¿TE ACUERDAS? (Relato)
¿TE ACUERDAS?
(Relato)
¿Te
acuerdas, Leonardo? ¿Seguro que te acuerdas…? Hace ya unos cuantos años que
pasó, pero tú tienes que acordarte. Por aquel entonces tendríamos unos once o
doce años… Debes acordarte de él, Leonardo, estoy seguro de que te acuerdas.
Era un perro precioso, blanco, con una mancha canela, puesta, como un parche
sobre el ojo, y con la boca bastante peluda como la de un perro mallorquín. Me
acuerdo que tú tenías aquel carro de tablas que te hizo tu tío Ernesto, el
hermano de tu padre, aquella vez que lo mandaron de retorno para la casa, por
mutilado de guerra. El hombre llegó un día a la casa, con una vieja mochila
colgada al hombro y acompañado ya por las sombras de la tarde. Andaba despacio,
no llegaba ni a los 25 años, pero parecía un viejo. Apareció por el patio, casi
arrastrándose, lo recuerdo bien, venía en los huesos, sequito, se le podían
contar bien las costillas, una por una, a través de la camisa, con la cabeza
rapada al cero, por los piojos, las mejillas muy hundidas, casi sin dientes, y
cojeando mucho de una pierna, por una ráfaga de metralla que le metieron
mientras combatía allá en una de las tantas trincheras del frente de Teruel.
Buen
carro aquel, recuerdo que nos subíamos diez o doce chicos dentro de la
carrocería, eso si, íbamos apretados como sardinas en una lata, bajábamos la
pendiente y la curva a toda velocidad, gritando y riéndonos y, que yo recuerde,
jamás volcamos. Tu tío era un tipo inteligente, lástima que lo mancaran de
aquella forma. Pero, lejos de engoruñarse, o sentarse a llorar de impotencia, y
dar la vida por perdida, el hombre enseguida aprendió el oficio de zapatero,
quizá lo empujó la necesidad y la juventud, y con ello no le faltó para ganarse
la vida. Le puso un buen volante al carro y, sobre todo, unos buenos frenos,
gracias a ellos, lo estamos contando aquí, ahora, en la vejez.
Leo, has
mente, tienes que acordarte, le pusimos por nombre “Manchita”, era un buen
perro, un perro magnífico. Fue bien recibido por casi todo el mundo, porque
aquel día, el animal bajó calle abajo, moviendo el rabillo como un plumero, la
mirada gacha, postrándose continuamente, lamiendo y saludando cariñosamente a
todos y ganándose su confianza. A la única que no le debieron de gustar, ni
supo apreciar sus muestras de cariño, fue a la mula de Graciliano, que de
buenas a primeras se dio la vuelta a posta y le dio una patada que lo mató del
golpe, bueno, mejor dicho, todos pensamos que estaba muerto. De hecho, ¿te
acuerdas Leonardo, te acuerdas? como lo cogimos del suelo, con que cuidado, con
que delicadeza, entre todos los chicos, lo alzamos del suelo y fuimos
llevándolo en procesión, en volandas, hasta depositarlo debajo de los mogotes de
las pencas. Buen perro, aquel. Jamás, ni antes ni después, he sentido un cariño
tan espontáneo y tan sincero hacia un animal, como el que sentí por Manchita
nada más verlo. Lo dejamos allí, al fresco, a la sombra de las pencas, con la
idea de volver, para velarlo durante toda esa tarde. La intensión nuestra, era,
la de hacer un buen hoyo a la mañana siguiente, para enterrarlo con todos los
honores que un perro como aquel se merecía. Pero no fue necesario, el muy
baladrón nos había engañado a todos, pues, lo que parecía ya, el óbito, era
solo una ligera inconsciencia. Así, que a la media hora, el perro abrió la boca
completamente y bostezó un par de veces, con desgana, cazó luego una mosca que
le estaba incordiando y se levantó moviendo la cola como si nada, retozando
nuevamente y jugando con todos nosotros como antes. Desde ese día Manchita se
hizo muy popular entre nosotros y, en aquel pueblo empobrecido, donde lo único
que sobraba, era solamente la miseria, nunca, en el tiempo en que vivió, a
pesar de las estrecheces y de las cartillas de racionamiento, le faltó quien le
sirviera unas sobras o le tirase un par de gainaces de gofio, que él siempre
cogía al vuelo. Dos días después, nos llegó una carta del frente, contándonos,
que mi hermano Santiago había muerto. Que había muerto como un héroe, decían,
“luchando por la Santa Cruzada, con un gran entusiasmo y desarrollando en todo
momento, un esfuerzo firme y denodado para liberar la patria”. Así decía la
carta que les mandaron a mis padres sus superiores.
Leo, ¿te
acuerdas de Santiago, mi hermano? Me parece…, me parece que no puedes acordarte
mucho de él, no, no, creo que tú no te acuerdas de él…, él nos llevaba 4 o 5
años. Se lo llevaron a la guerra, apenas con 16 años, a los de su quinta, les
decían: “la quinta del biberón” porque eran solo unos niños cuando se los
llevaron. Bueno, es lo mismo. Era morenillo, con un cuello largo y el pelo
rizado. Eso que llaman elegante. Yo, la verdad, es que sentí muchísimo la
muerte de mi hermano mayor, pero por mucho que me imaginaba su trágica muerte,
por mucho que me lo representaba, despatarrado y cubierto de sangre, no
conseguía soltar una sola lágrima por él, es más, a veces la mente me jugaba
una mala pasada y lo veía cadáver, marchito, con los ojos cerrados, y con la
nuez flotando, abultada, como una raíz doblada en mitad de su largo cuello y
entonces se me antojaba que el muy jodido no estaba muerto, sino que estaba
simulando, mira que delirio, y trataba yo en aquel momento de contener la risa,
pero en vez de lograrlo explotaba en un tremendo resoplido seguido de una
estridente y sonora carcajada. Podrás imaginarte, Leonardo, el pesar, el
abatimiento, el cargo de conciencia y el mal cuerpo que me dejaba todo esto.
Con decirte, que al final, terminaba olvidándome de mi hermano y llorando como
una verdadera magdalena. En aquellos momentos el único consuelo que me quedaba,
era la desinteresada compañía y el cariño de Manchita, que parecía adivinar mi
dolor, mirándome a la cara, exhibiendo su parche con la cabeza ladeada y
observándome con ojos de persona. Por la tarde, al ponerse el sol, Señor Diego,
el de la venta, que era uno de los pocos, en el pueblo, que sabía leer y
escribir, encendía el quinqué, ponía la montura de las gafas a cabalgar sobre
el filo de su nariz y leía la prensa en voz alta. El pueblo casi entero se
enracimaba alrededor de la mesa, para escuchar las noticias sobre el curso de
la guerra. La conclusión, después de leída la prensa, siempre era la misma:
“los nuestros van ganando, los Rojos retroceden cada día un poco más y, en la
huida, nuestra aviación los aplasta como a ratas…”.
Te
acuerdas…, Leonardo, te acuerdas…, por aquel tiempo nos mandaban y hacíamos
también nuestros trabajos, casi se nos pelaban las canillas, de tantos viajes
como nuestras madres nos hacían dar, para llenar los cubos de agua, en el
chorro de la fuente, para abastecer la casa y, como bebíamos en silencio, el
agua fresca y limpia, cogiéndola del caño a embozadas en el hueco de las manos…
También me acuerdo de Clara, de Clara, “La del Hoyo”, tenía tres arrugas en la
frente, paralelas y recortadas como el filo de un serrucho, que, a mí, siempre
que las miraba, me venía a la mente una imagen un tanto desolada, que me hacía
pensar y ver en ellas a tres surcos recién abiertos en una tierra seca y
endurecida. Quizás era la manera más simple y absurda que encontraba el dolor,
para aflorar con nitidez y, de forma paralela, sobre aquella piel marchita. Era
bien sabido por todos que, el único del pueblo, que chapoteaba dentro las
trincheras, luchando por defender a La República, era Marcos, el hijo de Clara.
Por eso, desde hacía ya mucho tiempo, le habían hecho el vacío a la pobre mujer
y nadie se hablaba con ella, ni siquiera mi madre, que en tiempos fue su mejor
amiga.
No sé por
qué te pregunto, Leonardo… Si por lo menos me contestaras cuando te hablo…
Estás…, pero estás como si no estuvieras… Recuerdas el pozo aquel que estaba
medio vallado, al lado de las piteras, cerca de la linda, en la finca de don
Fidencio, el que hacía tiempo que habían dejado de usar, porque el agua se
volvió totalmente salobre y, al que le tirábamos piedras de lejos, para
escuchar al rato como se hundían en el agua con aquel ruido sordo, profundo, y
tenebroso, que nos erizaba los pelos y nos hacía estremecer de miedo, porque
nos imaginábamos a aquel agujero negro y pestilente como lo más terrible de
este mundo. Leo, escucha lo que te digo, tengo muy bien presente, también,
cuando íbamos mi madre y yo, de visita, a casa de Isabelita, mi tía, la que
vivía en la capital. Allí nos quedábamos un par de días, para ir al médico,
porque yo estaba medio entecado, decían que me faltaba calcio, y recuerdo, que
mientras estaba allí, era como si me hubieran dado un nudo en las tripas, y es
que, Leo, en aquel sitio no se te escapaba un peo ni a la de dios, y cuando
volvías a tu casa, te ibas a las pencas y lanzabas inmediatamente, una
ametralladora de estampidos, que se espantaban hasta a los gatos, como para
todo un mes, y luego hacías de vientre con un alivio y con una facilidad, que
te parecía hasta irreal, tanto, que en ese momento se te representaba el cielo
hasta con angelitos.
Oye bien,
Leonardo, oye lo que te voy a decir: esto que te digo, lo digo, y te lo digo a
ti, por que sé, de buena tinta, que eres una tumba, que no lo vas a decir…, que
jamás lo vas a contar a nadie. ¿Te acuerdas de Edelmiro, el encargado de don
Fidencio? El tipo ese era un mal bicho. Eso nadie lo dudaba. Dicen que le daba
bastante leña a su mujer, que la pobre amanecía algunas veces con las cejas rotas,
y los ojos morados, como si la noche anterior se la hubiera pasado disputando
en el ring el “titulo de los pesos ligeros”. Un entrañas pardas, un asesino… Un
sicario al servicio de su patrón… Eso es lo que era… Sospecho no, sé, que a
Manchita, fue él quien lo mató, tirándolo dentro del pozo. Pero también,
bastante de la culpa de su muerte, fue mía, me acuso de ello. Me pudo la
curiosidad. La curiosidad, junto con la inocencia, las dos unidas pueden llegar
a ser desastrosas, incluso hasta mortíferas. Sabes, que se comentaba, por
aquellos tiempos de los que te hablo, que por las noches, llegaban coches junto
al pozo…, que se veían luces y sombras de personas que se movían…, y voces
junto al brocal y gritos que salían y que retumbaban en el interior del pozo.
Incluso las mujeres en los lavaderos comentaban susurrándose unas a otras al
oído, que se decía: “que Manuel el del Hoyo, el marido de Clara, había
desaparecido, y es que unos hombres, lo habían sacado de la casa a media noche
y lo habían tirado al pozo, decían que, como Marquitos, el hijo, estaba en el
frente del lado de La República, porque era de los anarquistas, de la CNT, por
fuerza él, que era el padre, tenía que ser un rojo”. Llevado de estas
habladurías y de estos rumores, va y no se me ocurre otra cosa, como puedes
ver, cosas de chico, que acercarme una noche de luna y meterme a curiosear
escondido dentro de las piteras, con la sola compañía de Manchita. Al rato de
estar allí, sin miedo, porque el perro me daba mucho valor, llegó un coche
negro y se detuvo junto al pozo. Entonces, si pensé, que el corazón se me iba a
salir, dejé casi de respirar y me escondí todo lo que pude, casi fundiéndome
con el suelo y clavándome en la cabeza algunos picos de las piteras, sujeté al
perro y le mandé callar. Se bajaron dos hombres del coche, el que conducía y
otro, y Edelmiro que apareció de no sé donde, se quitó el sombrero y les hizo
una especie de reverencia a los dos, hablaron algo entre ellos y le abrieron la
puerta trasera del coche. Edelmiro introdujo sus manazas en el asiento trasero
y sacó, lo que era claramente, el cuerpo de un hombre maniatado y, por la
forma, parecía, inconsciente, tal vez, o quizá muerto. Se echó el cuerpo inerte
sobre el hombro, caminó unos pasos y lo lanzó sin pensárselo dos veces al pozo,
por un hueco de la valla. Al par de segundos sonó allá abajo, el golpe, ronco,
como el de una gran piedra al chocar contra el agua y rodar hacia el fondo.
Volvió al coche y repitió la operación, pero esta vez no pude sujetar a
Manchita que se me escapó, y antes de que Edelmiro tirara al pozo el segundo
cadáver se le enredó el perro entre las piernas, mordiéndolo y tirándole de los
pantalones, lo cual hizo que se le cayera al suelo el muerto.
- ¡Quieto
Mancha! ¡Quieto Manchita, quieto! ¡Perro del demonio! ¡Será posible! – le
gritaba el capataz tratando de patearle la cabeza, cosa que no conseguía, pues
el perro lo mantenía bien sujeto por los pantalones.
- ¡De
donde sale esta fiera! – vociferó uno de los matones.
- ¡Ahora
verás! – Gritó el otro.
Y fue al
coche y vino provisto de un palo grueso y corto y enseguida la emprendió a
mamporrazos con el pobre animal, que después del segundo golpe puso tierra por
medio y se alejó de allí aullando de dolor. Edelmiro también se quejaba por los
mordiscos recibidos, mientras los otros dos se partían de la risa diciéndole:
- ¡Ja,
ja, ja!, Lo que pasa, es que tú eres un blando Edelmiro.
- ¡Ja,
ja, ja! y… ¿Con gente como tú, vamos a ganar la guerra y a levantar a España? –
Decían, mofándose, los dos partidos de la risa.
-
¡Cretino! – Le gritó uno de ellos con las manos hundidas en los bolsillos de la
americana – Tira el fiambre al pozo, de una jodida vez.
- Ya, ya
mismooo…, voooy – contestó el encargado mientras trataba, no sin ciertas
dificultades, de echarse nuevamente el cadáver sobre los hombros.
Luego,
mientras iban los dos hombres hacía el coche, el que parecía mandar de los dos,
se volvió, sacó una pistola del bolsillo de la americana y se la pasó de una
mano a la otra, como sopesándola, para luego sentenciar:
-
¡Escúchame bien, Edelmiro! ¡Mata a ese perro! ¡Mira, zoquete, detesto a los
inútiles! Si vuelvo a ver a ese perro por aquí, el próximo en caer al pozo, por
mi santa madre, que serás tú.
Y a todo
esto Edelmiro que escuchaba con el cuello doblado por el peso del muerto
respondió:
- ¡No lo
verá más! ¡Lo mataré! ¡Por mi madre…, que mataré a ese perro, se lo prometo!
Luego el hombre dio un par de pasos inseguros hacia adelante y lanzó el fardo
hacia la amenazante oscuridad de la boca del pozo.
Leonardo…,
cuando se marcharon todos de allí, me arrastré por el suelo como pude, para que
no me vieran y, temblando, con escalofríos y un imparable castañetear de
dientes, me fui para mi casa, pero…, te lo juro, ¿sabes lo más terrible de
todo? Lo más terrible, lo más insoportable de todo, es que me pareció reconocer
la voz del matón de la pistola, la el tipo que amenazó a Edelmiro con tirarlo
al fondo del pozo… Yo estaba asustado y desolado… Mientras caminaba hacia mi
casa, me dio por llorar…, tenía algo más que un simple presentimiento, tenía
casi una certeza, por eso al llegar, me descalcé y pasé sin hacer ruido por el
dormitorio de mis padres. Esa noche, como me había imaginado, mí madre dormía
sola. Aquella noche, sin hacer una sola pregunta, encontré muchas respuestas…,
El sombrero que solía estar colgado en la percha, había desaparecido, y el lado
de la cama que solía ocupar mi padre estaba vacío, y ya con la sábana bastante
fría…
Leo…, tú
dirás, que por que te cuento todo esto, ahora, que sé de sobra que es como
decírselo a un muerto, es más, seguro que muchos de ellos se interesarían mucho
más que tú, pero tengo que soltarlo, porque es un lastre que he venido cargando
toda mi vida y ya me pesa demasiado. Sé que me voy a morir en cualquier
momento, y como ves, no quiero seguir cargando con esta inmensa potala, sobre
mi espalda, toda la eternidad.
En
aquellos tiempos, dados mis pocos años y mis escasas luces, me dio por pensar,
aunque no se lo decía a nadie, que “dios y la patria”, habitaban, sin duda, en
el fondo de aquel pozo y, era por eso, seguramente, que había que
suministrarles, puntualmente, y a diario aquel horrendo tributo de cadáveres. La
última vez que vi a Manchita fue la mañana siguiente a lo que te acabo de
contar, dirigiéndose a la plaza, cojeaba algo de una de las patas delanteras e
iba caminando alastrado, así un poco de medio lado, como suelen hacer los
perros cuando están tristes o simplemente algo cansados. Lo llamé, se paró y,
me observó por un momento, luego bajó la cabeza, con tristeza, y se fue a
morder el agua, bebiendo en el blando chorro, que brotaba incesante, por el
caño de la fuente. Nunca más lo vi. Por todo lo que te he contado, te diré, que
siempre me imaginé que su cuerpo, como los de tantos hombres por aquellos días,
también había servido de comida a los monstruos aquellos que habitaban en el
fondo del pozo. Pero ahora mismo, en este momento, es como si lo tuviera delante,
como si lo estuviera viendo. Con su parche en el ojo, como un pirata. Desde ese
día sentí un odio mortal hacia Edelmiro y, creo, que ese odio duró, hasta
muchísimo tiempo después de muerto el capataz.
En cuanto
a mi padre, uno no puede elegir a sus progenitores, pero te aseguro, que,
después de aquello, siempre lo vi como a una especie de monstruo, le temía, la
muerte enseguidita se lo llevó, pero, mientras fui joven, ni siquiera en el
recuerdo le perdoné. Luego, la vida se encargó de poner y cruzar en mi camino,
a buenos maestros y, a personas excelentes por lo general, que se encargaron de
transmitirme la integridad y los valores que mi padre nunca me supo dar. En
cuanto a mi madre, era una mujer valiente, siempre lo fue, y además generosa,
honesta y transparente, todo lo contrario del hombre con el que se había
casado. Un día, también le llegó a lo pobre Clara, la carta comunicándole la
muerte de su hijo Marcos, que así se sumaba a la su marido, muerto también y
además, desaparecido. Mi madre se enteró. Y no le faltó tiempo, para acudir a
visitar a su amiga Clara y pedirle disculpas y perdón, por su anterior
conducta. Las dos mujeres, nada más verse, se abrazaron y lloraron juntas por
la desgracia. Lloraron por sus hijos, por aquellos jóvenes, que en algún
momento habían compartido juegos, y ahora estaban muertos, se los habían matado
en aquella absurda y sangrienta guerra, a los dos se los habían asesinado. Al
día siguiente, Clara y mi madre se anudaron los pañuelos en la cabeza, llenaron
las canastas de ropa sucia, y se fueron a lavar la ropa a los lavaderos. Desde
ese día, nunca más se separaron ni dejaron de ser amigas. Y el resto del
pueblo, poco a poco fue aceptando a Clara, como lo que era, como lo que siempre
había sido, una buena persona y una buena vecina. Con lo poco que tenían, las
vecinas, aunque de tapadillo, la ayudaban. Le daban algo de trabajo, y se puede
decir, que dentro de las estrecheces que había, en aquellos años de la escasez,
y de todo lo que siguió, ni ella ni sus hijos pasaron hambre.
Todos
estos recuerdos, Leonardo, los tenía medio olvidados, hasta que me regresaron
juntos, fue un día, una noche que, viendo las noticias por la televisión, vi
como habían destapado una fosa común de la guerra civil, en la que aparecieron
restos humanos de varias personas diferentes, victimas de la represión. El
alcalde del pueblo aquel, donde fue abierta la fosa, consternado, se enfrentó
al objetivo de la cámara y ante la pregunta dijo: “Lo que más me ha
impresionado de todo, no ha sido ver los cráneos, ni todo el montón de huesos
que han aparecido, lo que más me ha conmovido de todo, a sido, ver el carácter
tan humilde que debían de tener los muertos, hombres jóvenes, calzados todos,
con unas simples albarcas, ahí, las tienen…, las pueden ustedes ver: aparecen
todas, a pesar de los años, casi enteritas…”
¡Qué
calor hace, Leonardo! Dicen, que a los viejos, no les da calor…, que no saben
cuando tienen que beber agua…, pero yo cada vez siento más calor…, y cada vez
lo llevo más mal y lo tolero aún peor…, siempre he sido un bicho raro, eso
tampoco es menos verdad. Pero, lo que si me ha dejado realmente bien, es toda
la enorme retahíla que te acabo de contar, muchas de las cosas, ya sé que las
sabías, y otras también que no. Bueno, ahora, Leo, mójate un poco, aunque sea
por una sola vez, y dime algo, expresa lo que de verdad, opinas…
- A mí me
parece que… - Comenzó por fin a decir Leonardo.
- ¡No!
Leonardo, dejémoslo así, de ese tamaño, y mejor no digas nada… Total.
-
Tampoco…, es pa ponerse así…, mira, viejo del carajo. – le replicó Leonardo –
Que yo, solo quería decirte, que también yo, me acuerdo de aquellos tiempos,
del perro aquel…, de Manchita…, de aquel carro que me hizo mi tío Ernesto,
¡como no me voy a acordar…,! y de cuando éramos solo unos niños, unos mocosos,
que disfrutábamos con casi todo… ¡Cacho cabrón! Como no me voy a acordar,…
claro que me acuerdo…, me acuerdo hasta de cuando cogíamos agua del caño para
beber, a mordidas en el chorro o, haciendo un hueco con las manos, a embozadas,
como dices tú. – terminó por decir el viejo, tratando de disimular, aquel par
de jodidas lágrimas.
Fin
Terminado
de escribir el sábado, 25 de septiembre de 2010

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