EL ENTERRADOR (Cuento)
EL ENTERRADOR
(Cuento)
Esto que les voy a contar, me lo contaba
la otra noche, en un velatorio, Onofre, un tipo muy hablador, al que yo no
había conocido hasta esa noche. Él sujeto en cuestión, del que les hablo, creo
que andará ya muy cercano a los setenta, pecoso, con el pelo rojo y tieso como
los pinchos de un erizo y, qué, hasta
hace solo un par de años, había sido el sepulturero oficial de la Villa. Decía
el hombre, que jamás se acostumbró a manipular los cadáveres, pues algunos de
ellos se mantenían todavía “enteritos, como cuando estaban vivos”, aunque
hubieran pasado algunos años sepultados. Él me contaba con gesto de dolor, lo
desagradable, y lo difícil, que le resultaba desmembrar los cuerpos para
meterlos en bolsas, (cosa que siempre hay hacer – me explicó – cuando muere
otro familiar del difunto, pasados ya los cinco años reglamentarios de su
muerte y se les entierra juntos) cuándo aún se mantenían en el mismo estado en que fueron enterrados… Onofre, me
fue dando, uno a uno, todo lujo de detalles, recreándose en ellos, sin omitir
nada, por desagradable o escabroso que fuera, sin embargo, se notaba, que no lo
hacía por morbosidad, sino que para él todo aquello era de una normalidad
absoluta, después de pasar más de una veintena de años trabajando en el ramo, y
ganándose el pan con tales cosas. Y de esta manera iban pasando las horas y
transcurriendo la noche sin que mi locuaz compañero de conversación parara ni
un solo momento, cosa que yo agradecí bastante, pues se me había pasado aquella
larga noche, sin apenas darme ni cuenta.
A las cinco menos cuarto de la madrugada, en la cocina
del tanatorio habían hecho chocolate para reanimar un poco al personal y nos
sirvieron una taza a cada uno, bien caliente y, a partir de ese momento, Onofre
abandonó el tema funerario y, pelo a pelo, me fue contando un accidente que
había ocurrido en una galería de agua, donde también él había trabajado de
joven, durante algún tiempo, como picador y dinamitero en el frente. “Nos
llamaron, a otro y a mí – me contaba Onofre –, que estábamos algo más abajo de
la galería cavando unas viñas, gritando, apurados, que subiéramos rápido para
la galería, que había pasado una desgracia. Uno de los dos hermanos que
trabajaban esa mañana en la galería, como pudo se arrastró hasta la puerta,
pálido como un muerto con la ropa hecha pedazos y chorreando sangre, estaba
completamente sordo, había perdido la voz y, hablando por señas, el chico nos
daba a entender, que a su hermano le explotó un barreno, que quedó sin explotar
en la pega anterior, mientras perforaba el frente con el martillo y la dinamita
lo hizo pedazos. El muchacho apenas se sostenía de pié y, cuando terminó de
explicar esto se cayó al suelo sin conocimiento. Estaba empapado en sangre. Por
un costado, debajo mismo de las costillas, le sobresalía clavado en la carne,
un trozo de piedra afilado como la hoja de un cuchillo. El compañero que venía
conmigo y yo, fuimos a la caseta, donde estaba el motor del compresor, la
dinamita, y las cosas de la galería. Encendimos dos lámparas de carburo y
echamos dentro de la vagoneta una caja vacía de madera, donde se llevaba
siempre la dinamita, y nos metimos por la boca de la mina, y corrimos hacia el
frente de la galería con el corazón golpeando fuerte a punto de salírsenos del
pecho. Cuando llegamos al fondo de la galería íbamos ya con la boca seca,
estábamos casi sin resuello, más por los nervios que por cualquier otra cosa,
pues ya sabíamos lo que nos íbamos a encontrar allí. El humo y el polvo de la
explosión no nos dejaba ver mucho, pero una vez allí, el olor a la dinamita
junto con el olor a carne quemada y a la sangre nos tiraba para atrás, nos
descompuso el cuerpo. Los pantalones ensangrentados con las dos piernas de
Domingos, que así se llamaba el chico, estaban a cinco o seis metros del fondo
de la galería. Cogimos con cuidado los pantalones con las dos piernas dentro y
los metimos dentro de la caja. La cabeza la encontramos un par de metros más
adentro; bueno lo que quedaba de ella, el pelo y una masa cuajada de sangre
negra. Cogí aquello, como buenamente pude, por el pelo, y la mitad se me
desprendió y cayó al suelo entre las piedras. Miré para mi compañero que se
había caído de varetas al suelo, pálido como un muerto y largando por la boca
hasta las tripas, devolviendo todo lo que llevaba en la barriga; el bocadillo
de salchichón, y hasta los buches de vino que nos habíamos echado por la mañana
en el desayuno. Mi compañero que no estaba hecho para aquello, lo estaba
pasando mal, y yo también estaba jodido, pero a pesar de todo, haciendo de
tripas corazón, entre los dos fuimos cogiendo los pedazos de carne y pellejos
que colgaban del techo y de las paredes y los fuimos metiendo en la caja. No
aparecía más que un brazo, sin mano, el otro brazo, junto con lo que quedaba
del cuerpo, debía de estar debajo del montón de piedras de la explosión.
Llevábamos más de dos horas y ya nos faltaba el aire, teníamos que salir de la
galería si no queríamos quedarnos allí, sin fuerzas para salir. Echamos la
vagoneta delante de nosotros y echamos a andar hacia la puerta. Cuando salimos
por la boca de la mina, veníamos casi tan muertos, como el chico que venía dentro
de la caja… Afuera ya estaban los “cuervos”, me refiero a los guardias civiles,
al alcalde, y al juez de paz… pero además, también estaba allí la familia de
los chicos y otro montón de gente, esperando a que saliéramos. A mi compañero,
de la chaflija que traía, le dio por llorar, y yo me encabroné con el sargento
de la guardia civil… pues no va me dice el muy cabrón, después de mirar dentro
de la caja:
- ¡Aquí no está todo el cuerpo! Ahora mismo están los
dos entrando a buscar lo que falta.
- Pues, mi
sargento, – le dije yo – entre usted mismo a por él, que
allí sigue
enterrado, debajo de más de cuarenta vagonetas de escombro…
- ¡Callaté! – le
gritó Venancio, el juez de paz, al
sargento – ¡No
ves que los chicos apenas pueden tenerse en pié!
¡Entra tú si tienes huevos a buscarlo…!
El sargento se puso colorado como una grana, de la
vergüenza que le dio, agachó la cabeza y no chistó.
Yo seguí caminando y me fui pa la caseta, me eché un trago de caña y me puse a preparar la
cafetera… estaba a puntito de caerme.
Cuando nos terminamos de tomar la taza de chocolate,
ya era de día, y los rayos de sol entraban por la puerta llenando de luz toda
la sala. Onofre se despidió hasta la hora del entierro, se excusó, diciendo que
iba un momento a su casa porque tenía que afeitarse. No lo vi más hasta después
de haber dado sepultura al difunto. Esa tarde hacía un frío que cortaba los
huesos, no conozco cementerio más frío que aquel. En ese momento Onofre se me
acercó y me cuchicheó al oído que fuera, que quería mostrarme algo. Le seguí,
un poco de mala gana, pues ya me estaba cayendo un poco borde con tanta
insistencia. Anduve detrás de él varios pasillos hasta que se detuvo ante una
tumba en la zona de enterramientos en la tierra… - ¿Te acuerdas? – Me dijo –
¿Qué anoche te dije, que hoy te iba a enseñar una cruz muy curiosa? Y me señaló
una cruz metálica que se alzaba sobre la tumba. Sí, pues la verdad, es que aquella era una cruz
realmente extraña.
- Ves, - me señaló
Onofre con el dedo – como en cada brazo, la cruz tiene diecisiete cortes; entre los dos brazos
suman treinta y cuatro, que son las treinta y cuatro puñaladas, que el novio le
dio a la pobre chica que está ahí enterrada…
- ¡Uuuffff! – Es lo
único que alcancé a decir, porque me quedé, allí, sin habla, mirando embobado,
aquella cruz llena de muescas que parecía la hoja de un serrucho…
FIN

Curioso y truculento cuento,con un Onofre que nos transmite lo tenebroso que tiene todo lo mortuorio.
ResponderEliminarMuchas gracias, amigo Sergio, el cuento, no sé si llamarlo porque así, porque no es una invención mía, pues yo casi me limito a relatar punto por punto lo que este hombre, este supuesto Onofre, me contó aquella noche en el tanatorio, hace menos de dos años... Pensé que tenía que contarlo, se me quedó grabado en la memoria tal y como él me lo contó...
EliminarUn abrazo, amigo!!!
por mi oficio de pintor, me toco hacer unos trabajos en el cementerio de mi ciudad, alli me toco vivir una experiencia terrorifica, y uno de los empleados del lugar, para tranquilizarme, me conto cosas que realmentedejaban mi experiencia a la altura de un poroto, en algun momento escribire sobre ello
ResponderEliminarGracias por tu comentario, amigo Agustín, no lo dudes escríbelo, es una pena que estas historias se pierdan si nadie llega a contarlas... a mi me pareció interesante lo que este hombre me contó y un par de semanas después ya tenía escrito casi todo el relato, aunque es ahora más de un año después cuando lo terminé...
EliminarUn abrazo, amigo.
Curioso y truculento cuento,con un Onofre que nos transmite lo tenebroso que tiene todo lo mortuorio.
ResponderEliminarMe ha encantado, Servilio. No sólo por lo que cuentas, sino por como lo cuentas: deslizas el relato que gotea poco a poco como esas gotas que parecieran que no van a calarte nunca los huesos, hasta que finalmente llegan hasta la médula.
ResponderEliminarUn abrazo, amigo. Felicidades.
Muchas gracias, amigo José Luis, por tus palabras, Jaja, amigo, esto es un relato totalmente realista, ya que lo que cuento no tiene nada de invención por mi parte, me limité a contar, mejor o peor, lo que me contó este supuesto Onofre, aquella noche de hace algo más de año y medio en el tanatorio...
ResponderEliminarUn fuerte abrazo!!!
Aunque no se trate de un cuento original o creado por tu imaginación, lo cierto es que nos lo has narrado con suficiente fluidez y detalles muy interesantes, haciéndonos partícipes directos de esta crónica que parece como si lo hubiéramos vivido contigo al lado.
ResponderEliminarReconozco que son experiencias que se quedan impregnadas para siempre en nuestra memoria.
Muchas gracias, querido amigo Servilio, por compartirlo.
Un gran abrazo y gracias también por tu comentario en mi blog, que por falta de tiempo me resulta imposible contestar y a cambio prefiero devolver las visitas y comentar aquí en vuestros blogs.
Muchas gracias, Estrella, por leerme y por tus palabras tan amables, si, tienes razón, quizá la pega que se le pueda poner, es que no fue una idea original mía, pero lo que me contó este hombre me pareció que en ello había un relato y que debía ser contado... Y, al fin y al cavo, siempre nos inspiramos en lo que tenemos a nuestro alrededor y lo filtramos y lo imaginamos y a nuestra manera lo contamos...
ResponderEliminarUn fuerte abrazo, amiga!!!
Intrigante conto .
ResponderEliminarExcelente .
Muchas gracias, Marina, eres muy amable.
EliminarFeliz noche. Un abrazo!!!
Madre mía, se me ha puesto a mí mal cuerpo también al leerlo, entre el Onofre y sus relatos y el final... ¡bufff! Lo comparto en Me We, qierido Servilio. Besines y muy feliz finde!
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