de escenas
tradicionales y con sus cestas de mimbre conteniendo las comidas, preparados
para pasar todo el día a la sombra de los cerezos; porque, como ya se habían
imaginado ellos, la flor del Sakura aún estaba ausente y, lo más terrible, es
que aún se hallaría lejos, quizá a un par de semanas de distancia para llegar.
- ¡Mira, mira! – Dijo el abuelo a otra de sus nietas, señalando con el dedo –
Ves Aneko, es la abuela Sanako. ¡Mira, mira! ¿No ves como me sonríe desde
aquella rama?
- ¡Como está el abuelo! – Pensaron los hijos, las nueras, y los nietos
moviendo la cabeza – Está de atar, ahora si.
Pero
entonces, Aneko, la nieta, se acercó a la rama que señalaba el abuelo y para
sorpresa suya y de todos, en una ramita de aquellas acababa de abrirse una
flor.
- ¡Hijos, que os pasa! – Dijo Hikaru – Es que les oigo todo el tiempo,
cuchicheando por lo bajo. Sé…, lo del terremoto. Es ridículo que me lo tratéis
de ocultar, lo sé, sé cuando la tierra se mueve, soy viejo, pero estoy vivo y
no soy idiota. Ojala no muera nadie esta vez, ojalá que no le pase ninguna
desgracia a nuestros amigos…
El abuelo
siguió paseando con normalidad por el centro mismo de la plaza del brazo de su
nieta Aneko, la hija menor de Kotaro, su segundo hijo, gerente de una fábrica
automovilística. Los hijos aprovecharon esos momentos para hablar con entera
libertad entre ellos. Esa mañana los hijos de Hikaru, como todo el país,
estaban desolados y muy nerviosos.
- Papá aún no sabe nada de lo del tsunami y, por ahora, mejor que no lo
sepa, está muy delicado desde la muerte de mamá, solo una hebra le está uniendo
a la vida, le podría dar cualquier cosa. – propuso su hijo Haru, tembloroso.
- Si, ya buscaremos la mejor manera de decírselo – dijo una de sus nueras a
punto de llorar.
- Pero…, de qué manera le contamos a nuestro padre, que nuestros amigos y
nuestros conocidos han desaparecidos todos, tragados por un tsunami. Que ni él
ni ninguno de nosotros tiene casa a la que volver. – sollozó su hija Sanako sin
poderse contener.
- Mira, sabes lo que te digo, – intervino su hijo Hikaru – que a veces
también las cosas tienen su parte buena. Creo, que le alegrará saber, que una
vez más antes de morir logró poner a su familia a salvo. ¡Mira que si no
llegamos a hacerle caso! Le debemos nuestra vida, la de nuestras parejas, y la
de nuestros hijos, a nuestro padre.
Cuando el abuelo y los nietos retornaron al sitio donde estaban todos
después de dar un largo paseo por la plaza, y de que éste les explicara cada
uno de los detalles de aquel hermoso parque y de que, como siempre, terminara
hablándoles de sus recuerdos y de la abuela Sanako. Se sentaron en el mismo
sitio donde él y la abuela acudían a sentarse todas las primaveras para ver las
flores del Sakura. Los hijos miraban al padre con un tremendo desconsuelo, con
un nudo en la garganta y haciendo grandes esfuerzos por no llorar. Pero cuando
el abuelo llevaba unos minutos sentado comenzó a sentirse mal y les llamó:
- ¡Acercaos todos! ¡Arigato a todos por venir! (Gracias a todos por
venir) ¡Siento que debo mar… marcharme! ¡Os…os quie…quiero mucho…a… a to…todos!
¡Sai…Saiyonara, hijos! – Acabó diciendo estas palabras mientras hacía grandes
esfuerzos para coger aire de nuevo y respirar.
La familia
hizo un corro en torno al viejo samurai, mientras que, los servicios de
emergencias que ya los habían llamado, se dirigían hacia allí… Ya era casi
medio día. El viejo estaba cada vez más pálido. Se moría. La familia le
protegía formando un enorme círculo, una especie de muro de cariño y de acero a
su alrededor. Una luminosidad blanca y fosforescente venida desde arriba, caía
directamente desde las copas de los árboles y ponía una luz y un brillo
especial en el rostro de los familiares…
Cuando llegó
el equipo de emergencias ya no hizo falta desfribrilar. Los sanitarios no
tardaron en llegar, ni el tiempo mínimo, que tenían por norma, establecido,
pero cuando llegaron Hikaru ya estaba muerto, por lo tanto certificaron su
muerte y ya no hizo falta desfribrilar su corazón. En tan corto espacio de
tiempo surge la vida y se va, como se fue la de Hikaru, sin poder llegar
a ver el milagro, la explosión del Hanami, y como la flor blanca del Sakura, en
ese intervalo de tiempo, en esos preciosos minutos, a mitad de la segunda
semana de marzo, se presentó allí, sin esperarla, como un tsunami, inundando de
nuevo de luz y llenando, como siempre, de magia, aquel maravilloso parque de
los cerezos…
FIN

Precioso.
ResponderEliminarCuentos de Esperanza, muchas gracias. Saludos!!!
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